“Justicia para Salo”

El último recuerdo que Salo Muller guarda de sus padres es un tren de Nederlandse Spoorwegen (NS), la compañía ferroviaria nacional de los Países Bajos, alejándose en la estación central de Amsterdam. Nunca más volvió a verlos. Era 1942 y aquel tren se llevó a sus padres, judíos, a Westerbork, un campo de tránsito nazi en el noroeste del país, donde al cabo de nueve semanas les subieron a otro tren, también de la NS, con destino a Aus­ch­witz, Polonia. Fueron gaseados ahí.

Setenta y seis años más tarde, el pequeño Salo, hoy un anciano, al fin ha logrado justicia. La NS ha anunciado que indemnizará a los supervivientes y familiares de los judíos y gitanos que fueron deportados en sus trenes a campos de exterminio durante la Segunda Guerra Mundial. “Una página negra en la historia de nuestro país y nuestra compañía”, dijo ayer la NS en un comunicado.

La empresa pidió perdón en el 2005 pero, más allá de las palabras, se negaba a rascarse el bolsillo. Ha dado su brazo a torcer ante la amenaza de Muller, de 82 años y famoso porque era el fisioterapeuta del club de fútbol Ajax, de llevar el caso ante la justicia después de tres años de conversaciones infructuosas. Cuando el presidente de la NS, Roger van Boxtel, le convocó el martes a una reunión, estaba convencido de que una vez más saldría con las manos vacías, cuenta Liesbeth Zegveld, la abogada de Muller. “Fue una sorpresa total. Salo se emocionó, se le empañaron los ojos”, relata Zegveld, convencida de que la empresa ha dado el paso por miedo a perder en los tribunales.

La ferroviaria fue una pieza crucial en el engranaje de exterminio nazi, especialmente efectivo en los Países Bajos. Entre 1942 y 1944, 107.000 judíos holandeses –el 76% de la comunidad– fueron deportados en 93 trenes de la NS desde Westerbork hacia Auschwitz, Sobibor, Bergen-Belsen o Theresienstadt. La mayoría, 102.000 personas, murieron. La NS cobró el equivalente a 2,5 millones de euros hoy.

Entre ellas está Anna Frank, nacida en Alemania pero que se refugió en Holanda con su familia. En septiembre de 1944, viajó en el último tren que salió de Westerbork hacia Auschwitz. “Si hubiese llegado al campo dos meses más tarde, es probable que hubiese llegado viva a la liberación”, dice Bas Kortholt, investigador del Centro por la Memoria de Westerbork.

Los trenes de la NS llevaban a judíos y gitanos hasta la frontera con Alemania, donde la Deutsche Bahn tomaba el relevo. “La NS obedeció las órdenes de los alemanes de poner los trenes a su disposición. Cobró, pero también es cierto que el país estaba ocupado y no está claro que pudiera negarse”, señala Kortholt, que subraya que a bordo de los trenes no había personal de la NS.

La gran pregunta sobre la cual los historiadores no se han puesto de acuerdo es hasta qué punto la gente de la NS sabía lo que ocurría en Auschwitz. Si debían juzgar por la vida en Westerbork, un campo de tránsito donde había un hospital y hasta un cabaret, no era fácil adivinar el horror de otros campos.

“No hay una respuesta histórica clara. Algunos creen que la gente normal no sabía nada de los campos de exterminio. Otros historiadores, en cambio, creen que el hecho de que bebés o ancianos fueran enviados a supuestos campos de trabajo tenía que levantar sospechas. Y sabemos de empleados de la NS que trataron de salvar a los deportados”, dice Kortholt.

La ferroviaria siempre se ha defendido con el argumento de que fue obligada a participar en la deportación por el ocupante nazi. La abogada de Muller lo disputa. La NS mantuvo un pulso con los nazis por el dinero que debía cobrar cuando se completase la deportación. “Era un negocio. Estaban muy pendientes del dinero”, sostiene Zegveld, prominente abogada de derechos humanos. Señala también las palabras de la reina Juliana, quien en 1953 lamentó el destino de los judíos pero celebró que una empresa tan importante para el país hubiese sobrevivido; o que cuando la dirección de la NS tuvo dudas y pidió consejo al gobierno, le dijeron que hiciera lo que debía “mientras sea bueno para nuestro pueblo”.

Por eso la victoria es tan importante, dice Zegveld. “Supone un reconocimiento del sufrimiento individual. Esos trenes estaban llenos de personas con pasado y futuro. Las víctimas no son números, tienen caras y nombres y algunos todavía están aquí. La empresa está a tiempo de compensarlos por lo que nunca debería haber hecho. No basta con decir que las generaciones futuras no deben olvidar lo ocurrido, que es lo que se limitaba a decir la NS”.
La empresa designará una comisión, cuyos tres miembros serán elegidos por ambas partes, que deberá decidir cuánta gente puede optar a las indemnizaciones y la cantidad que se les pagará. Pero la cifra no es lo importante, subraya la letrada: “Nuestro objetivo nunca ha sido llevar a la bancarrota a ninguna empresa”.

No es la primera vez que una compañía ferroviaria paga por su colaboración con los nazis. Hace unos años, la francesa SNCF, bajo la amenaza de un veto en EE.UU. a sus contratos, aceptó indemnizar a las víctimas de las deportaciones. Esa noticia animó a Salo Muller. “Estoy orgulloso de mí mismo –declaró ayer–. He tenido noches en vela. No he tirado la toalla aunque muchos me decían que estaba loco, que a mi edad lo que me tocaba era descansar”.

La Vanguardia

 

 

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