El escritor uruguayo, Ruperto Long, quien escribió “La niña que miraba los trenes partir” que se lanzó en abril del año pasado y que fue condecorado como Libro de Oro 2016, dialogó con La Cadena Judía de Información Vis á Vis acerca de su primer libro relacionado con la temática de la Shoá y cómo se enteró la historia de los dos protagonistas de la novela semi-ficcionada.

Su nuevo libro, editado por Aguilar, se presentará en el Museo del Holocausto el próximo lunes 29 de mayo a las 19 con la presencia del ex presidente de Uruguay, Luis Alberto Lacalle, y estará bajo la moderación de Guillermo Yanco, vicepresidente de la institución.

– ¿Cómo surgió la idea de escribir este libro?

– Surgió casi por azar, de una conversación casual con Charlotte, persona a la que conocía desde hacía unos 20 años. O que creía que conocía. Algo similar me pasó con Domingo López Delgado. Es decir: de descubrir la riqueza que se ocultaba en el interior de personas que conocía, y que nunca hubiera imaginado. Luego, además, encontré que esas historias se entrelazaban –aun partiendo de distintos tiempos y lugares-. Y en conjunto con otras, nos hablaban de amores intensos en épocas de odios terribles. Era necesario escribirlo.

– Esta novela tiene una característica muy interesante y es que mezcla dos historias verídicas con historias ficcionadas, ¿por qué decidió hacerlo de esta forma? ¿Qué le aporta?

– Las historias reales son la fuente de inspiración del relato. Son esas historias que cuando uno las descubre, enseguida piensa: “Esto merece ser contado”. Ahora bien: cuando puse manos a la obra, de inmediato descubrí que esas visiones (la de una niña belga de 8 años que pasó la mayor parte de esos cuatro años escondida o huyendo, o la un muchacho del interior de Uruguay de 23 años que apenas conocía Montevideo, y poco tiempo después quedó atrapado en el sitio de Bir Hakeim en el norte de África), son –por la fuerza de las circunstancias- visiones parciales. Para poder construir una visión más amplia, fue necesario recurrir a otros personajes que, aunque ficcionales, son muy propios de ese tiempo. La ficción contribuye aquí a hacer más reales para el lector las historias verídicas que conocemos.

 


¿Cómo se enteró de la historia de una de las protagonistas centrales del libro, Charlotte de Grünberg? ¿Y la de Domingo López Delgado?

– Una tarde, conversando con Charlotte mientras esperábamos a otras personas, se me ocurrió preguntarle -¡vaya a saber por qué!-, dónde y cómo había pasado la guerra. En tres frases me conmovió: ella era belga, tenía 8 años cuando la invasión nazi a su país, su padre –al ser convocado a un campo de trabajos forzados-, decidió conseguir papeles falsos y esconderse. Le pregunté dónde se escondía. Me respondió: por ejemplo, en Lyon, pasé casi un año escondida en un ropero. Allí me sacudió por completo. La conversación se interrumpió por la llegada de las demás personas, pero yo me fui con la idea de que tenía que saber más. Sin embargo, cuando unas semanas después hablé con ella, me dijo que no podía contar la historia. Que muy poco le había contado a su esposo, a su hijo y a sus nietos. ¿Cómo hacerlo ahora a través de un libro? Felizmente, unos meses después se decidió a hacerlo, y eso ha sido el comienzo de muchas cosas. Entre otras, la de una nueva etapa en una maravillosa amistad.
​Con Domingo me sucedió algo parecido, aunque en menor medida, porque su historia -en líneas generales- era bastante conocida en su tierra natal. Sin embargo, cuando nos empezamos a encontrar a charlar, descubrí un ser entrañable e infinidad de detalles que enriquecieron la historia.

– A fines de 2016 su libro fue condecorado como Libro de Oro, ¿qué significó esto para usted?

– Mucho. Porque escribir es transmitir. Historias de vida, emociones, tratar que otro se ponga en los zapatos de nuestros personajes. Autor y lector nos necesitamos. Por otra parte, los autores también somos lectores la mayor parte del tiempo. Por tanto, si bien toda distinción que uno recibe es muy importante, en este caso, en que la opinión de la gente fue relevante, me llegó mucho.

– ¿Por qué siente que esta novela tuvo tanto éxito en varios países de América Latina además de Uruguay? ¿Cuál fue la repercusión en Argentina?

– Por la fuerza y emotividad de las historias (la Segunda Guerra y el Holocausto fueron pródigos en historias de vida que nos conmueven) y por la manera en que están relatadas: no desde la óptica de los grandes personajes de la historia, sino desde las vivencias de seres humanos como nosotros, que un buen día vieron que el mundo que conocía se derrumbaba, pero querían seguir viviendo. Y, sobre todo, por algo que me escribió Marcos Aguinis cuando leyó el manuscrito, y que es una frase que hoy lo acompaña en su tapa, en todas las ediciones: “Obra conmovedora, llena de luz”. Nos muestra que frente al odio y a la crueldad, desencadenados a una escala inimaginable, se opuso un formidable amor a la libertad y a la vida. A veces con éxito. Otras no. Pero, en todos los casos, esa luz hasta hoy nos ilumina.
En todos los países de habla hispana la acogida ha sido muy buena. Felizmente también en la Argentina, país tan querido y, en verdad, hermano. Ver tanta gente sensible ante situaciones que, de algún modo, nos recuerdan otras que hoy vemos suceder, es reconfortante.
Ahora esperamos las traducciones, con mucha ilusión.

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