Ladrona de libros: La redención por la palabra, Por Dr. José Milmaniene

Más allá de cualquier consideración crítica cinematográfica,  deseo rescatar el valor argumental de esta lograda película (basada en la novela homónima de Markus Zusak).

 El film rescata el poder redentor de la lectura, aún en las condiciones más extremas, tal como aconteció durante la época siniestra del nazismo,  en  la  que no sólo se profanó la santidad de la vida, sino que también se intentó   aniquilar realmente la Palabra, a través de  la quema de libros durante la fatídica Kristallnacht.

La pequeña protagonista de la película logra sobrevivir y recuperar su dignidad subjetiva a través del acceso a la lectura -y dado los severos impedimentos para acceder a la palabra escrita- sólo puede consumar a través de la apropiación-robo de los libros,  objetos esenciales cuya anhelada posesión  posibilita la salvación.

El film nos muestra que la muerte sólo puede ser derrotada  simbólicamente a través de la inmersión en el mundo sublimado de la escritura, que siempre nos  defiende del embrutecimiento inherente a las «políticas de goce»,  signadas por el ataque devastador al pensamiento y a la cultura.

El film logra transmitir una  enseñanza esencial: sólo los textos y los libros son el refugio privilegiado que nos precave de sucumbir en la devastación y  aniquilamiento existencial que persiguen los sistemas totalitarios, dado que la lectura nos otorga la dimensión sublime que adquirimos cuando nos apropiamos de la “buenas palabras”, que son las que  exaltan los valores del Saber y  portan el  mensaje poético del amor y respeto al otro.

Seguramente el nazismo se ensañó particularmente con el pueblo judío, por su devoción al libro  y su reivindicación del estudio , que siempre nos rescatan de toda recaída y embrutecimiento instintual, dado que son los textos fundacionales y las leyes  éticas que éstos portan, los que permitieron el enorme progreso en la espiritualidad que  significó el monoteísmo.

El neo paganismo nazi expresó su odio visceral a la letra, no sólo quemando los libros de los más grandes pensadores y escritores de la humanidad, sino que intentó destruir a todo un pueblo,  por haberlo considerado el eterno portador del indestructible Pacto con la  Palabra.

La derrota del nazismo se consumó no solamente en los campos de batalla, sino también a través de  cada acto individual de aquellos niños que  se abrazaban amorosamente a los libros – aún poniendo en riesgo su eventual y precaria supervivencia en el universo concentracionario – como el modo más sublime de aferrarse a la vida.

La pequeña «Ladrona de Libros» nos ha enseñado, que la redención también puede  acontecer a través del encuentro con las «divinas palabras» que portan los amados libros, que circulan perpetuamente  de generación en generación, y  cuya indestructible potencia libidinal ha superado  finalmente  al silencio letal que pretendió imponer el nazismo.

Por Dr. Jose Milmaniene
Médico psiquiatra y psicoanalista.
Miembro titular en función didáctica y Profesor del Instituto del Psicoanálisis de la Asociación Psicoanalítica Argentina.
Otra de sus obras publicadas son «La Función Paterna» y «Arte y Psicoanálisis».


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