Israel se ha consolidado como potencia tecnológica, científica y económica, en tiempo récord. ¿Qué podrían aprender las naciones latinoamericanas respecto a su excepcional caso?

“La gente prefiere recordar antes que imaginar. La memoria funciona con cosas que nos resultan familiares, la imaginación funciona con lo desconocido. La imaginación puede ser aterradora porque exige que nos atrevamos a abandonar aquello que nos es familiar”.

Esta frase aparece en el prólogo del libro Start-Up Nation: La Historia del Milagro Económico de Israel, escrito por Dan Senor y Saul Singer. Fue pronunciada por el que es ampliamente valorado como uno de los mejores líderes políticos de la patria judía, Szymon Persky, mejor conocido como Shimon Peres.

Cuando Israel fue fundado en mayo de 1948, no existía nada más que desierto. Sus habitantes, además de enfrentarse a la constante amenaza de los vecinos árabes, tuvieron que superar un sinfín de obstáculos para hacer de su país lo que es en la actualidad. Y nada de esto habría sido posible sin su imaginación, algo que desafortunadamente le hace mucha falta a América Latina.

Nuestra región ha sido favorecida por la madre naturaleza. Desde México hasta la Argentina, los recursos naturales y minerales abundan; esto podría explicar el por qué los exploradores europeos quedaron maravillados con las vastas riquezas naturales del continente cuando comenzaron a explorarlo, a partir del siglo XVI. Israel, por otro lado, carece de tal fortuna.

A pesar de estas carencias, Israel ha llamado la atención de empresarios, politólogos, turistas e incluso intelectuales, pues se encuentra a la vanguardia tecnológica y científica con respecto a sus vecinos árabes. En 2015, el Estado judío se ubicó en el tercer lugar del ranking mundial de países innovadores, llevado a cabo por el Foro Económico Mundial; los israelíes superaron a países como Japón, Estados Unidos y Alemania, volviéndolo el único país de Medio Oriente en el top 10 y el primero de Asia. En contraste, ningún país latinoamericano figuró entre los primeros diez puestos.

La innovación tecnológica israelí goza de reconocimiento internacional.

Los israelíes sabían que luego de que su nación fuera fundada, los ejércitos de los países árabes que los rodean lanzarían una ofensiva instantánea. Y así fue, con el estallido de la guerra de independencia de 1948, un conflicto donde derrotaron solos a una legión de países como Arabia Saudí, Líbano, Egipto, Siria, Yemen, entre otros. Hasta el día de hoy, la hostilidad entre Israel y la mayor parte del mundo musulmán – ya no solamente árabe – persiste. Pero este ambiente tan adverso, lejos de frenarlo, no ha hecho más que acelerar el progreso de Israel.

Para algunos, un país experimenta prosperidad económica y social luego de haber padecido problemas de gran magnitud, como la guerra. Japón se vio forzado a emprender una transición económica pujante luego de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki; por otro lado, Estonia, una república ex-soviética báltica, es considerada hoy en día como uno de los países más avanzados en cuanto a tecnologías de la información y comunicación, tanto de Europa como del mundo. América Latina también ha tenido episodios lúgubres en su historia, pero no parece que su situación vaya a mejorar.

El problema con esta región radica en un factor que, desde mi perspectiva, no ha sido suficientemente estudiado: la forma en que piensan sus habitantes. Entre las personas todavía persiste ese sentimiento de revanchismo por la época colonial, cuando España erigió diversos virreinatos en el continente. Adicionalmente, el concepto que se tiene de Estados Unidos sigue siendo generalmente negativo: los mexicanos justifican este sentimiento por la desastrosa guerra de 1847, que les costó la mitad de su territorio; los sudamericanos, por su parte, explican su descontento hacia el país anglosajón por acontecimientos tales como la Operación Cóndor.

