“Yo estaba en el Monte Hermón solo en la noche, custodiando desde una silla alta con un teléfono al lado que nada sucediese durante la Guerra de Iom Kipur. En ese momento, mi razonamiento era que yo era la persona que más alto estaba en todo Israel, y ahí se me ocurre empezar a cantar Shomer Israel…yo me reía solo. Esas son vivencias duras y muy lindas al mismo tiempo”. Así retrató Daniel Blumberg, un argentino que a los 23 años se fue a vivir a Israel y a los 26 tuvo que alistarse en el Tzahal como reservista para afrontar lo que sería la última guerra que tuvo el Estado Hebreo con los países árabes, la Guerra de Iom Kipur.

En varios pasajes de la entrevista, Blumberg se quebró ante el suceso que ocurrió hace ya 44 años, pero que todavía sigue vivo y que define como “algo que nunca supere”. De hecho, ni bien se sentó a dialogar con La Cadena Judía de Información Vis á Vis aseguró que “es una película que vive todos los días de su vida” y lo describió como un “sinfín de hechos”.

En cada momento del relato no pudo ocultar sus sentimientos, como si las bombas y el horror continuaran en la actualidad: “Después de la Guerra de los Seis Días el ciudadano israelí tenía la sensación de que era imposible ser vencido en una guerra. Evidentemente, lograron mover a Israel de esa situación y consiguieron hacer un daño muy grande”. Esa sensación que describió el entrevistado fue la misma que sintió el Gobierno de Golda Meir, la primera y única mujer en llegar a un puesto tan alto como el de primer ministro, quien desoyó los informes de los servicios de inteligencia que anunciaban movimiento de tropas sirias y egipcias en las fronteras.

Blumberg comentó que el 5 de octubre de 1973 se juntó con un amigo a tomar un café en la Dizengoff, la calle principal de Tel Aviv, y leyó en el diario Haaretz una entrevista que le hicieron al entonces ministro de Defensa, Moshé Dayán, quien había asegurado que el movimiento de los 800 soldados sirios a la frontera con Israel “era un gesto de buena voluntad de los sirios a los jordanos”.

El 6 de octubre de 1973, durante la conmemoración del Día del Perdón, Blumberg, de 24 años, se encontraba arreglando su jardín delantero (aclaró que no es “muy religioso”). Luego se fue a dormir, y tiempo más tarde su hijo lo despertó y le dijo que unos amigos suyos lo vinieron a visitar. Sorprendido, Daniel va a ver qué amigos lo visitaron y ve a un grupo de soldados israelíes que le comentaron: “Agarrá tus cosas y vamos…hay guerra”.

Esas palabras serían el destino de lo que vivió durante las semanas que duró el combate. Posteriormente fue trasladado a su base: “Ahí nos encontramos con que todo el equipamiento militar que estaba sin mantenimiento. No teníamos cargados los carros blindados con municiones ni con combustible. Ahí tuvimos que empezar a cargar las cosas elementales para que eso funcione”.

Su grupo estaba conformado por cinco hermanos, como le gusta llamarlos, de las más diversas profesiones. Primero los enviaron al norte para frenar la avanzada de los sirios en los Altos del Golán, comandados por el General Moshe “Musa” Peled, y luego los enviaron al Monte Hermón.

Durante su relato, que no es lineal, siempre quiso destacar que el ejército sirio y egipcio siempre estaban mejor equipados en lo que se refería al armamento, y que la guerra la ganaron los generales que comandaron y tuvieron una estrategia clara para reponerse del balde de agua fría que fueron los primeros ataques aquel 6 de octubre, durante el día más sagrado para el judaísmo.

“El día a día era feo, no era agradable. Pero había mucha camaradería…(se emociona). En nuestro caso, el jefe del equipo se llamaba Eprhaim Landon, estudiaba en la Universidad Bar Ilán y era un chico religioso (se vuelve a emocionar y carraspea). Hacía rezos y eso nos cobijaba un poco. Pensábamos que de alguna manera íbamos a tener ayuda de algo superior en semejante ensalada en la que estábamos metidos. Otro gesto que tuvo fue cuando cortó su Talit en cinco partes y nos lo dio a cada uno para que nos lo pusiéramos debajo del casco. Era un ejército que tenía mucha fe y, por otro lado, no tenía ninguna alternativa de irse a ningún lado, porque si nosotros perdíamos la guerra, nuestras familias iban a estar todas muertas. Eso fue lo que nos mantuvo. Dios no nos iba a abandonar en semejante situación”, aseveró Blumberg.

No caben dudas de que las semanas que estuvo peleando en el ejército para defender el Estado Judío le cambiaron radicalmente su forma de pensar y de vivir la vida: “Yo soy de los que creen que la meta misma del judaísmo es Israel. Israel merece todos nuestros esfuerzos y sacrificios. Para mí es muy importante que la gente sepa lo que sucede allí. El otro día vi en un video de un reportaje que le hicieron a un joven que era conductor de un tanque, pero vos veías que contestaba con temor, no era un hombre sino que era un chico respondiendo. Pero este joven soldado era un conductor de un tanque de guerra…el chico ese merece todo el respeto del mundo, porque está haciendo algo que otras personas no se animarían a hacer”. 

Por eso, Daniel quiso dejar en claro que en la Guerra de Iom Kipur “no hubo demasiado heroísmo”, y que se combatió “codo a codo entre hermanos” debido a que sabían que no podían fallar.  También enfatizó que esta fue la última guerra en la que estuvo en “peligro la existencia del Estado israelí”.

Por eso, se emocionó cuando respondió que “sin dudas volvería a defender al Estado Hebreo en una guerra”. Es un sentimiento patriótico y nacionalista que le brota por los poros: “Haber podido vestir el uniforme del Tzahal, tener un arma en la mano y haber defendido una porción de tierra, no sé en cuánto contribuí. Pero en lo que yo hice, quizás, sea lo único bueno que hice en mi vida (…) Éramos nosotros o el enemigo”. 

En la actualidad sus dos hijos viven en Israel, la misma tierra en la que hace 44 años atrás, junto a un grupo de “hermanos”, impidió que los egipcios y los sirios la dominaran.

ARTÍCULOS SIMILARES

Sin comentarios

Deje una respuesta