Despues de los informes de Gendarmería que inclinarían la muerte del Fiscal Alberto Nisman a la hipótesis de Homicidio, todas las miradas se posan en  Diego Lagomarsino, el técnico informático quien fue el que le entregó la “Bersa 22” que se usó para asesinarlo.  Y tambien el último o uno de los últimos que lo vió con vida horas antes de su muerte.

Diez días después de conocerse la muerte del fiscal, el 18 de enero de 2015, Lagomarsino habló por primera vez. Y dio su versión de lo ocurrido ese trágico fin de semana en que Nisman terminó con un balazo en la sien.

Testimonio

“Resulta que el sábado estaba en mi casa. Me suena el teléfono. Era una llamada privada que no escucho: eran las 16.25, 16.26. Lo tiene la fiscal, lo saqué de mi teléfono. No lo escucho. Vuelve  a sonar otra vez de un número privado y atendí. Era Alberto Nisman diciéndome ‘Por favor, ¿podés venir?’. No era frecuente que me llamara”.

“Subí, me cambié y fui a Puerto Madero. Fueron 20 minutos de viaje: no hay gente en la calle un sábado, menos en enero. Fui al portón que estaba más al Este, más cerca del río”.

“Me anuncié, hablaron con alguien arriba y me autorizaron el acceso. Entré por la puerta de servicio. Subí. Nisman abrió la puerta y me hizo pasar. Pasé a la cocina y después al living. Sobre la mesa del living había mucha documentación: imagino que de este tema. Me llamaba la atención que había cuatro resaltadores amarillos. Por dentro pensé: ‘Creo que usé en toda mi carrera esos cuatro resaltadores’. Me llamó la atención por cómo era él”.

“Le pregunté si esto había tenido más repercusión de la que creía que iba a tener. Me dijo que sí. ‘Incluso mi madre tuvo que ir al supermercado por mí hoy’, me respondió. Y agregó, pero con otras palabras: ‘En realidad tengo más miedo de tener razón que de no tener razón’. No quiero repetir exactamente lo que me dijo”.

“En ese momento me dice: ‘¿Tenés un arma?’. Me dejó mal parado. No entendía nada porque imagínense ustedes que están con su jefe y te preguntan eso. La reacción mía fue de no poder creer que me estaba preguntando eso. Lamentablemente, le dije que sí.
-¿Para que la querés?, le pregunté
-En realidad tengo miedo por las chicas, me dijo.
-Pero Alberto, vos tenés seguridad, le respondí.
-Pero ya no confío ni siquiera en la custodia, me dijo.
En ese momento, él se quiebra y me dice: ‘¿Vos sabés lo que es que tus hijas no quieran estar con vos por miedo a que les pase algo?’. Yo soy padre como la mayoría de ustedes. Lo más importante para nosotros son nuestras hijas. Él tiene un orgullo tremendo por ellas. Y me consta”.

“Le dije que era un revolver viejo, un 22, que no sabía si lo iba a defender. Me dijo: ‘Es para tenerla en la guantera del auto, por si viene algún loquito en la calle y me dice ‘sos un traidor de mierda’.
-No te va a defender de nada-, le dije.
-¿El único favor que te pido y no lo hacés?, me respondió.
Accedí. Salí del edificio, fui a mi casa. Estaban mi mujer y mis hijos. El arma no estaba a mano. Esperé, porque estaban ellos. Mi mujer me vio mal, me preguntó qué me pasaba que estaba pálido. Le dije: ‘Nada, estoy nervioso por lo que está pasando’. Esperé hasta que se fueron. A las siete, siete y dos minutos me llamó Nisman. Me preguntó si había encontrado ‘eso’. Le dije que ‘no, pero que ya lo iba a encontrar'”.

“Se fueron, junté las partes del arma y la guardé en la mochila. Agarré el título de propiedad, la tarjeta roja. Y volví a Madero. Estacioné antes, sobre la calle principal del edificio. Me volví a anunciar. Ah, a la ida no estaba la custodia, y se lo dije: ‘Los mandé a hacer un trámite’, dijo. Me di cuenta que no estaba porque eran los mismos coches y los conocía”.

A la vuelta los vi, ya estaban, vi el equipo de la custodia. Quiero dejar en claro que para mí todos los custodios eran Benítez. Se lo dije a la fiscal, porque siempre hablaba con Benítez. Yo siempre accedía por la puerta de servicio. El custodio entraba por  el frente. Me sorprendió. Pero no iba para donde estaba yo, entraba por otro acceso. Aceleré el paso. Me lo encontré. Se abrió la puerta del ascensor. Estaba el carro de supermercado en el ascensor. Lo saqué, subimos juntos. Me preguntó: ‘Che, ¿qué opinás del 4G?’, y si su teléfono servía para eso. Le dije que si no podían hacer andar el 3G, tampoco el 4G, le di mi opinión personal. El custodio tocó el timbre de la puerta de servicio. Salió Nisman, le dio un sobre marrón al custodio. Y se fue”.

“Yo entré al departamento. Estaba shockeado con la situación. Me hizo pasar al living. Le pedí que me convidara un café. Me dio una cápsula y me dijo: ‘Preparátelo vos’. Eso no era usual. Me tomé el café. Yo no soy experto en armas, pero la persona que me enseñó me explicó cómo usarla, y eso se lo transmití a él: cómo cargarla, cómo descargarla, cómo poner el dedo.
-Quedate tranquilo que no la voy a usar, me dijo
-Sí, pero si tenés que usarla, tenés que saber cómo.
En un momento, yo que la llevé envuelta en un paño verde, le dije: ‘No lo pierdas que mi mujer me mata’.
-No, no te preocupes, son un par de semanas: se termina todo y listo, contestó.
Le dije de quedarse con la tarjeta roja, que se la quedara con él. Me dijo: ‘No hace falta, tenela para comprar armas. Yo soy fiscal’. Le pregunté si tenía portación, le dije que para mí siempre estaba calzado. Y me dijo: ‘Yo por supuesto tengo portación, yo soy fiscal'”

“Me quedé con la credencial roja. Me quedé con el paño verde. Nisman dejó el arma en el apoya brazos. Me dijo que tenía que seguir. Encaré para el lado de la cocina y me dijo: ‘Salí por el frente’. Llamé el ascensor. Se abrió la puerta. Había gente. Lo saludé rápido: ‘Nos vemos después de esto’, me dijo. Entré al ascensor, había cinco personas bien vestidas. Y bajé con ellos. Y ahí me fui. Busqué mi camioneta, manejé hasta mi casa y llegué”.

“El domingo, fui al supermercado y tipo 11 de la mañana le mandé un mensaje: ‘¿Estás más tranquilo ahora?’. Yo anulé la función de las dos tildes azules, pero me aparecieron en gris. Y nunca me lo contestó”.

Infobae

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