Ariel Lijo es un juez federal que conoce cómo funciona la maquinaria del poder en la Argentina. Pero con la denuncia del fiscal Alberto Nisman, que colocó a Cristina Fernández de Kirchner en una trama de conspiración mundial que causó su propia muerte, deberá sumar un capítulo de conocimiento que implica la agenda geopolítica, la metodología de cooperación de los servicios de inteligencia extranjeros, el apoyo del gobierno nacional, un escudo tecnológico para evitar las filtraciones y una custodia de extrema confianza para proteger su vida y sus familiares.

Lijo repelió la agresión continua de CFK y su gobierno cuando investigaba a Amado Boudou, pero no alcanza con la actitud personal y los contactos políticos para enfrentar al régimen iraní y sus aliados globales, que acabaron con la propuesta de Barack Obama en Medio Oriente y tienen una hoja de ruta que lleva inevitablemente a Estados Unidos e Israel.

Donald Trump es el nuevo amigo del juez Lijo. Pretende anular el acuerdo sobre energía nuclear que avaló Obama y se mostró muy cercano a Benjamin Netanyahu, que desconfía de Irán y su pretendida posición de pacificar Medio Oriente. Lijo también debería explorar la voluntad del Kremlin. Vladimir Putin está trenzado en una sorda disputa con Irán por el control de Damasco, la capital de Siria que apenas responde a su dictador Hafez al Asad, un peón regional que habilitó las negociaciones entre Cristina y el régimen de Teherán. El líder ruso necesita debilitar la imagen internacional de Irán y sus servicios de inteligencia están a la máxima potencia, como demostró la derrota de Hillary Clinton ante Trump.

Entonces, Su Señoría debe sentarse con el ministro de Justicia, Germán Garavano, y solicitar formalmente la ayuda de la AFI respecto a la comunidad de inteligencia de Estados Unidos y Rusia. No habría que descartar la participación de los espías de Israel y Arabia Saudita, que tienen cuentas pendientes con Irán y su estrategia de controlar a Medio Oriente. Mauricio Macri disfruta de excelentes relaciones con Netanyahu, que no tendría ningún problema en colaborar en un caso que es seguido con atención adentro y afuera de Israel.

Pero antes de avanzar en esta agenda internacional, Lijo debería prepararse a fondo para entender la denuncia de Nisman. Los servicios de inteligencia tienen juego propio, y sería un error confiar en espías que sólo atienden sus intereses estratégicos. El juez federal puede quedar a merced de información envenenada destinada a perjudicar a Irán, cuando aquí en la Argentina sólo se pretende saber si Cristina y sus esperpentos encubrieron a los presuntos terroristas de la AMIA, a cambio de un negocio multimillonario diseñado en Caracas, Damasco y Teherán.

La clave de la denuncia está afuera. Lijo puede revisar las escuchas telefónicas, abrir un archivo por cada uno de los denunciados, tomar declaraciones testimoniales e interpretar los movimientos esquizofrénicos de Cristina respecto a su posición sobre la tragedia de la AMIA. Pero esa información –importante para el caso-, no muestra la salida del laberinto que reveló Nisman en su denuncia. El fiscal asesinado exhibió un presunto indicio de una conspiración internacional, que sólo puede sostenerse con información aportada desde Estados Unidos, Europa y Medio Oriente. Lijo debería concentrarse en el exterior y determinar si la recompensa era trigo y petróleo, u otro bien escaso para las aspiraciones geopolíticas de Irán, en una época en que aún pretendía construir su bomba atómica. Pareciera que la clave está en la energía nuclear, más que en el trigo y el petróleo.

Fuente: Infobae.com

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