Cabezas que ruedan, conmoción internacional. Así ocurrió con dos periodistas norteamericanos ejecutados frente a las cámaras. Todo eso representa el Estado Islámico (EI) que ocupa Irak y Siria (y no está conforme), mientras preocupa que su ejemplo pueda extenderse. Los Estados Unidos lo han armado y llevado al poder. Ahora Washington se alarma. Historia repetida.

Hace poco observé una foto -de 2013- de una reunión entre el senador norteamericano John McCain y Abu Bakr Al-Baghdadi, el líder del ahora conocido como “Estado Islámico” (tras proclamárselo el pasado 29 de junio), portando la bandera de los rebeldes sirios. El senador solicitó a Obama que bombardee Siria, para contrarrestar el poder del grupo islamista, ya la segunda potencia militar en Oriente Medio tras el Estado de Israel. Asimismo, el mandatario de la Casa Blanca hace días tuvo la idea de solicitar el apoyo de los rebeldes sirios para enfrentarse a los elementos del EI. Además de las ejecuciones de los periodistas Foley y Sotloff, hace dos semanas tomó prisioneros a 200 soldados sirios que intentaban huir hacia las posiciones controladas por el dictador Al-Assad (culpable de la guerra civil más cruenta que vive Medio Oriente). Se los obligó a marchar casi desnudos y fueron ejecutados en medio del desierto. Todo bajo la cámara. Volvemos a los tiempos de antaño, cuando las ejecuciones eran cosa habitual.

Dos datos más. Primero, mientras Naciones Unidas acusa al Estado Islámico de perpetrar una limpieza étnica y religiosa, por su parte, teólogos del Islam aseguran que este Estado no respeta la sharia, la ley islámica que este califato quiere imponer a rajatabla sin contemplar nada. La violencia como imposición atenta contra el Islam pero estos islamistas no lo perciben así. Segundo, alarman las tropelías del grupo terrorista más rico del mundo (más de u$s 2.000 millones). En los últimos 30 días al menos 1.000 personas han muerto en Irak. Junio pasado fue el mes más mortífero desde 2007, con 1.922 personas ejecutadas por el EI en las zonas ocupadas.

En estos momentos el EI es el rostro más evidente del extremismo islámico. Pero no debe perderse de vista que la preocupación estriba en que sea una inspiración para otros grupos de igual modus operandi, activos en otros rincones del planeta. Es el caso del ahora olvidado grupo nigeriano Boko Haram, que saltó a la fama (o infamia) por haber secuestrado a mediados de abril a más de 200 niñas de una escuela para convertirlas en esclavas sexuales. Este grupo, proclamó el domingo 24 de agosto el Califato Islámico en la ciudad de Gwoza, al noreste del país más poblado de África. Es como volver al siglo VII. El líder de Boko Haram, Abubakar Shekau, anunció el apoyo a Al-Baghdadi cuando sentó la instauración del EI el 29 de junio. No resultaría raro pensar que la captura de este pueblo del asolado norte nigeriano y lo que siguió después se haya efectuado tomando como modelo lo acontecido en Irak y Siria. El propio Shekau, que gusta bastante de la cámara para filmar sus declaraciones, no lo ha aclarado recientemente, por lo que la posibilidad queda abierta, mientras el grupo desde 2009 ha provocado más de 3.000 muertes frente a la casi total indiferencia de la comunidad internacional que siempre se comporta de igual modo cuando se trata de África.

Pero el grupo nigeriano, cuyo nombre en una lengua local (hausa) quiere decir “La educación occidental es pecado”, no es el único caso que podría inspirarse en los islamistas del EI. Otros grupos islamistas en África podrían estar inspirándose en los triunfos yihadistas de este nuevo monstruo en Medio Oriente. El caso de Somalia (en el Cuerno del continente africano) también debe poner la voz de alarma. El grupo Al-Shabaab, que lucha por la imposición de un califato en uno de los países más anárquicos y pobres del planeta, puede sentir identificación con las tropelías cometidas por los islamistas. En efecto, a fines de julio una mujer fue asesinada por miembros de esta célula somalí, integrada a Al-Qaeda, por negarse a usar el velo islámico y, además, han asesinado cinco parlamentarios en lo que va de 2014. Si bien el grupo se encuentra en retroceso por una ofensiva conjunta del gobierno local (que busca rehacerse desde principios de los 90) y tropas de la Unión Africana, no obstante es el principal reto a vencer para recomponer la unidad nacional. El último golpe también se lo ha dado Estados Unidos, al bombardear el presunto sitio donde altos mandos de la célula tuvieron una reunión, dando muerte a su líder, Ahmed Godane, por lo que los islamistas quedaron acéfalos. ¿Será el inicio de un nuevo ciclo más auspicioso para la paz en el cuerno africano?

Los ejemplos pueden seguir en Túnez (un país bastante estable pero con células yihadistas operando) y la caótica Libia, donde más que una inspiración, el EI puede establecer, valiéndose del desorden, una base de operaciones permanente. El viernes 5 de septiembre los islamistas, que se hicieron con el control del aeropuerto principal del país hace varios días, secuestraron 12 aviones comerciales. Lo que se presume es que podrían ser utilizados como armas en una nueva reedición del fatídico 11-S aprovechando el próximo aniversario a los 13 años del mega atentado.

Como sea, muchas han sido las voces de indignación por los bombardeos norteamericanos en Iraq, repitiendo una vez más lo de principios de los 90 y 2003. Pero esta versión radical que detenta el EI no es Islam y, sea quien sea quien lo derrote, merece ser detenido porque representa una amenaza, por lo menos, a nivel regional. El triunfo de estos fanáticos pudiera ser un hito tan importante como el 11-S. Medio Oriente es más que nunca un hervidero (¿dejó de serlo acaso en algún momento?). Lo sentenció el ex secretario de Estado, Henry Kissinger, hace décadas: “Tocar Siria es hacer estallar Medio Oriente”. Una frase muy vigente hoy.

Por Omer Freixa. Es especialista en historia africana, docente e investigador.

Fuente: Infobae

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