Me van a perdonar que en estos tiempos de neologismos me vea tentado a crear un nuevo engendro lingüístico para expresar una situación no definida por otra palabra mejor. El mundo de las ideologías que caracterizó al siglo XX, se ha diluido (licuado, según otros) y donde había sólidas placas continentales, hoy apenas hay una fina capa de hielo flotando a la deriva en el mar de las ideas. Esta situación no es coyuntural ni local, sino un fenómeno global que afecta a la política de todas las naciones. Hace años (pero no tantos) uno se identificaba prácticamente de por vida con una lateralidad: se era de izquierdas o de derechas, más o menos al centro o los extremos, y quien cambiaba de acera por la razón que fuera era considerado poco menos que un traidor. Esa realidad, a día de hoy, resulta alienígena para quienes no tuvieron que elegir bando en enfrentamientos que, en ocasiones, llegaban a las manos cuando no a las armas.

Hoy, las “guerras civiles”, las sangrientas y las incruentas, se libran en otros ejes. Hay que ser muy escrupuloso para ver diferencias notables entre las políticas económicas de partidos políticos que se definen con colores contrapuestos. Es más difícil que antes, pero la mayoría de la gente encuentra un mensaje partidista que encarne sus aspiraciones. A menos que se sea judío en España y uno, además, sienta un fuerte vínculo con Israel y cómo logró construirse. Porque aunque hoy dicho país se presente como cuasi-potencia tecnológica y modelo de desarrollo económico, no hubiera llegado hasta ahí (en realidad, a ninguna parte) si no se hubiese imbuido en los tiempos de su construcción del espíritu de solidaridad y sacrificio que encarnaba el sionismo socialista, cuyo mejor y perdurable icono es el kibutz: máximo esfuerzo, igualdad, responsabilidad.

Hoy, cuando las dos palabras de esta fórmula (sionismo y socialismo) se han convertido en poco menos que descalificaciones (a veces en insultos) en la arena política, algunos nos sentimos apátridas de representación partidista, “apártidas”: tanto la izquierda extrema como la más moderada reniegan de cualquier simpatía e incluso legitimación de las aspiraciones nacionales reconocidas internacionalmente a mi gente. Intentan recolocarme en un lugar en el que no me siento representado. No estoy ni en la izquierda, ni en la derecha ni en el centro sino en tierra de nadie: un territorio sin recursos para hacer valer nuestra voz, castigados por seguir defendiendo unos valores que otros creen que lastran sus opciones para “ganar la calle” en tiempos de populismos de todo signo. Porque, aunque éstos hayan cambiado, seguir señalándonos (antes sólo como judíos, ahora también como israelíes) como la causa de todos los males es una fórmula que ha demostrado seguir siendo efectiva para llegar al corazón y los instintos más básicos de las masas.

Jorge Rozemblum

Director de Radio Sefarad

www.radiosefarad.com

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