Con un público ovacionando de pie concluyó el concierto de la Filarmónica de Israel con su director Zubin Mehta en la noche del domingo, en el Knight Concert Hall del Arsht Center.

Una de las más prestigiosas orquestas del mundo, con una leyenda viviente en el podio, atrajo, lógicamente, a una verdadera multitud de melómanos. El programa era también un poderoso atractivo: Mozart y Schubert. Aunque la noche comenzó con una novedad: Footnote, suite de Amit Poznansky. Basada en la música para el filme del mismo título, la obra ostenta un saludable gusto por el vals y las melodías de otros tiempos y fue muy aplaudida.

Luego un clásico gustado por todos, la Sinfonía no. 36 (Linz), de Mozart. Compuesta en aproximadamente cuatro días, a los 27 años, la obra desborda la alegría y la vitalidad de la juventud. Su minuet, aunque de otros tiempos, sigue invitando a bailarlo, o al menos a seguir los compases (y a veces nos pasa, involuntariamente) con las manos o los pies. El cierre, un Presto desbordante, es una explosiva expresión de alegría sin tiempo. Orquesta y director (que siguió la partitura de memoria) se dieron gusto y dieron gusto a un público que ya en esta primera parte de la noche se puso de pie.

Pero la ovación mayor habría de venir en la segunda parte, enteramente dedicada a la Sinfonía no. 9, de Schubert. Unos 57 minutos de placer sinfónico. Otro joven compositor en su mejor momento que, lamentablemente, significó también el último pues esta fue su creación final, estrenada 10 años después de muerto.

Asombra lo moderno y atrevido de la obra considerando el momento en que fue compuesta, la entrada con las trompas, y el hecho de que las maderas llevan todo el tiempo la voz cantante. Al extremo de que Mehta dispuso en primera fila del semicírculo orquestal a flautas, oboes, fagots y clarinetes. Idea genial, porque ellas son las protagonistas. Especie de concierto grosso dentro de la sinfonía con una gracia extraordinaria y una mezcla deliciosa de tradición y audacia que deja al oído fascinado y al alma inmersa en esa “luz no usada” de la que habla Fray Luis de León en su Oda a Salinas.

De más está decir la excelencia con que fue tocada la pieza, y si bien, el maestro Mehta (que volvió a dirigir de memoria) pudo haber azuzado más los tempi de los últimos movimientos, su entrega mesurada no dejó de tener su encanto e impacto, especialmente en sus recapitulaciones finales llenas de dramatismo.

Ante la ovación del público de pie que abarrotaba el teatro, el grupo y su maestro regalaron como encore la palpitante Danza eslava, no 8, op. 46, de Dvorak, que fue seguida, tras su merecida ovación, por la Obertura a Las Bodas de Fígaro, de Mozart, que volvió a colmar la sala de aplausos. Se comenta que el maestro Mehta, de 81 años, ya piensa en su retiro, pero al menos el sábado demostró que se mantiene en excelente forma

El Nuevo Herald

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