En un atentado en Jerusalén resulta herido un guardia de seguridad. En el hospital coinciden sus padres y su hermana, por un lado, y su novia, que no se conocen: Yoel lleva unos años sin contacto con su familia, por lo que nunca les contó que está conviviendo con Amal, una chica árabe. Ahora él está en coma y ella no se anima a presentarse ante sus suegros, que son judíos ortodoxos, por miedo al rechazo. Pero de todos modos se las ingeniará para estar cerca de su amado.

El planteo es potente, pero hay un problema: la balanza de la empatía está inclinada hacia un solo lado. Para cualquier espectador que no sea judío ortodoxo -o religioso en un grado equivalente-, la posición de los padres es insostenible. No hay ningún tipo de identificación posible con esa pareja que, a los ojos de cualquiera ajeno a sus creencias, se comporta arbitrariamente. Sobre todo el padre, al que se lo presenta casi como un supersticioso por su empecinamiento en realizar, a instancias de un rabino, un ridículo ritual para curar a su hijo. Hijo al que, por otra parte, ni él ni su mujer conocen realmente.

En cambio Amal, que también se alejó de los suyos para poder vivir su historia de amor prohibido, está en el otro extremo: es la heroína abnegada, la princesa que viene a despertar al bello durmiente, una inocente Julieta en medio de los Montesco. Pero el título de la película remite a Yoel: tanto al tironeo entre culturas al que es sometido, como al limbo entre la vida y la muerte en el que permanece. Y lo que se muestra es cuento conocido: la religión -cualquiera fuera- como profunda línea divisoria entre los seres humanos.

De: Miya Hatav. Con: Maria Zreik, Maya Gasner, Yoram Toledano.

Salas: Arte Multiplex, Atlas Patio Bullrich, Lorca, Cinema City General Paz

Fuente: Clarin

Autor: Gaspar Zimmerman

Sin comentarios

Deje una respuesta