Shulamit Cohen, conocida como la “Mata Hari judía”, fue una figura clave en la prehistoria del Mossad. Detenida, torturada y condenada a muerte, logró volver a Israel, donde falleció a los 100 años.

Hace algunos días en Israel se celebró un muy publicitado golpe de sus servicios de inteligencia en Irán que resultó en el robo de unos 110.000 documentos secretos del gobierno de Teherán, incluyendo material sobre sus planes nucleares, en una nueva demostración -sin mayores detalles- del alcance de la larga mano del Mossad, la célebre agencia de espionaje exterior.

Hace unos días, también, algunos pocos recordaban el primer aniversario de la muerte de la mujer que aquí se considera la personificación de los primeros años de la inteligencia israelí y del Mossad, la pionera de las mujeres espías y que, en los países árabes, muestran como una verdadera Mata Hari. O peor aún, una inescrupulosa madama que no temía traficar favores sexuales a cambio de información.

Shulamit Cohen, o simplemente Shula, como se la nombra en Israel, vivía en una modesta casa para ancianos en Jerusalén cuando falleció, el 21 de mayo del 2017, a los 100 años de edad.

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Ella escribió una de las mejores, más controvertidas y heroicas páginas de los albores del espionaje israelí. Y, como la mayoría de los personajes en las historias que componen el relato del ya largo conflicto entre árabes e israelíes, Shula es pintada con muy distintos colores en los retratos de uno y otro lado.

Su historia es la de una mujer que a los 16 años se casó con un comerciante libanés, se fue a vivir a Beirut, crió siete hijos, trabajó con la comunidad hebrea en la ciudad, desde allí trabó amistad con altos funcionarios civiles y militares, y en algún momento decidió aprovechar la situación para ayudar en las operaciones de emigración judía hacia lo que luego sería Israel.

Después de muchos años fue descubierta, interrogada, torturada y condenada a muerte, su castigo fue cambiado a una pena de prisión, pasó tiempo en la cárcel y, tras la Guerra de los Seis Días de 1967, pudo volver a Israel como parte de un intercambio de prisioneros.

Eso ya alcanzaría para alimentar la escritura de una novela. Pero la vida de Shulamit tuvo, por si hiciera falta, todavía más condimentos.

Para empezar, la futura espía nació muy lejos de Jerusalén, en la Argentina. De todas maneras, fue poco el tiempo que pasó en Buenos Aires. La pequeña Shulamit Cohen Arazi, que había nacido en 1917, se mudó con su familia al entonces Mandato Británico de Palestina cuando tenía apenas siete años.

“Ella era muy chica” cuando partió desde Buenos Aires hacia Jerusalén, por lo que “no tenía muchos recuerdos” de aquellos tiempos, contó uno de sus hijos, Itzjak Levanon.

En una entrevista por correo electrónico desde Estados Unidos, en donde enseña en la Universidad de Princeton, en Nueva Jersey, Levanon le dijo a Infobae que, a pesar de esos pocos recuerdos, Shulamit “siempre mencionaba a la Argentina con mucho amor”.

Además, “cada tanto nos contaba las peripecias de su viaje desde Argentina junto a su padre, de las dos semanas en alta mar, las tormentas y el miedo” por las olas que sacudían al vapor en el que cruzó el Atlántico.

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Antes de convertirse en profesor, Levanon tuvo una larga carrera diplomática, incluyendo varios años como embajador en Egipto y representante israelí en distintos cargos en Canadá, Estados Unidos, Francia, Venezuela y Colombia.

Durante el tiempo que pasó en América del Sur, recordó, pudo “visitar Argentina y ver adonde había vivido” su madre, quien le había contado que su abuelo fue “una figura muy respetada en la comunidad judía” de Buenos Aires.

¿Qué más hizo de Shulamit Cohen una espía extraordinaria? Por lo pronto, fue una de las muy pocas espías israelíes de religión judía que pasaron tiempo encarceladas en prisiones de países árabes.

“Por eso Shula fue tan celebrada, ella fue muy valiente, no hay duda de que los agentes del contraespionaje libanés torturaban a sus prisioneros”, le explicó a Infobae el investigador Yossi Melman, especialista en asuntos militares y de inteligencia.

“No habrá sido muy placentero ser una mujer espía en una cárcel libanesa en aquellos tiempos”, añadió Melman.

Según el investigador, para apreciar mejor la figura de esta mujer que espiaba en El Líbano en los años ’40 y ’50, “hay que ponerla en una perspectiva histórica: ella fue el producto de los primeros tiempos de la inteligencia israelí”.

“Es más, en realidad, hay que remontarse todavía a los tiempos del mandato británico”, cuando “todo era bastante amateur, no era muy profesional” el espionaje, que dependía de la Agencia Judía y que solamente después de la creación de Israel, en 1948, pasó a ser el más entrenado Mossad, añadió Melman.

En ese contexto, igualmente es complicado reconstruir la “carrera” de Shula. El misterio y los secretos sobre su vida hasta provocaron incluso que un diario israelí se confundiera en su obituario y publicara que su apellido paterno era Shizik, cuando en realidad ese era el de su marido.

La historia de Shulamit Cohen-Shizik resultó tan fascinante que hasta la cadena televisiva árabe Al Jazeera, con base en Qatar, produjo un documental sobre su vida.

