¿Qué tienen que ver entre sí las palabras “pasa”, “pesa”, “pisa”, “posa” y “puso”? Mucho más de lo que parece. Este caprichoso juego semántico está completamente ligado a la celebración de la Pascua, pero habrá que develar poco a poco su sentido para degustar su profunda sabiduría.

Este tipo de pasajes empieza justamente allí, en ese vocablo: “pasaje”, un término que se deriva directamente del hebreo “pasaj” que aparece debutando en el texto de la Torá al describirse la última de las 10 plagas divinas que azotaron a Egipto.

Esa 10ª calamidad implicaba la muerte de los primogénitos egipcios, como una especie de “devolución de gentilezas” del decreto real de arrojar al Nilo a los bebés hebreos, una plaga por supuesto evitable si no hubiera sido por la tozudez del faraón, tan típica como la de la mayoría de los dictadores.

 

Para evitar ser alcanzados por el ángel destructor, y a la vez demostrar compromiso con la inminente salida de Egipto, las familias judías debían marcar las puertas de sus casas con la sangre de un cordero ofrendado, que luego sería comido en un gran banquete; un sarcasmo bíblico notable, ya que el cordero también era considerado una deidad en la cultura de las pirámides.
Ese versículo deja bien claro que Dios se “saltearía” los hogares marcados por los israelitas, algo que en hebreo se pronuncia “pasaj”. Ese primer salto divino fue el preludio del salto de fe que darían los israelitas al borde del mar, cercados por sus profundas aguas y por el desenfrenado ejército del faraón.

Un “paso” con “peso” sobre un “piso” no sencillo para “posarse”, que el Creador “puso” a sus “pies” (otra palabra que también conserva la consonántica raíz hebrea original de la P y la S).

De allí a “pasaj” como verbo que implica saltar o atravesar, o sea lo que hace un “pasaje”, no hay más que un solo paso gramatical.

De ese “pasaj”, el pueblo judío llamó “Pesaj” a su fiesta más antigua, al dejar la esclavitud para “pasar” al desierto de la libertad y descubrir en el Sinaí los valores y las directivas necesarias para llegar a la tierra de promisión y armar allí una sociedad en la que la violencia y la opresión sean la excepción.

Unos 1.300 años después de estos hechos, ya en la provincia romana de Judea, y con Jesús como protagonista del cristianismo recién surgido en el mismo seno del judaísmo, se da un nuevo salto.

El pasaje original de la esclavitud a la libertad se reinterpretará a la luz de la religión naciente como un salto de la muerte a la vida, o más precisamente a la resurrección de quien asumirá el rol de aquel primer cordero ofrendado por el pueblo hebreo.

Y la fiesta que lo conmemorará tomará el nombre de Pascua, tan sólo porque del hebreo “Pesaj” se pasó al griego “Pasjá”, de allí al latín “Pascuá” y luego al castellano “Pascua”.

En este continuo pasar de saltos y pasajes se hallan las raíces de sendas festividades, en las que otras costumbres judías también se reactualizarán en el cristianismo. Tal vez la más evidente sea la “hostia” que vendrá de la “matzá”, ese pan ácimo, finito y sin levadura que es el alimento esencial de Pesaj.

Así que si conocen a algún “Pascual”, cuéntenle todo esto. ¡No se lo salteen!

* Rabino, integrante del Comipaz

Fuente: La Voz del Interior

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