El diario The Washington Post entrevisto en su residencia de Florida al último fiscal vivo de los juicios de Nuremberg, Benjamin Ferencz, de 96 años.

Es un hombre pequeño, apenas rozando el metro y medio de altura, pero un gigante de la justicia: es el último fiscal vivo de los juicios de Nuremberg y un defensor de la ley penal internacional que esta a punto de donar millones al Museo del Holocausto de Estados Unidos para promover la paz mundial.

Su caso en Nuremberg, lo que la agencia Associated Press calificó como “el asesinato más grande de la historia”, lo define. Se trataba de los Einsatzgruppen, los escuadrones de operaciones responsables de más de un millón de muertes durante la Segunda Guerra Mundial. Ferencz convenció a sus colegas abogados de la post guerra para llevar a los oficiales nazis que formaban parte de esos grupos a juicio. Bien, dijeron, entonces Ben “tu servirás como fiscal del caso”.

Su memoria asombra, cuando menciona fechas y nombres de la mitad del siglo  pasado. Ferencz tenía sólo 27 años. Era su primer juicio. Presentó a uno de los testigos que certificó con documentos nazis la masacre de judíos, gitanos y otros civiles con la eficiencia de un banquero.

“Ellos estaban muy seguros de que iban a ganar. Los alemanes son excelentes para documentar las cosas, muchas gracias a ellos!”, dice Ferencz con ironía y aplaude.

“La muerte era su herramienta y la vida su juguete”, le dijo al juez en uno de los salones con paneles de madera del silencioso Palacio de Justicia. “Si estos hombres quedan impunes, entonces la ley perdió su sentido y el hombre deberá vivir con miedo”. La fiscalía descansó luego de dos días. Los 22 acusados fueron declarados culpables.

¿Estuvo nervioso?, “no soy de ese tipo de gente”, aseguró. “Ferencz el valiente!”, aunque después “mi cabeza explotaba. Nunca tuve un dolor tan fuerte de cabeza en mi vida. Era mucha la tensión”. Ferencz debió apartarse luego de eso y dejar a su equipo.

El tamaño del salón de la corte limitaba el número de acusados que se podían enjuiciar. “Había cientos de personas responsables”, afirma, “¿Cuántos fueron llevados a juicio? prácticamente ninguno”.

Luego de los juicios, Ferencz luchó por la restitución a miles de víctimas de la Segunda Guerra Mundial y pidió por la creación de la Corte Criminal Internacional, que entró en vigencia recién en el año 2002 con sede en La Haya. “Mi deseo es que la gente no se contente con mirar atrás y decir ‘nunca más’, pero luego no haga nada”, explica, “por eso tomé las medidas necesarias para prevenir que eso vuelva a pasar”.

Ese es el propósito de su donación de un millón de dólares al Museo del Holocausto de parte del la fundación Ferencz International Justice Inititative. El regalo anual es renovable hasta por 10 millones de dólares. ¿De dónde salió ese dinero? él ex fiscal ahorró lo que ganó de sus salarios relacionados con las víctimas de la guerra.

Su lugar de retiro en Delray Beach, Florida, un lugar que no le importa mucho a él, parece un cuartel militar de los años ’70 con techos españoles de color rosa. Su casa, que compró 40 años atrás por menos de $23.000 dólares, está decorada con muebles baratos que ofrecen el confort necesario. Sus objetos personales son tan pocos que parece haberse mudado ayer.

“Ley, no Guerra, ese es mi lema. Simple. Son tres palabras” afirma, “me causa dolor ver el mundo como es. Pero no hacer nada, no intentar nada, ese es el verdadero error”.

Como soldado, alcanzó el rango de sargento en el 3er regimiento del general George Patton, Ferencz estuvo presente en la liberación de varios campos de concentración: Buchenwald, Mauthausen, Flossenburg y Ebensee.

