Junto con los signos del nikúd que explicitan las vocales tácitas del hebreo, los masoretas de Tiberíades en la Edad Media dotaron al texto bíblico de unas marcas, tropos o acentos que, de forma análoga a los neumas de la tradición cristiana, señalan la “partitura” para entonar el rezo, lo que se denomina cantilación. Asombrosamente, estos signos se denominan en hebreo “taamei mikrá”, literalmente, “gustos de la lectura”. Para los libros poéticos de los Salmos, Proverbios y Job se usan unos “gustos” (teamím) diferentes.

A diferencia de los sensoriales (que toda la vida fueron cuatro, hasta que se les agregó el umami en los últimos tiempos), los gustos de las lecturas entonadas en hebreo son unos 27. Lo llamativo del caso es que, a pesar de que la “partitura” de los versículos es la misma en todas partes, la “música” que provoca es totalmente diferente. Es decir, un mismo signo es leído siempre con la misma entonación dentro de una comunidad (por ejemplo, los judíos de origen yemenita), pero difiere en mayor o menor medida de cómo suena en otra (por ejemplo, en la de los de origen polaco). Es como si todos los judíos usáramos las palabras dulce, salado, amargo y agrio, pero el sabor al que nos refiriésemos fuera muy distinto.

A inicios del siglo XX, varios musicólogos intentaron reconstruir el supuesto “sonido original” del que habrían derivados tales variaciones, pero sin éxito. Quizás sea algo intrínseco a la condición judía, conocida por basarse en la discusión para llegar al conocimiento. Me imagino a una comunidad judía en algún lugar aislado en la Baja Edad Media que recibe un Sefer Torá con los nuevos signos, pero desgraciadamente sin una grabación que les indique cómo interpretarlos. El jazán (cantor litúrgico) seguramente habrá convencido al resto de feligreses que lo que allí estaba plasmado era exactamente lo que él venía haciendo desde siempre y que había aprendido por tradición oral transmitida fielmente durante generaciones. Es decir que, en lugar de aprender y aplicar una nueva melodía, asignaron a las ya utilizadas las representaciones gráficas propuestas.

Esto de unificar criterios con un pueblo como el nuestro es una labor muy ardua, digna de santos pacientes. Pero fue misión obligatoria para “reconstruir” una religión a la que se la privó de su liturgia templaria, incluso del propio territorio que formaba parte inseparable del vínculo con lo espiritual. La mayoría de las creencias que sufrieron algo similar se fueron esfumando o desaparecieron rápidamente. Los judíos logramos resistir gracias al cambio de paradigma, a la plasticidad en los recursos litúrgicos y a una constante renovación y recuperación basadas en lo que nunca nos han podido arrebatar: la memoria que, cada tanto nos hemos preocupado de recopilar, plasmar e intentar volver a ponerla a salvo de las inclemencias históricas. Como el recuerdo olfativo (aquel que dicen que es el que más perdura), los “gustos” en la lectura de los textos milenarios nos reúnen con lo que fuimos y aún con lo que seremos.

Jorge Rozemblum

Radio Sefarad

Sin comentarios

Deje una respuesta