En ídish, la lengua que durante siglos fue la utilizada por los judíos ashkenazíes del este de Europa, hay un término de difícil traducción a otros idiomas. “Nájes” es una incorporación del hebreo “nájat”, lengua en la cual significa satisfacción o placer, pero en ídish se usa casi exclusivamente para hablar del orgullo que los padres o abuelos sienten por los actos de sus descendientes. Como padre judío lo que más me satisface no son los logros en sí, sino el que los que nos siguen desarrollen su capacidad de adaptación a los nuevos entornos y desafíos constantes de la realidad. Como en la naturaleza, los frutos maduran al ritmo que les marca el clima y no sólo la programación genética.

El problema lo tenemos quienes hemos quedado huérfanos de ascendentes que sientan “nájes” de nuestro accionar, muchas veces resignados a dejarnos vencer más por falta de entusiasmo que de fuerzas, en un mundo en el que de media pasaremos más tiempo al margen de la productividad que hasta incorporarnos a ella. Evidentemente el trabajo remunerado no es la única manera de seguir creciendo, pero estamos tan acostumbrados a medir el sentido de la vida por lo material que alcanzamos a acumular, que olvidamos para qué lo hicimos. Vivimos en sociedades opulentas que acusan más el sobrepeso que el hambre, más la desigualdad que la pobreza, más el abuso de medicación que la falta de atención sanitaria, y sin embargo es aquí donde más angustia nos genera cualquier alteración de las rutinas sociales.

La raíz de “nájes” en hebreo se utiliza también en ese idioma para construir conceptos como bajada, aterrizaje, relajación y proviene de una ampliación en arameo de la raíz hebrea formada por las letras nun jet, que significan descanso, reposo, apoyo, e incluso forman el nombre de Noaj, el Noé bíblico, cuyo relato leemos justamente esta semana, y al que teniendo nada menos que 600 años de edad, Dios le encarga construir un arca para empezar el mundo de nuevo, después de que lo destruya en un diluvio universal. Seguramente a esa mítica edad le resultó difícil entusiasmarse por la tarea encomendada, no sólo por el esfuerzo físico. Pero contaba con una ayuda indispensable: su acción reconfortaría a quien consideraba su Padre, alguien que sentiría “nájes” por él.

No nos entreguemos a la autocomplacencia y la molicie del “deber cumplido”. El mundo aún nos necesita para salvar algo del caos, para labores que, a falta de otros, hagan sentir a nuestro hijos “nájes” de quienes les precedieron.

Jorge Rozemblum

Director de Radio Sefarad

www.radiosefarad.com

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