Más allá del sorprendente desenlace de la designación del desempate entre Venezuela e Italia en el Clásico Mundial, el planeta béisbol mira con asombro a un combinado por encima de todos: Israel. Sin ninguna tradición en la corte mundial, el equipo hebreo concluyó la primera fase invicto, tras imponerse a países con más tradición como Corea del Sur (2-1), China Taipei (15-7) y Holanda, con dos All Star, (4-2), para luego arrancar en la segunda con una increíble victoria ante Cuba (4-1), el país tres veces campeón olímpico.

¿Cómo un país que no tenía normalizado este deporte hasta 1985, cuyo nombre no existe en hebreo y que figura en la posición 41 del ránking mundial puede estar discutiendo con las grandes potencias mundiales el World Baseball Classic y aspira a entrar entre los semifinalistas que dirimirán este Mundial en el estadio de los Dodgers de Los Ángeles?

El secreto se cimenta en la Diáspora y la particularidad del reglamento del torneo, que permite jugar por el país que desee a un jugador siempre que tenga un pasaporte en regla o tenga papeles que acrediten ascendencia de aquel país. En otra competición casi ninguno de estos jugadores podría participar. De hecho es la razón por la que están ranqueados en decimosexto lugar en Europa.

Israel ha aprovechado la Ley del Retorno, que concede la ciudadanía a los judíos que quieran emigrar al país, a los descendientes, a los conversos o a los que han contraído matrimonio con judíos. De los 36 jugadores que componen el roster de la plantilla, sólo uno (Shlomo Lipetz, de Tel Aviv) es nacido en el país, aunque se crió en San Diego y únicamente otro, su estrella, Dean Kremer, que fue drafteado por San Diego Padres en 2015, tiene la nacionalidad israelí. Jerry Weinstein, el entrenador, intentó sin suerte, convencer a jugadores contrastados como Ryan Braun (Milwaukee), Kevin Pillar (Toronto) o Joc Pederson (Dodgers), todos judíos, pero se decantaron por defender a Estados Unidos.

No obstante, y a pesar del éxito deportivo que pueden alcanzar -aún tienen que volver a ganar a Holanda o el intocable Japón para alcanzar las semifinales- el equipo no ha conectado con la sociedad israelí. El primer ministro Netanyahu les ha enviado un telegrama de felicitación, pero las críticas civiles a una selección con la que no se siente identificados no se han disimulado. Ven en ellos un grupo de estadounidenses y nada más.

“La realidad es que esto es un equipo de Israel, no un equipo junior de Estados Unidos”, se defiende Weinstein. “Estamos todos conectados con el Estado de Israel por nuestro judaismo”. “Representamos nuestra herencia, nuestro pasado y nuestra historia”, dice Ike Davis, uno de los que probó en la MLS con los Mets hace unos años.

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