“Para mí la literatura es una forma de vivir”, así lo contaba Silvia Siderer, más reconocida como Silvia Plager, que escribió ejemplares como “Amigas”, “La Rabina”, “Las Damas Ocultas del Greco” o “El cuarto violeta”. Durante la charla que mantuvo con La Cadena Judía de Información Vis a Vis, la escritora relató sus historias en el barrio de Once y su relación con el judaísmo: se reivindica como una judía-sionista. También se emociona al relatar la historia de parte de su familia paterna que fue asesinada durante el Holocausto y cómo eso repercute en su escritura. Levanta con mucho orgullo la bandera Argentina, el país que alojó a su familia y a ella, y comentó acerca de la falta de Justicia que existe en el país.

– En tus novelas un tema muy recurrente son las mujeres, ¿cómo cambió el rol de la mujer en la actualidad?

– El rol de la mujer va cambiando. Se centra en el estereotipo de la idishemame, que cree que es la misma  hoy o hace 50 años. Hoy en día la mayor parte de las madres trabaja. Las abuelas, yo soy abuela, obviamente que me ocupo bastante de mis nietos, sobre todo con los hijos de Débora (Plager), que por su profesión tiene que trabajar en horarios insólitos o al principio de su carrera tuvo que viajar a hacer coberturas. Pero lo que sucede es que ya no se dispone de las abuelas, como en tiempos pasados. La noción de edad cambió entonces cambió todo el rol. Yo recuerdo que cuando tenía fiebre o sarampión venía mi abuela o la tía con la torta. El rol de la mujer cambió por presión social y por que las mujeres no nos conformamos con ser el acompañante de, queremos tener una labor en la sociedad como tiene cualquiera. Pero es más esforzado para nosotras, no nos engañemos.

– ¿Qué opinión tiene con respecto a la alta tasa de femicidios en nuestro país?

– Yo creo que tiene que ver con la violencia. Nuestra sociedad es violenta. Nosotros somos privilegiados en comparación con lo que sucede en Nicaragua o México. Hay una cuestión de pensar que la mujer es posesión o que es molestia. Hasta hace unos años, si la mujer denunciaba el maltrato del marido le decían: “Dejate de joder. Volvé a tu casa”. No se respetaba la decisión personal de la mujer. También tenemos una policía y unas leyes, que los jueces no las aplican. Nosotros no tenemos una justicia justa, tenemos una justicia que se auto define como legítima, pero que de legítima no tiene nada. No puede haber justicia militante, por el contrario tiene que ser apartidaria y objetiva, no estoy hablando de un solo gobierno sino de cualquier gobierno. Recién ahora se están tratando leyes que protegen a las personas de los violadores (hace referencia a la Ley de Víctimas). La violencia de género yo la toco tangencialmente es mi libro “Las mujeres ocultas del Greco” habló de la Inquisición y sobre la época que las mujeres humildes tenían dos destinos: se prostituían o iban al convento. Siempre existió esa violencia doméstica, dentro de la poesía y la música popular dicen frases como “eres mía”. A mi siempre me interesó la independencia de la mujer.

– Usted declaró “si mis padres no me hubiesen enviado a la escuela pública, yo no sería escritora”. ¿Por qué?

– Yo viví en pleno Once. Mis padres me enviaron a una escuela pública en donde tuve un mundo muy diverso. Yo me sentaba al lado de un chico católico, eramos mayoría judía en el aula. De pequeña, yo tenía una noción de que los judíos éramos mayoría, yo salía a la calle y todos hablaban en idish. Mis abuelos murieron en la Shoá, mi padre vino a la Argentina pero dejó a atrás a sus padres, hermanos. A mi la escuela pública me abrió la cabeza por que cuando se cantaba el himno yo quería ser como todos, pero veía que en la calle me decían: “Che, Rusita”. Yo no sentí discriminación pero me dijeron amigas mías, que vivían en otros barrios, que sí sufrieron. En el secundario tuve señales de alerta mucho más grande por que al atravesar la frontera del barrio y ver en una pared: “Haga patria, mate a un judío”. Yo soy primera generación en Argentina, yo nunca me cuestione que si no iba a la sinagoga no era judía. La relación mía con el judaísmo era tan directa que ese choque de culturas que viví en el colegio es lo que me desarrollo la curiosidad. Yo sentía que esa diferencia que vivía me hacía más curiosa. Yo recuerdo que cuando era chica iba a la casa de un italiano que tenía la foto de Mussolini, y yo en ese momento creía que era bueno, entonces empezaba a preguntar.