“La historia es básicamente la misma en cada campo”, explica. “Los presos trabajaban hasta la muerte. Las condiciones eran absolutamente horribles e indescriptibles, inolvidables. Los guardias huían”. Ferencz compartió sus historias durante siete décadas. “Vi presos golpeando a uno de sus captores y quemándolo vivo. Poco a poco.”

Se detiene en su relato. Con lágrimas en los ojos saca un pañuelo de hilo de su bolsillo. “Perdón”, dice, “pero todavía lo puedo ver. ¿Podría eso detenerse? No. ¿Lo intenté? tampoco. ¿Debería hacerlo? no. Debería haber estado usted allí”.

Ferencz pasa sus días en una pequeña oficina con vista a un lago artificial y bandadas de pájaros. En su escritorio, hecho de madera enchapada y rodeado de muebles de archivo, maldice a su computadora por no responder a su mando: “debe ser anti semita esta máquina”, bromea.

Neoyorquino gran parte de su vida, Ferencz tiene otra casa en New Rochelle donde crió a sus cuatro hijos. Vivió lo suficiente como para llegar a jubilarse. En medio del tortuoso verano, con calor y humedad, se mudó a Florida por la salud de su mujer Gertrude de 70 años.

Vive de manera simple, invierte de manera inteligente y aprovecha esas inversiones por décadas. “Yo no apuesto. Me gusta lo seguro. Lo simple” dice y muestra sus zapatillas de cinco dólares. Tiene una copia del Kama Sutra en medio de sus libros de derecho penal. Es elegante a su manera. Indulgente al hablar durante cuatro horas.

“Llegué al mundo como un chico pobre. Me quiero ir de este mundo de la misma manera” asegura. “Mi objetivo es devolver la gratitud y las oportunidades que tuve aquí en los Estados Unidos. Siempre intenté durante toda mi vida, desde que recuerdo, crear un mundo más pacífico y humano. Uso el dinero con ese propósito. Intento revertir miles de años de tradición y glorificación de la guerra”.

“El beneficiario de la generosidad de Ferencz es el Museo del Holocausto-Centro Simon Skjodt para la Prevención del Genocidio. Planeamos que su lucha de toda la vida continúe vigente luego de que él ya no esté. Ben vio lo peor de la humanidad” dice Cameron Hudson, el director del centro. “Vio todo de cerca, tener fé en la humanidad luego de ver esas acciones tan primitivas, es realmente sorprendente”.

Ferencz vivió para ver muchas atrocidades – Ruanda, Sudan, Siria. Aún así, él cree que “se puede revertir la glorificación de la guerra. Se pueden cambiar los corazones y las mentes, y crear individuos valiosos”. Está frustrado por ver como los déspotas y terroristas son eliminados en lugar de ser juzgados por un tribunal. Le hubiese gustado que Saddam Hussein y Osama Bin Laden fueran llevados a una corte internacional.

Pero se mantiene optimista sobre los avances de la civilización. “Viví y pasé por un increíble cambio, mujeres que se postulan a presidente, hombres que se pueden casar con otros hombres, transformaciones enormes que no hubiese concebido en mi tiempo” afirma.

Así es como habla Ferencz, alternando entre discursos sobre la paz global y lo que el llama “las historias de Benny”, cuentos que serían dignos de Scholem Alejem, si Aleijem hubiese crecido en el distrito neoyorquino de Hell’s Kitchen y hubiese estudiado derecho en Harvard.

Su familia se mudó a Estados Unidos cuando Ben tenía apenas 10 meses. El padre de Ferencz era conserje. Sus padres se casaron en un matrimonio arreglado -eran primos- y luego se divorciaron. En su infancia, el crimen era la industria de su vecindario. Un tío le dijo: “Vas a ser un buen abogado o un buen ladrón”. Ferencz asistió al colegio estatal, donde asistian los inmigrantes en 1930. “No conocía a ningún abogado. Quería ir a la mejor escuela” explica. Alguien menciono Harvard y Ferencz dijo en ese entonces “será Harvard”.

