La vida de Helena Weinrauch ha sido marcada por la pérdida y el dolor. Weinrauch, de 93 años, sobrevivió a horrores incontables durante el Holocausto, que cobró las vidas de sus padres, hermana y varios otros familiares.

Helena Weinrauch: Life is a Gift from karen Goldfarb on Vimeo.

Su única hija, Arlene, murió de cáncer de mama en los años noventa y su esposo Joseph falleció en 2006.

“He perdido a todos, vivo sola y no tengo familiares”, dijo Weinrauch, aunque su suerte dio un giro hace unos años cuando un cartel promocional para tomar clases de baile de salón llegó a su buzón.

Su oportunidad para ser una bailarina cuando era adolescente, en los años treinta en Polonia, fue impedida por la historia; los alemanes invadieron y comenzaron a juntar a todas las familias judías como la suya.

Weinrauch sobrevivió tras hacerse pasar como una no judía. Durante un evento social terminó compartiendo un vals con un oficial nazi, un baile que le salvó la vida. Cuando descubrieron que había mentido sobre ser judía y estaban por ejecutarla, ese mismo oficial se encontró con ella —”Una bala sería demasiado buena para ti”, recuerda que le dijo— y en cambio la condenó a tres años en el infierno de Auschwitz y de otros campos de concentración.

Weinrauch no regresó a la pista de baile, sino hasta que llegó a sus manos ese cartel que ofrecía una clase gratuita en el estudio de danza Fred Astaire, en la calle 72 del lado oeste de Manhattan.

”Una bala sería demasiado buena para ti”, recuerda que le dijo el oficial nazi, y en cambio la condenó a tres años en el infierno de Auschwitz y de otros campos de concentración.

“Me pregunté: ‘¿Habrá alguien velando por mí, para darme esto?’”, me dijo. “Nunca tuve tiempo en mi vida para bailar, entonces dije: ‘Por fin, voy a hacer algo para mí’”.

Caminó al estudio desde su apartamento, en la calle 86.

“Todos los bailarines tenían la mitad –no, un cuarto– de mi edad”, dijo Weinrauch, aunque un joven instructor la convenció de quedarse con la promesa de mostrarle los pasos básicos.

“Me dijo: ‘No hay una edad única para bailar’”, afirmó. “Y me enganché”.

Comenzó a contratar a maestros para que la llevaran a bailar; eran jóvenes y se comportaban románticos y a ella le fascinaba.
Mientras tomaba un coctel, eligió un collar que combinara con el vestido brillante que traía puesto.

“Como huevos, queso y chocolate oscuro”, dijo. “Después de la guerra, me prometí a mí misma que nunca volvería a tener hambre y no haría ninguna dieta, porque estuve famélica por tres años”.

Agarró un abrigo y pidió un taxi para encaminarse a la iglesia católica San Juan Batista, en la avenida Lexington, donde la Manhattan Ballroom Society celebra noches de baile de salón los viernes. Es uno de los eventos de danza a los que Weinrauch acude cada semana.

Su compañero Slavi Baylov, de 41 años, la recibió con flores y la llevó hacia la pista para una juguetona rumba, seguida de un elegante fox trot. Weinrauch también bailó un vivaz merengue. Luego hubo un tango y Baylov la inclinó lento y seguro hacia el piso.

“Tiene un amor a la vida, supongo que por lo que le ha tocado”, dijo Baylov. “No toma ningún momento por sentado”.

Steve Dane, quien está a cargo de las sesiones vespertinas de danza, apoda a Weinrauch el Ángel Danzante de la asociación.

“Siempre es la última en dejar la pista”, dijo Dane, que sin falla incluye entre las canciones la favorita de Weinrauch, “Fascination”, un vals de 1905 que ella escuchó por primera vez mientras se recuperaba en un hospital sueco. En ese periodo se mantuvo muda y lo único que hacía era atiborrarse de comida.

Weinrauch logró sobrevivir una marcha de la muerte desde Auschwitz en un clima gélido, y fue rescatada por soldados británicos que habían llegado a liberar el campo de Bergen-Belsen en abril de 1945.

Ella dijo que pensaron que estaba muerta hasta que un capitán la vio moverse de entre una pila de cuerpos.

“Dijo: ‘Ese cuerpo sigue caliente; ella sigue viva’”, recordó Weinrauch, que en ese entonces pesaba 27 kilos. “No era más que piel y huesos”.

Después de su recuperación, viajó a Nueva York en 1947, donde se desempeñó como asistente de un médico y se casó con Joseph Weinrauch, un alemán judío que había ayudado a su familia a huir de los nazis.

La pareja no bailó durante los 55 años de matrimonio porque él lo odiaba. Cuando falleció su hija, Joseph cayó en una fuerte depresión; Weinrauch recuerda que esa muerte fue más dolorosa que la experiencia de ambos con el Holocausto.

Después de que falleció su esposo, dijo: “Pensé que podía o ceder ante la tristeza y sentirme triste o bailar”. Weinrauch también asiste a varias beneficencias para personas de edad avanzada, da charlas en escuelas y sigue tomando el autobús público cuando necesita hacer diligencias.

“Cuando bailo, intento capturar el placer que nunca pude tener”, dijo. “Y hay mucho que compensar”.

Por Corey Kilgannon

© 2018 New York Times News Service

Fuente: Clarin.com

Sin comentarios

Deje una respuesta