Luego de la noticia publicada por Vis a Vis, sobre el Primer casamiento judío desde la Shoa,  seguramente se removieron los recuerdos de Julia Juhasz, la secretaria ejecutiva del Museo del Holocausto.

“Mi papá decía que nunca se iba a casar con una anteojuda y, mi mamá usaba anteojos. Cuando la conoció a ella se enamoró rápidamente. Mi mamá estaba con un bebé en brazos, trabajaba como maestra jardinera en un jardín de infantes de huérfanos que iban a hacer Aliá, y le pidió a Américo que lo sostenga un minuto, el nene se puso nervioso y le hizo pis encima a mi papá. Él lo considero una señal divina. Tres meses después de ese encuentro se casaron en 1946 en la Gran Sinagoga de Budapest”, señaló a Vis a Vis,  Julia Juhasz, secretaria ejecutiva del Museo del Holocausto hace más de 20 años.

La historia de sus padres, Américo (Imre) Blau nacido en Miskolc, Hungría, y la de su mamá, Katalin Weisz nacida en un pueblo llamado Szabadka, es apasionante, trágica, y atravesada por una cuestión de identidad que se trasladó y transfirió a la vida de su única hija, Julia Juhasz, quien lleva en sus espaldas la historia, el legado y la búsqueda personal de transmitirle a sus tres hijas la historia de su familia.

“Mi papá nació en un pueblito muy chiquito lejos de Budapest, Miskolc, Hungría. Mi abuelo tenía un negocio de ramos generales y vivía con mi abuela, dos hermanas de mi papá y un hermano. Mi papá era el menor de los cuatro hermanos, Américo (Imre) Blau. En algún momento de la finalización de la guerra cambió su apellido por el mío, Juhasz. Al parecer la gran mayoría de los judíos húngaros que sobrevivieron a la guerra y no pudieron escapar, porque inmediatamente comenzaron a dominar a Hungría los rusos, y por eso tuvieron que cambiar sus identidades, desjudeizarlo”.

Por su parte, su mamá nació en un pueblo que, en ese momento era Yugoslavia y después pasó a ser Serbia. Se llamaba Szabadka. Mi mamá era hija única, había tenido una hermana menor, que falleció muy chica y que tenía el mismo nombre que ella, Katalin. Después de la guerra, ella cambió su apellido a Varga.

Las dos familias, tanto paternas como maternas, fueron asesinados en campos de concentración durante la guerra. El padre de Julia se salvó porque era mecánico dental y entonces trabajaba en Budapest, la capital de Hungría, pero sus padres y hermanos fueron víctimas del nazismo por ser judíos y militar en el partido comunista. Américo ayudó y trabajó con Raoul Wallenberg, se dedicaba a robar las cosas que iba encontrando, debido a que era menudito y escurridizo. Pese a que estuvo en campos de trabajo forzado sobrevivió. Asimismo, Katalin, que nació en 1924, cursó estudios en Budapest en la casa de su abuela, quien falleció de anciana, y luego por sus facilidades con el arte y las manualidades se dedicó a cuestiones artísticas.

Los padres de Julia, se casaron en 1946 y estuvieron en Hungría hasta 1956. Antes de huir el padre de Julia fue policía en el partido comunista, y tuvo que escribir una carta: “Disculpándose ante el partido por su condición de judío y por haber traído la vergüenza al partido por su familia asesinada en los campos”. Cuando la situación con la dominación soviética era insostenible decidieron huir; Julia tenía 7 años, tuvieron que hacer un periplo para cruzar la frontera de Viena y llegar a Génova, pero lo lograron. Se subieron al barco Santa Fe en el que iban refugiados húngaros e italianos. Finalmente, el 7 de febrero llegaron a la Argentina como refugiados clandestinos: “La entrada a la Argentina fue muy difícil: el barco llegó y quedó varado frente al puerto y no lo dejaban entrar. Subieron personas de sanidad junto con un policía, había refugiados italianos junto con los refugiados húngaros, subió sanidad y subió un policía, que, por algún motivo, le tomó mucha simpatía a mi papá y nos hizo bajar clandestinamente. Esta amistad con este policía, que después llegó a ser un juez conocido, se mantuvo hasta el día que mi papá murió. Yo sigo en contacto con la hija de él, que es una docente que incluso ha participado de actividades del Museo del Holocausto y nos reencontramos porque había sido profesora en la escuela de mis hijas. Es una historia muy linda y emocionante”.


Américo Juhasz y Catalina Varga llegaron a la Argentina junto a su única hija, Julia Juhasz, que en realidad se llamaba Julianna, pero al igual que la historia de sus progenitores, el ocultamiento de identidades, para protegerla del horror que les tocó vivir, fue una constante: “Nosotros ingresamos como protestantes en todos lados (NdelR: vivieron durante 10 años en Brasil y estuvieron en la misma condición). A mí me hicieron siempre hincapié de que yo no podía decir que era judía, ya de grande. En Budapest no existía religión alguna, pero me criaron de chica diciendo que nunca podía decir que era judía, que yo era protestante, y que cuando lleguemos a la Argentina me iban a enviar a un pastor protestante en Villa Lynch para aprender a rezar. Pero cuando llegaban las Altas Fiestas mis papás prendían las velas y me decían: `andá a rezar por nuestras familias asesinadas durante la guerra`. Yo no entendía mucho que es lo que sucedía, era una confusión terrible, una cuestión de identidad muy rara para mí. Yo acá fui a una escuela del Estado, pero mis amigas que vivían enfrente de mi casa, iban a la tarde al shule de Devoto, yo no entendía nada, pero me daba mucha envidia porque se ponían ropa linda, las venía a buscar un micro”.

“El discurso de nunca digas que sos judía continuó y me reencontré cuando conocí a mi ex marido, de familia origen alemán bastante observante, así que ahí fue volver a aprender todo, para mí era todo nuevo, yo no sabía nada”. Pero el quiebre, según remarcó Julia, se produjo cuando ingresó a trabajar a FACCMA y, tiempo más tarde, al Museo del Holocausto, institución de la cuál hoy es parte, hace más de 20 años: “Yo siempre pensé que entré por casualidad, pero no existen las casualidades. Así que, sin dudas, es consecuencia de mi historia. Cuando uno busca termina encontrándolo y terminas yendo hacía donde tener que ir… y yo creo que es una búsqueda porque, de hecho, logré encontrar lo que mi mamá buscó toda su vida: saber qué sucedió con su papá…tengo documentación fehaciente sobre lo que le sucedió a su familia y a su papá. En la página de Testimonios de Yad Vashem, en el caso de mi abuela y abuelo alguien anónimo del pueblo, que nunca pude ubicar quién era, certificó que a ella la dieron por asesinada pero a él, a mi abuelo materno, no pudieron rastrear con certeza, talvez sobrevivió aunque es poco probable”.

Américo falleció hace más de 30 años, mientras que su esposa, Catalina, falleció hace unos 6 años. En la actualidad Julia trabaja en el Museo del Holocausto, tiene tres hijas a las cuáles transmite el legado de su familia, y ellas así lo entienden: “Esta es tu historia y un legado para nosotras”, como le señaló su hija menor. En definitiva, Julia, sus hijas y el Museo, hoy, tienen la oportunidad única e irrepetible de continuar con este legado húngaro.

 

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