Quería lo mejor como seguro y protección, para adquirir respeto. “Porque yo era muy petiso. Muy pequeño. Metro y medio de altura. Eso me dejaba fuera de la fuerza aérea y yo quería ser piloto. No podía alcanzar los pedales. Pero, por suerte, tuve una excelente educación”.

Harvard, el lugar donde comenzó sus estudios sobre crímenes de guerra, lo llevó a Nuremberg, pero antes debió servir en el ejército de Patton. Se alistó. “En su típica brillantez, siendo un graduado de Harvard y experto en crímenes de guerra, ellos me asignaron a limpiar las letrinas de los artilleros y hacer todos los trabajos asquerosos que pudiesen existir” y continúa el relato: “¿Por qué? porque era un hombre de Harvard. Nunca volví a hacerme el poderoso y altanero. Porque ahí no importaba. Eran un grupo de idiotas en realidad”.

Su rango bajo tenía sus privilegios. Haciendo guardia en uno de los baños, cuenta que pudo ver a Marlene Dietrich desnuda. Como miembro de las fuerzas de Patton, estuvo en Normandía, rompió a través de las lineas de Maginot y Siegfried, y cruzó el Rin para tomar parte en la Batalla de las Ardenas.

Fue condecorado con cinco estrellas pero sostiene que no por su valentía. “Me escondía detrás de cada camión o tanque que podía. Mi arma era la máquina de escribir”. A su retorno a EEUU, fue solicitado para Nuremberg. Telford Taylor, su jefe en ese entonces, notó que los registros de guerra mencionaban ocasionales subordinaciones.

“Eso no es correcto, señor. No era un ocasional insubordiando” le dijo Ferencz a su futuro socio. “Era habitualmente insubordiando. No sigo órdenes que sé que pueden ser estúpidas o ilegales”.

Luego de Nuremberg, Ferencz trabajó durante años en la restitución de los derechos individuales y en organizaciones afines. “Fui conocido como un abogado que tomaba casos desesperados pero fundados en cuestiones morales”. Escribió libros de derecho internacional. La Guerra de Vietnam le repugnó, fue “loca y bastante ilegal”, afirma. Renunció a la práctica del derecho para dedicarse a si mismo y a la paz.

“Es posible tomar las ideas fundamentales, sostenerlas fuertemente y cambiar. ¿Qué hace a la gente cambiar? a veces el miedo, otras la razón, muchas veces el sentimiento” sostiene. “Hay que enseñar a la gente a ser más tolerante, más compasiva, más comprometida. Eso requiere coraje. Los crimenes son cometidos por individuos, no por movimientos, y se debe llevar a los responsables ante la justicia”.

Ferencz vivió lo suficiente para participar en el primer caso ante una corte criminal internacional. A sus 91 años, dio un discurso en el juicio al líder de guerra congolés Thomas Lubanga Dyilo, en Uganda. Pero lejos de estar satisfecho pidió a senadores y miembros de gabinete ser más agresivos contra los criminales de guerra.

Ferencz fue condecorado con medallas, incluyendo la Legión de Honor francesa, medallas militares alemanas y el premio holandés Erasmus. No quiere ver el Museo del Holocausto “sólo como un archivo histórico. Debe hacer más, construir formas de evitar esos hechos en el futuro”. En la búsqueda de la paz y en instruir en las leyes criminales internacionales, continúa trabajando con las universidades de derecho de Harvard y Cardozo.

El año próximo es el 70° aniversario del juicio en Nuremberg a las fuerzas del Einsatzgruppen. El último fiscal vivo podrá ser excusado de asistir por ver un partido de baseball o leer alguna novela.

Pero de lo contrario, Ferencz no hace nada de eso. Realiza 100 flexiones cada mañana, nada en la pileta comunitaria de su residencia, cuida a su esposa Gertrude por la noche y trabaja en su pequeña oficina maldiciendo a la computadora rebelde.

¿Diversión? Ferencz no tiene tiempo para eso: “Estoy muy ocupado”, sostiene, “intentado salvar al mundo”.

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