Este fin de semana, 15 del mes de Shvat, el judaísmo celebra uno de sus cuatro inicios de año (junto a Pésaj, Rosh Hashaná y los diezmos de Elul, según la Mishná) en el que se adivina el despertar de la naturaleza después del letargo invernal: los primeros brotes de vegetación, especialmente algunos frutos arbóreos. Este ciclo festivo unido al paso de las estaciones tiene su equivalencia en el ciclo de lecturas bíblicas, que comienza en Simjat Torá, al final de Sucot, por lo cual cada celebración anual va unida a unos versículos que aparentemente nada tienen que ver con ella. Por ejemplo, el de la semana de la luna llena de Shvat, conocido como Beshalaj por su palabra inicial, habla del famoso episodio del cruce del Mar Rojo.

Lo lógico sería que tal suceso, la salida de los israelitas esclavizados del país que los sometió, coincidiera con la celebración de Pésaj que lo conmemora. Lo cierto es que ese sincronismo no es casual, sino que se repite años tras año desde que hace siglos se estableció el ritual, haciendo que cada vez que empezamos a vislumbrar el retorno de la luz natural a nuestras vidas hablemos del insondable designio divino que indicó a Moisés llevar al pueblo de vuelta a su tierra dando un rodeo que se prolongó cuarenta años. Es inevitable por tanto que unos significados terminen permeando a los otros.

Por ejemplo, nos anticipamos a la primavera (que confirma el total restablecimiento de la luz, la flor, el retoño) celebrando los primeros signos balbuceantes de verdor, como el pueblo liberado se anticipó a alegrarse de su libertad cantando y bailando cuando se vieron libres de las hordas de Faraón, sin ser conscientes aún del largo camino por recorrer hasta la verdadera libertad, con el regreso a la tierra de la que salieron los hijos de Jacob. Es tiempo de alegrarnos de haber llegado hasta aquí, pero también de tener presente la travesía del desierto que nos espera.

En los últimos meses (años, décadas, siglos, milenios) hemos tenido que superar muchos obstáculos meramente para sobrevivir. Si echamos la vista atrás veremos que el invierno que está más cerca de culminar no fue tan duro como el de nuestros padres, abuelos y demás antepasados. Incluso en tiempos tan terribles y aparentemente insuperables en desdicha como el holocausto, los supervivientes ashkenazíes lo referían al principio con la expresión en ídish de “jurbn eirope”, la debacle o destrucción europea, como otro desastre que necesita de un adjetivo, no un hecho único en su historia. Porque después de los egipcios tuvimos que sufrir a los asirios, los persas, los romanos, los cruzados…

Cada Tu biShvat debe recordarnos que las inclemencias que acabamos de superar quizás no sean las peores, porque tenemos un objetivo al final del camino, cuando la luz nos alcance de pleno, por largo y tortuoso que sea el tránsito. Quizás porque sólo así, en el contraste de frío y calor, de privaciones y abundancia, de esclavitud y libertad, de muerte y supervivencia, de odio y amor, de tinieblas y esplendor, seamos capaces de descubrir nuestra misión en la vida: la certeza de seguir adelante cuarenta años para conseguir ver los primeros brotes verdes de la felicidad.

Jorge Rozemblum

Director de Radio Sefarad

ARTÍCULOS SIMILARES

Sin comentarios

Deje una respuesta