Cada año, cuando llega el Día internacional de memoria del holocausto, prestamos especial atención al relato en primera persona de los cada vez más escasos sobrevivientes al horror de la campaña de aniquilación de los judíos por parte de los nazis. Y lo que más suele llamar la atención es la entereza de seres que superaron la prueba del infierno más atroz y emprendieron el resto del trayecto con unas ganas de vivir que los han traído hasta nosotros, tres cuartos de siglo después.

En Israel se les homenajea desde mucho antes que Naciones Unidas estableciera esta fecha, coincidiendo allí con el aniversario del levantamiento más sonado, el de los últimos judíos del gueto de Varsovia a punto de ser “transportados” para su eliminación. Por ello el nombre de la efeméride añade también la valentía al recuerdo del dolor. Pero no es solamente el arrojo de enfrentarse a las armas de los malditos lo que se admira, ya que la raíz de la palabra utilizada para ello (gburá, en hebreo) es la misma que se usa para lehitgaber, superar un escollo, un examen, un desafío. En el caso de la shoá (el holocausto judío) cada alma que logra salvarse es un ejemplo de heroicidad, de superación; una demostración de hasta qué punto estamos imbuidos de amor a la vida, de que estamos dispuestos a luchar contra los fantasmas y demonios a los que hemos visto cara a cara.

Y hablo en plural porque, aunque físicamente el paso del tiempo nos robe los testimonios directos, hemos heredado la misión de luchar contra los mismos demonios, ya que nunca desaparecieron, sólo se agazaparon a la espera traicionera de nuevas mentes fértiles a las que inocular la semilla del odio renovado, como sucede hoy. Aquellos que escuchamos esos testimonios estamos obligados también a superar nuestro propio miedo a la barbarie y a imbuirnos del heroísmo de aquellos que tuvieron que decidir si valía la pena seguir en un mundo que les mostró el arsenal de la maldad y el odio en un alcance universal que ha logrado hipnotizar a los pueblos más civilizados.

Una de las técnicas favoritas de aquellos que intentan descubrir las verdades ocultas en los textos sagrados (la kabalá) es la permutación (en hebreo tzeruf). Una de dichas alteraciones de la raíz citada para valentía y superación consiste en reordenar las mismas letras (bet – guimel – reish) y construir palabras que significan madurar o diplomarse. En el caso de los sobrevivientes de la shoá no tengo ninguna duda de que son diplomados de la vida, doctores en el arte de superar el odio y reparar sus almas para seguir transitando por este mundo, proclamando el triunfo del esplendor vital por encima de la oscuridad del dolor y la muerte.

 

Jorge Rozemblum
Director de Radio Sefarad
www.radiosefarad.com

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