Los votantes más fervorosos de Trump en el extranjero posiblemente fueron los de doble nacionalidad estadounidense – israelí, afincados en alguno de los polémicos asentamientos en un territorio cuyo nombre, incluso, está en disputa: Judea y Samaria o Cisjordania, algunos situados en áreas controladas por Israel y otros bajo la administración de la Autoridad Nacional Palestina. Espoleados por la promesa electoral de trasladar la Embajada de EE.UU. (en cumplimiento de la ley pública aprobada el 23 de octubre de 1995, que daba de plazo para hacerlo hasta el 31 de mayo de 1999), festejaron la victoria de los republicanos dando por sentado que obrarían inmediatamente en ese sentido. Pero, pese al ímpetu decretista de la nueva administración en otros terrenos, en este aspecto proclamaron rápidamente un receso.

No sólo eso: pidieron al gobierno israelí lo mismo que aquellos a los que sustituyeron, que frenasen la construcción en los asentamientos, aunque diferenciándolos en distintas categorías: no al aumento de viviendas en sitios “aislados”, sí en los barrios orientales de Jerusalén y en ciudades establecidas del área, como Maalé Adumím. ¿Cuál es el mensaje? Estamos trabajando, no podemos contar más. Como en el teatro del absurdo de Samuel Beckett, los habitantes de estas localidades siguen esperando a que su Godot dé la cara en este asunto, pero sólo pueden confiar en que finalmente sí venga mañana.

En la cultura popular ha anidado la idea de dar cien días a los nuevos gobernantes antes de juzgarlos, pero ello no es óbice para ir adivinando las pautas reales de su forma de actuar. Y si bien el nuevo presidente fue muy diligente en resolver a su manera asuntos internos, su política exterior aún no ha superado la barrera de las declaraciones y amenazas, tanto en el asunto israelí como en otros relacionados, por ejemplo, con la OTAN, distintos organismos de Naciones Unidas o los tratados comerciales con China. A distancia de los EE.UU. hemos comprobado cómo, de momento y pese a los presagios apocalípticos, todo sigue igual que antes, incluso en temas como el lenguaje “políticamente correcto” ante el terrorismo yihadista: no hay más que repasar las noticias de las últimas semanas con cada vez más “desequilibrados mentales” acuchillando Europa y terroristas (sin adjetivos) que atacan debajo de las narices de los servicios de seguridad que los fichan y controlan.

Trump, como buen populista, prometió el oro y el moro. Y ahora muchos de sus seguidores se sorprenden de que entre sus supuestas grandes virtudes empresariales no aparezca “la verdad, y sólo la verdad” a la cabeza de su decálogo ético. Eso pasa por creer a los que más prometen, en lugar de a los agoreros que dicen lo que realmente pueden hacer (en este caso y en muchos otros, ninguno de los candidatos finales). Como suelen decir las protagonistas de los peores tele-novelones, “miénteme, pero dime que me amas”.

Jorge Rozemblum

Director de Radio Sefarad www.radiosefarad.com

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