Israel ha prosperado sobremanera por una convicción ciudadana y nacional de estar siempre un paso adelante. Natan Sharanksy, un destacado político israelí de origen soviético, explica en Start-Up Nation: “En la Unión Soviética aprendíamos que por ser judíos, lo cual significaba que éramos víctimas de un antisemitismo institucional, teníamos que ser los mejores en nuestra profesión, fuese cual fuese. Era la única manera de protegerse, pues siempre partiríamos en desventaja”. En pocas palabras, la situación desfavorable del judío en la URSS era el aliciente perfecto para destacar y ser el mejor de todos.

En Latinoamérica, por desgracia, no existe una cultura emprendedora arraigada y sólida. El coqueteo de su gente con el socialismo les ha costado muy caro a países como Venezuela – recientemente declarada una nación tan pobre como Haití – y Cuba – arruinada totalmente por el experimento del castrismo. Chile, por otro lado, ha dejado de ser considerado un paraíso para las inversiones extranjeras, mientras que la economía de Brasil se encuentra estancada.

El victimismo derivado de las nefastas experiencias de otros tiempos le impide al latinoamericano atreverse a hacer más, a buscar más, a conocer más. En México tenemos un grave problema de rezago cultural y educativo. La figura del emprendedor, del hombre de negocios con traje y portafolio, sigue siendo satanizada. Es claro que a México lo aquejan problemas atroces como la inseguridad, la corrupción y la impunidad, pero siendo objetivos apenas y se puede comparar con la angustia diaria de Israel de ser sorprendido por otra lluvia de misiles.

La apuesta por el Socialismo del Siglo XXI fue un tiro por la culata para América Latina.

Israel está inmerso en un ambiente complicado. La barbarie del Estado Islámico y del belicismo iraní está a escasos kilómetros. Casi todos los países con los que comparte fronteras han declarado públicamente su interés por reducirlo a escombros. Y a pesar de todos estos inconvenientes, Israel no deja de prosperar.

América Latina tiene que lidiar con problemas de crimen, pobreza y corrupción, pero sus tierras son descomunalmente más fértiles que las israelíes, además de que su riqueza natural es la envidia de Europa. La población de casi todos los países que integran esta región supera por un amplio margen a la de Israel (apenas ocho millones de habitantes, considerablemente menor al número de personas que viven en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México). Pero aun con todo esto a favor, la región sigue desaprovechando su potencial.

132 años: es la brecha de tiempo que separa a América Latina del Estado de Israel actual. Menos de siete décadas le tomó a este último asombrar al mundo con sus avances en ciencia, tecnología e incluso derechos humanos. Las naciones que componen el vasto rompecabezas latinoamericano todavía no ostentan posiciones sobresalientes en ninguno de esos campos a nivel mundial. El camino que falta por recorrer es largo, muy largo.

Israel es el producto final del movimiento sionista, encabezado por Theodor Herzl. Durante siglos los judíos caminaron errantes por el mundo, tratando de llegar a casa, a la Tierra Prometida, mientras en su travesía padecían desgracias indecibles: expulsados de España por el Edicto de Granada en 1492, linchados en la Rusia de los zares, casi exterminados por los nazis. Tienen razones de sobra para impedir que cualquier nación, por más poderosa que sea, los vuelva a intimidar.

América Latina no puede, debe adoptar la filosofía empresarial israelí, esa que hizo posible que en el mundo se le empezara a conocer a este país como la Nación Start-Up. También debe construir gobiernos e instituciones fuertes, comprometidas a impulsar a la gente a que dé lo mejor de sí. Éstas muchas otras características del único país decente de Medio Oriente son insumos imprescindibles que el latinoamericano podría utilizar para progresar en un sinnúmero de aspectos.

Con su hambre de triunfo y prosperidad, Israel ha desarrollado una cultura innovadora, inspiradora y ejemplar. Los latinoamericanos deben dejar de memorizar, de transitar por el pasado. Necesitan dejar de prestarle atención a lo que les es familiar y empezar a imaginar, a ser más creativos. A un pequeño país de menos de diez millones de habitantes le funcionó, y bastante bien. ¿Por qué no imitar su ejemplo?

Fuente: Enlace Judío

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