Dirigido por Rania Rafei, “La Espía de Beirut”, del 2017, reconstruye el paso de Shula por Beirut a través de actuaciones y entrevistas. En la primera de estas conversaciones con expertos, un periodista palestino lanzó una sugestiva idea: “Todos los estados del mundo crean sus agencias de espionaje, pero en el caso de Israel es al revés: los servicios de inteligencia (judíos) crearon un estado”, afirmó Nasser Laham.

En el caso de Shulamit, no podía ser menos cierto.

Es que la espía nacida en Argentina tuvo como principal tarea estimular y proteger la emigración de los judíos del Líbano y de Siria, primero al Mandato Británico Palestino y luego a Israel, trabajando bajo instrucciones de los servicios de inteligencia sionistas.

Después de la partición de Palestina decidida en 1947 por las Naciones Unidas, y más todavía cuando estalló la guerra tras la creación del estado de Israel en 1948, la ola de violencia contra los judíos en los países árabes impulsó dramáticamente la emigración ilegal, una ola que necesitaba de la ayuda de gente como Shulamit.

Trabajando como representante de la comunidad judía en Beirut, Shula llegó a conocer a las más altas autoridades libanesas. Ella era además una mujer sofisticada con una intensa vida social. Su acceso a las altas esferas la convirtieron en un “activo” invaluable para el espionaje judío.

Según cuenta la propia Shulamit en otro documental, más breve que el de Al Jazeera, difundido por el canal Enlace Judío,su primer coqueteo con el espionaje se produjo durante una fiesta en la casa presidencial, adonde escuchó a dos militares, uno sirio y otro libanés, hablar sobre un posible ataque a las poblaciones judía en Palestina.

Decidida a avisarle de alguna manera a los jefes de la Haganá, las fuerzas militares judías en los territorios bajo el mandato británico, Shulamit se acordó de sus tiempos en el movimiento scout y de cuando había aprendido con ellos a escribir con tinta invisible.

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“No es algo que se pueda comprar en un negocio, sino que se prepara en casa”, recordó en la entrevista, realizada en la casa de ancianos en la que vívía, en Jerusalén. “Tomé un papel y escribí en inglés, porque no me atrevía a hacerlo en hebreo, ya que si me atrapaban, me esperaba la horca”, siguió.

La carta estaba dirigida a una de sus hermanas y la envió a través de un empleado de uno de los clientes árabes del negocio de su marido. En la misiva hablaba sobre la supuesta enfermedad de otra de sus hermanas, pero en la parte “invisible” advertía sobre el inminente ataque desde el norte.
Según Shulamit, poco después le llegó otra carta, de la Haganá, con la confirmación de que su advertencia había permitido desbaratar la acción sirio-libanesa.

Aquello fue el inicio de la carrera de una espía que actuaría bajo el nombre en código de “La Perla” hasta 1961, cuando alguien la traicionó y fue arrestada por las autoridades libanesas.

Los agentes de contraespionaje “me preguntaron todas las preguntas que se le pueden hacer a un espía, dónde estaba el transmisor, cuál era el código para descifrar los textos, dónde estaban esos documentos”, contó Shula en una biografía publicada en 1980 por el periodista Aviezer Golan. “Yo solamente los miré a los ojos y les dije que no sabía siquiera qué es un espía, que ellos estaban acosando a una simple ama de casa”, recordó en el libro.

Según la reconstrucción de aquellos episodios, Shulamit fue torturada durante los interrogatorios pero no confesó. Luego, al celebrarse un juicio militar, fue colgada boca abajo, desnuda, con un médico al lado que controlaba su pulso y la reanimaba cuando se desmayaba.

Heridos en el orgullo nacional, los medios libaneses y de la mayoría de los países árabes reclamaban sangre, con titulares como “Muerte a la Mata Hari Judía” y con artículos de primera plana en las que aseguraban que concedía favores sexuales o entregaba mujeres a oficiales de Beirut para conseguir datos.

Ella era “una mujer que mecía una cuna con una mano y con la otra alborotaba el mundo”, llegó a decir un periódico árabe.

En un primer momento fue condenada a muerte y temió que le ocurriese lo mismo que a otro famoso espía israelí, Eli Cohen, quien fue sentenciado a muerte en Siria y permaneció colgando en la horca por tres días. “Si Eli Cohen estuvo colgando tres días, tú estarás una semana”, recordó Shula que le dijo un carcelero.

Sugestivamente, cuando se apeló la sentencia, la condena de Shula se redujo a siete años en la cárcel. Cuando ya le quedaba poco tiempo, fue intercambiada por 500 prisioneros libaneses tomados durante la Guerra de los Seis Días y regresó a su país como una heroína.

Aquí recibió homenajes, se escribieron incontables artículos y algunos libros. Luego fue entrando en un deseado anonimato, que se rompió el año pasado cuando llegó el momento de los obituarios.

Cuando falleció, los medios árabes que se acordaron de ella lo hicieron retomando las acusaciones en su contra.

“Para mi -dijo por su lado Levanon, uno de sus hijos- ella fue una heroína, en especial si se toma en cuenta los años en que ella estuvo activa, el ambiente social en el que se movía y el hecho de que nunca dejó de ser una buena madre para nosotros”.

“Y lo hizo todo -concluyó Levanon- por amor a Israel y al pueblo judío”.

 

Vía Infobae / Enlace Judío

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