En los años 60 los abuelos secuestraban aviones y en los 80 los padres hacían estallar cinturones explosivos, hoy los nietos apuñalan.

Hace poco más de un año, tres miembros de una misma familia morían asesinados en Oriente Medio. Cenaban tranquilamente en su casa cuando un hombre armado irrumpió en ella y los apuñaló hasta la muerte. Si las víctimas hubieran sido palestinas y el asesino israelí, la izquierda europea se habría echado a la calle para protestar contra algo tan execrable. Pero no pasó nada, porque los muertos eran judíos y el terrorista palestino. De hecho, la noticia apenas encontró espacio en los medios occidentales; los mismos que llevan días desinformando de los disturbios en la franja de Gaza.

En esta ocasión, el detonante fue una marcha palestina contra Israel. Una de tantas, de hecho. Ante el cariz violento que tomaba dicha marcha -más de 30.000 manifestantes en actitud hostil y muchos de ellos armados-, el ejército israelí actuó. Más de una vez, el Tsahal se ha excedido en el uso legítimo de la fuerza, lo que le ha llevado a copar portadas en medio mundo. La relación, insisto, es inversamente proporcional cuando se trata de ataques contra ciudadanos israelíes, uniformados o no: apenas una reseña. En este sentido, conviene apuntar dos cuestiones: Israel se defiende cuando sufre alguna agresión -la “iniciativa” corre casi siempre a cargo de Hamas, Hizbolá o similar- e investiga cuando tiene que investigar. No en vano, es la única democracia entre dictaduras teocráticas y corruptas. Por eso, que Erdogan acuse de terrorismo a Netanyahu es un insulto a la inteligencia. Máxime, viniendo de alguien que lamina el legado de Ataturk para llevar a Turquía hacia una dictadura islamista y practica el exterminio sistemático del pueblo kurdo.

Resulta indignante. Desde hace décadas, los palestinos usan las ambulancias para trasladar lanzagranadas y explosivos, y parapetan sus talleres de bombas bajo viviendas civiles u hospitales. Tanto en Gaza como en Cisjordania la corrupción sigue siendo la nota predominante, con unas élites que -lo mismo da que sean de Hamas como de Al Fatah-, siguiendo el ejemplo de Arafat, viven a expensas del pueblo derrochando subvenciones. Que nadie se lleve a engaño, nunca condenarán el terrorismo porque lo tienen incrustado en su ADN. Jamás. Llevan demasiado tiempo practicándolo, y si en los años 60 los abuelos secuestraban aviones y en los 80 los padres hacían estallar cinturones explosivos, hoy los nietos apuñalan o apedrean.

Israel tiene fundadas razones para hacer lo que hace. Responde cuando le atacan, no al revés. Hamas suele bombardear Sderot al sur, mientras que desde Siria o Líbano son las milicias de Hizbolá quienes lanzan cohetes contra las poblaciones del norte del país. Y a pesar de todo, hay quien todavía pretende que no reaccione. Desde el 11-S ha habido una sucesión de atentados salvajes con un doble denominador común: el Islam como reivindicación y la ausencia de condena palestina, cuando no celebración pública de los atentados. La diferencia es que, mientras en Europa la izquierda pone paños calientes y hace el caldo gordo a Hamas, en Israel su gobierno -el que haya- protege a los suyos.

Es una tragedia que quince palestinos hayan perdido la vida. De ellos, nueve eran terroristas de Hamas y uno de la Yihad Islámica, conviene recordarlo. También lo es la muerte de tantos y tantos israelíes inocentes a manos de miembros de las organizaciones antes citadas, por más que haya quien se empeñe en obviarlo. La misión de todo estado es la de salvaguardar a sus nacionales. Y eso hace Israel, que ya ha pagado un precio demasiado alto para que la gente pueda vivir en paz. Así, resulta incomprensible porqué una parte de la opinión pública se empeña en posicionarse con los verdugos en vez con las víctimas.

Fuente: El Imparcial

Autor: Antonio Hualde

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