Muchas veces escribí sobre el error de concebir al judaísmo como “religión”, en lugar de entenderlo como la “constitución del pueblo judío”. Esto puede parecer un simple y superfluo juego de palabras. Pero cuando entendemos el origen de esta distinción, y especialmente sus terribles consecuencias, directas o indirectas, podremos apreciar mejor su magnitud.

La historia de la diferenciación entre pueblo judío y religión judía comenzó alrededor de 1840 en Alemania, cuando los primeros judíos reformistas renunciaron deliberadamente a cualquier idea que los pudiera relacionar con la tierra de Israel, elemento fundamental del pueblo de Israel. En una famosa declaración firmada en Frankfurt de Main en 1845, los primeros reformistas renunciaron explícitamente a un Mesías que los llevara de regreso a Israel; a reconstruir el Bet haMiqdash; a rezar por el retorno a Yerushalayim o a llorar por su destrucción.

Todos estos conceptos que hacen al aspecto “nacional” del judaísmo fueron deliberadamente eliminados de los libros de oraciones y del nuevo ritual reformista. La idea era muy clara: los judíos reformistas se presentaban ahora como “alemanes patriotas”, como parte integral del pueblo alemán y de su heroica historia. Y como una cuestión de lealtad hacia su “madre patria” renunciaron abiertamente a todo lo que podría ser percibido como una expresión de doble lealtad. Los primeros reformistas (debo mencionar que esto ha cambiado en nuestros días) se llamaban a sí mismos orgullosamente “alemanes” de “religión mosaica” (trataban de usar lo menos posible la palabra “judío” o “religión judía”). Pretendían así compararse con otros grupos religiosos como católicos o protestantes que no tenían ninguna otra lealtad alternativa, ni nacional ni geográfica.

Las nefastas consecuencias de este aparentemente inocente cambio de paradigma no tardaron en llegar. Un ejemplo: En 1840 hubo un terrible libelo de sangre en Damasco, Siria. La comunidad judía de esa ciudad fue acusada falsamente de haber matado a un niño cristiano para usar su sangre para amasar las Matsot de Pésaj (sic!). Varios líderes comunitarios fueron encarcelados, torturados y obligados a confesar este crimen.

Los líderes judíos de Europa, como Sir Moisés Montefiore de Londres, Adolphe Crémieux de Francia, Eliyahu Picciotto de Austria, y muchos otros movieron cielo y tierra para ayudar a liberar a estos pobres judíos, y luego de una inagotable lucha lograron sacarlos de la cárcel. Hubo una excepción a estos esfuerzos: el rabino Abraham Geiger, el líder más importante de los judíos de Alemania.

Geiger, considerado por muchos historiadores como el fundador del movimiento reformista, se negó a ayudar a esos Yehudim porque no tenía nada en común con esos “árabes”. Esto no tenía nada que ver con Sefaradí/Ashkenazí. Geiger se veía a sí mismo como perteneciente al pueblo “Alemán”, y para él, en consecuencia, no existía un vínculo nacional (o emocional) con ningún otro judío fuera de Alemania. El hecho que esos “sirios” practicasen el mismo credo que él, era totalmente circunstancial y secundario. Geiger no les debía nada. Geiger seguramente no fue el primer judío que se negó a ayudar a otros judíos; pero hasta donde yo sé, fue el primero en utilizar este nuevo argumento, la renuncia a la idea de pueblo judío para desasociarse de la tierra y del pueblo de Israel, y justificar así su falta de acción, apatía e indiferencia hacia otros judíos. Todo en pos de ser percibido como un ciudadano alemán ejemplar y patriota.

Pero, ¿qué tiene que ver esto con la Shoá y con el New York Times?

Lamentablemente, muchísimo. Y les anticipo que esta dolorosa historia no es muy conocida, especialmente fuera de los EE.UU. Pero es una lección muy importante y creo que relevante para nuestros días, donde la información y la desinformación tienen tanto poder.

Veamos. Entre 1939 y 1945 había alrededor de 5 millones de judíos viviendo en los EE.UU. Muchos de ellos muy influyentes, en el gobierno y en la cultura del país. Sin embargo, fue muy poco lo que los judíos norteamericanos hicieron para influir en Roosevelt y salvar así a sus hermanos de Europa, cuando estos más lo necesitaban. Los judíos de Europa pedían desesperadamente que el ejército norteamericano bombardeara las vías de los trenes que llevaban a millones de judíos a la muerte, o incluso que bombardearan los campos de concentración. Y como sabemos, nada de esto pasó…hasta que fue demasiado tarde.

Pero, ¿por qué?

Una de las razones que explica esta tremenda inacción es que la gran mayoría de los judíos y los no-judíos norteamericanos, como lo admitió el propio Eisenhower, no sabía lo que estaba ocurriendo en Europa: no tenían idea de la magnitud de la masacre que se estaba llevando a cabo…

¿Por qué? Un libro relativamente nuevo ““Buried by The Times” de Laurel Leff, lo explica. En este libro Leff concluye que el responsable número 1 de esta deliberada desinformación fue uno de los hombres más influyentes en EE.UU. en esa época: Arthur Hays Sulzberger, el editor en jefe y dueño del New York Times (su familia aún sigue al frente de este diario), el periódico más importante del mundo.

 

Por Rabbi Yosef Bitton
Vía Enlace Judío

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