En estos próximos días de Janucá se hablará y escribirá mucho sobre los hechos históricos de la victoria sobre los griegos y sobre los aspectos religiosos de la celebración. No obstante, algunos descubrirán quizás con asombro que es ésta una fiesta totalmente laborable. La razón principal es que, pese al carácter milagroso que describe, su relato no está incorporado a la Biblia judía (aunque paradójicamente sí lo está al Antiguo Testamento cristiano). Se trata, por tanto, de una fiesta basada en la tradición. Donde sí aparece descrita al detalle es en el Talmud, ya que éste es justamente una recopilación de la llamada “biblia oral” (en hebreo, torá shebeál pé), o sea, de las tradiciones conservadas hasta entonces sin plasmarse en letra.
Y, parafraseando a McLuhan, la tradición se convierte en mensaje, es decir, la conservación del propio soporte (oral, intangible, basado en la memoria) es el principal objetivo. La pista más notable de este enfoque está, como tantas veces, en la propia construcción del hebreo, idioma en el que tradición (masoret) y mensaje (meser) comparten la misma raíz etimológica, con la que también se construye “entregar” y “transmitir” (limsor). Porque la tradición, desde la perspectiva infundida por este lenguaje, no consiste tanto (como en español, por ejemplo) en la “conservación”, sino en la entrega, en pasar el testigo. Por tanto, más que repetir el relato de Janucá de forma estricta, lo esencial es imbuir a cada generación del mismo espíritu de independencia y sacrificio del que hicieron gala unos legendarios personajes de hace más de dos mil años.
Cada uno de los elementos que forman parte de un legado no pautado por la Ley (la Torá, en el caso judío) son tradición: mensajero a la vez que mensaje. Porque, más allá del ritual (en Janucá el encendido progresivo de las velas de un candelabro, la repostería basada en el uso del aceite o costumbres menos apegadas al relato histórico como las peonzas o el “janike guelt” – las monedas que regalaban los ashkenazíes a los pequeños esos días-) lo que realmente perdura y va conformando la identidad es el propio hecho de recordar y revivir la defensa de la dignidad en la piel de muy lejanos descendientes. No en vano, en la moderna y tecnológicamente avanzada sociedad israelí, la mayoría aplastante de los habitantes se identifican no como religiosos, sino como tradicionalistas, aunque muchos de los usos que conservan en fechas señaladas tengan origen en los preceptos de la fe. Porque el mensaje de la tradición nos inculca que, pese al paso del tiempo y los cambios constantes, hay algo que aún nos mantiene hermanados.
Jorge Rozemblum
Director de Radio Sefarad
www.radiosefarad.com

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