50.000 valientes invadieron el 6 de junio de 1944 las playas del noroeste francés. Elevados hoy al rango de héroes, motorizaron la paz en el mundo, movilizaron una ofensiva que derrocó unos de los regímenes más oscuros de la humanidad. Su valor fue prioritario y medular. La operación logística bélica más audaz y cardinal de la historia circuló sobre ruedas. El Día D, el Desembarco en Normandía, la operación en clave “Operación Overlord” que disolvió la permanencia de la Alemania nazi en la Europa Occidental, la ofensiva que disminuyó el dominio del Tercer Reich, la invasión aliada que socavó la integridad de la Segunda Guerra Mundial. Nada habría sido lo mismo sin el despliegue de los vehículos ligeros.

Transportaron la paz y un contingente de 150 mil soldados -estadounidenses, británicos y canadienses-. Comandados por el general Eisenhower, con coberturas marítimas y aéreas, las tropas aliadas desembarcaron sobre territorios liderados por el mariscal alemán Rommel. Los doblegaron gracias a un fastuoso y eficiente desenvolvimiento de la estrategia. La acción militar desdobló una red de autos, motos y camionetas, próceres de la industria automotriz que ascendieron a piezas de colección, reliquias de museos. El recuerdo -hace 73 años- de los héroes de lata: los soldados sobre ruedas que combatieron por la paz.

Jeep Willys
Tal vez el Jeep Willys fue el modelo más icónico en el desembarco histórico. Obra de una necesidad: en 1940 las fuerzas armadas de los Estados Unidos elevaron una petición a 135 fabricantes de automóviles a fabricar un vehículo de reconocimiento liviano con una detallada lista de requerimientos: capacidad de carga de 270 kilos, peso bruto inferior a 590 kilos, tracción en las cuatro ruedas, caja de transferencia de dos velocidades, arquitectura rectangular, parabrisas plegable, menos de un metro de alto y menos de dos metros de distancia entre ejes. Willys-Overland Motor Co. ganó el concurso. Confeccionó un compacto con motor de cuatro cilindros y 60 CV de potencia, capaz de alcanzar 105 kilómetros por hora y una autonomía de 380 kilómetros; era ágil, ligero, práctico, resistente, de mecánica simple, domador de cualquier terreno. Un auto hecho para la guerra, acreedor de una filosofía consolidada aún más en tiempos de posguerra.

Dodge WC-51/52 Ambulancia
Un vehículo de transporte ligero 4×4, asociado al tipo Weapons Carrier -WC- del ejército estadounidense y emplazado sobre un Dodge W C3. Con 4,94 metros de largo, 1,98 de ancho y 2,28 de alto, disponía de una capacidad para dos tripulantes en cabina y cuatro sentados o seis acostados en la parte posterior. Su función principal: transportar municiones, armas, y trasladar a los heridos. Aunque con sus neumáticos labrados y su robustez también contribuyó a un desembarco agresivo. Su popularidad en el conflicto bélico empata la figura emblemática del Jeep.

Bedford MWD GS
Un modelo británico conserva su espacio de honor en la flota de vehículos del Día D. El camión Bedford MWD era una producción de General Motors para el Reino Unido: cuando comenzó la guerra, su función industrial viró a la bélica con una modificación del nombre. El Bedford MWD incorporó GS (General Service) como apellido. La construcción económica, su diseño austero y sencillo, su calidad de estabilidad, su cabina inclinada que alargaba la visibilidad del conductor, su espacio de carga conformaron su identidad. Propiciaba capacidad para transportar un pelotón de diez combatientes. La mecánica Bedford de seis cilindros y 72 caballos de potencia empujaban un peso máximo de 2.100 kilos -4,38 metros de largo- a 85 kilómetros de velocidad máxima.

GMC 6×6 Cargo
“Jimmy”, de 6,82 metros de largo, 2,44 de ancho y 3,01 de alto, fue el camión más importante en el plan estratégico de invasión de las playas francesas. Estaba propulsado por un motor Hércules RXC de seis cilindros de gasolina y 106 caballos; gozaba de una autonomía de 255 kilómetros y era capaz de alcanzar los 64 kilómetros por hora. Su silueta era inconfundible: la lona que cubría o descubría su espacio de carga le adosó personalidad y culto.

Welbike
Una peculiaridad del desembarco. Las motos “caídas del cielo” cumplieron un rol decisivo en la invasión. La Welbike fue construida para resistir el impacto al ser arrojada en contenedores estándar de material que acompañaban el salto de los paracaidistas: eran los vehículos de movilidad en tierra de las tropas aerotransportadas. Se testeó en Escocia. La moto debía ser lanzada en un tubo de casi un metro y medio diseñado para conservar otras herramientas bélicas y el paracaidista, capaz de extraerla del estuche y armarla en menos de once segundos. El método tuvo un resultado ambiguo. Las motos y los paracaidistas arribaban en lugares imprecisos: el tiempo de rastreo de las cajas era improcedente -combatía su eficiencia- o bien las cajas caían en territorios demasiado hostiles. Sin embargo, la idea tenía su lógica. Eran motos simplificadas a la mínima potencia. Las primeras unidades carecían incluso de suspensión. Pesaban 32 kilos. Tenían un humilde motor Villiers de dos tiempos, 98 cc refrigerado por aire y marcha única. Garantizaba cien kilómetros de traslado a una velocidad de 45 kilómetros por hora.

Fuente: Infobae.com

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