– Su familia tiene una historia muy fuerte con el Holocausto…

– Yo nací después de la Segunda Guerra Mundial. Soy primera generación en Argentina. No soy directamente hija de la Shoá, pero me considero en parte porque tenía pesadillas recurrentes que me venían a llevar y que me iban a matar porque era judía. Desde muy pequeña aprendí a convivir con esas historias, en la escuela mis compañeritas me contaban historias. Los ashkenazíes, no sé lo que sucede con los sefardíes, no nos podíamos despegar de lo que fue la Shoá. Es por eso, que fue apareciendo en mis libros de manera constante, aunque no aparezca en mi última novela, “Complacer”, el judaísmo como algo central; en el final aparece que alguien oculta el nombre de Rebeca por que piensa que es un nombre judío. Hay algo que me atrae de esos temas, el nombre como estigma, el nombre como liberador.

– ¿En algún momento la historia de su familia fue una carga pesada?

– Es hasta hoy en día una carga pesada. Yo me pregunto por qué se dejaron matar (en referencia a la familia por parte de su padre). Cuando miro las fotos me pongo a pensar en que los agarraron y los mandaron a una cámara de gas. Acaba de morir la sobreviviente, Simone Veil, una mujer hermosísima que se salvó porque era muy bonita, pero murió la hermana y la madre. Yo conozco una amiga que durante su infancia la entregaron a una familia católica polaca para salvarse. Reconstruyó la historia a través de una hermana mayor que vive en Israel. Mi marido no tiene familiares que hayan fallecido en el Holocausto. Se enteró que su padre había dejado a una mujer en Polonia, no sabe si tenía un hijo o dos que estaba esperando traerlos. Son historias que te pegan duro. Me hace mucho daño físico ver en las películas cuando trasladan a los judíos en los trenes, y todavía no puede entender como hay gente que dice: “Che, a ustedes hay que hacerlos jabón” o los cánticos de cancha. Yo tengo muy arraigado que, por fidelidad a aquellas personas que murieron, yo tengo que luchar porque sus memorias deben ser reivindicadas, pero si yo dejó esa lucha los dejo morir del todo…

– Por eso continúa escribiendo…

– Sí…aunque sea algo muy pequeño. Es algo que tengo muy marcado, pero que sé que no va a marcar a mis hijos. A mí me asombra cuando Débora, que tuvo una educación totalmente laica, al igual que mi hijo, fueron al Nacional de San Isidro. Cuando fue creciendo sintió la cuestión judía como propia, ella podría haber utilizado un apellido que no es judío. Mi hijo nació es médico se casó con una chica sefardí tiene cuatro chicos y tiene muy arraigado su judaísmo. Mi hijo nació en el Estado de Israel.

– ¿Vivió en Israel? ¿Por qué?

– Yo me casé a los 20 años con mi marido y ni bien nos casamos nos fuimos cinco años a vivir a Israel porque lo contrataron a mi marido que es médico de la UBA y consiguió un contrato. Primero estuvimos en un Ulpán en Beer Sheva, después vivimos en Ashkelon un tiempo y por último nos instalamos en Ashdod. Recuerdo que en el centro de Ashdod nos juntábamos los argentinos a comer asado. Mi hijos tienen muy arraigado el sentimiento sionista, sin haberlos mandado a un schule ni a un club de la comunidad.

– Hace ya un tiempo el mundo esta viviendo una situación crítica con el ascenso de los ultranacionalismos en Europa y la instalación del ISIS, ¿cómo lo ve usted?

– Lo veo con preocupación en el mundo, y sobre todo, en Argentina. Yo no me crié con pilotes de cemento en los colegios o un custodio uniformado como tienen mis nietos. Eso ya es una preocupación muy grande, y la penetración en América Latina. Una vez a mi hija (Débora Plager) le tocó entrevistar al expresidente Rafael Correa y ella le hace una pregunta con respecto al atentado a la AMIA que se iba a cumplir un nuevo aniversario y él le contesta: “Basta de hablar de eso. ¿Sabe cuánta gente muere en el mundo?”. En la época de la Segunda Guerra Mundial, es mentira que a los judíos en la Argentina los recibían con los brazos abiertos. Muchos tenían que venir vía Bolivia o Uruguay.

 

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