«La decencia humana no tiene ideología» Por Manuel Tenenbaum

El antisemitismo moderno surgió en Europa durante el último tercio del siglo XIX como mutación racista de la judeofobia religiosa.
El Imperio Alemán y el Imperio Austro-Húngaro fueron escenario de este ponzoñoso desarrollo.
El racismo se combinó con la agitación política para dar nacimiento en el centro de Europa a partidos que conformaron su clientela electoral con apelaciones al odio antijudío. En 1878 el periodista alemán Wilhelm Marr acuñó el término que adquiriría carta de ciudadanía como designación del odio a los judíos: “antisemitismo”.
El predicador de la corte del Kaiser alemán Adolf Stöcker fue uno de sus exponentes en círculos áulicos y en el terreno académico ninguna contribución fue mayor a la del prestigioso historiador de Berlín Heinrich Treitschke cuando lanzó el terrible anatema “los judíos son nuestra desgracia”.
En la misma época el líder socialista August Bebel se vio obligado a advertir al proletariado alemán que “el antisemitismo es el socialismo de los idiotas”. En Viena nadie menos importante que el propio alcalde de la ciudad, Karl Lueger, agitó a su electorado con consignas antisemitas. Era muy carismático y se afirma que el joven Hitler escuchó sus discursos. Esta ola de judeofobia culminó en la última década del siglo mencionado cuando el capitán Dreyfus fue condenado en Francia por alta traición porque en el mundo antirrepublicano, militarista y clerical de la Francia de entonces era natural que si había un traidor tenía que ser el judío.

Durante la primera mitad del siglo XX, el antisemitismo en sus distintas modalidades fue fundamentalmente un fenómeno de la derecha política y social, predominantes en Europa. De manera natural muchos judíos, sobre todo los más jóvenes, adhirieron a movimientos de izquierda que en su lucha por revolucionar el statu quo les dieron una bienvenida inicial. Nació así una especie de estereotipo: la derecha es generalmente antisemita, la izquierda rechaza los prejuicios.

Este estereotipo llega hasta nuestros días y no es novedad asistir al fenómeno del apoyo judío a las causas progresistas y a su activismo en partidos y movimientos que se inclinan desde el centro hacia la izquierda y no al revés. Los judíos estuvieron sobrerrepresentados en las dos revoluciones rusas, la democrático-liberal y la bolchevique, así como en los partidos socialistas y comunistas de entreguerras. La hostilidad antijudía en la Polonia de los años 20 y 30 del siglo pasado y al mismo tiempo su manifestación en países como Rumania y Hungría, que llegaron a dictar leyes específicamente limitativas de los derechos judíos antes del estallido de la segunda guerra mundial, convirtió a los habitantes judíos en grupos severamente discriminados. Los judíos llegaron entonces a pensar que los opositores a dichos regímenes podrían eventualmente ofrecerles protección y un trato más justo. La invocación de causas nobles de justicia y fraternidad en la izquierda los atrajo tanto por idealismo universalista, como por el afán de contribuir al advenimiento de una sociedad mejor y libre, entre otras iniquidades, del antisemitismo reinante.

Después de la guerra y de la Shoá las cosas dejaron de ser tan aparentemente claras. Hay algunos ejemplos impactantes: antes de las elecciones de 1945 el partido Laborista de Gran Bretaña abogó por el cumplimento de la Declaración Balfour en la Palestina mandataria, pero cuando llegó al poder desarrolló una política violentamente antisionista e incluso antisemita, conducida por el Secretario de Relaciones Exteriores Ernest Bevin, anterior líder sindical. Historiadores ingleses prestigiosos como Morgan y Robertson no vacilan en atribuir un animus antijudío a las decisiones y actitudes de Bevin y de sus colegas en el gobierno laborista. En Estados Unidos, desde Roosevelt en adelante, el electorado judío ha sido “liberal” y votante demócrata, a pesar de que presidentes republicanos dieron un apoyo crucial al Estado de Israel en su lucha contra la obstinada beligerancia enemiga. Y, paradoja de las paradojas, probablemente la estadista mundial más firmemente inclinada a comprender las razones de Israel sea la Canciller conservadora alemana Angela Merkel. Asimismo el primer presidente francés que reconoció la responsabilidad del Estado en la deportación de unos 80.000 judíos hacia su muerte en la Alemania nazi fue el conservador Jacques Chirac, mientras que sus antecesores incluidos el socialista Francois Mitterrand esquivaron obstinadamente esa responsabilidad. Mientras tanto los progresistas de los mundos mediático y académico empezaron a subirse al carro del odio a Israel, imposible de separar del antisemitismo. Ni siquiera la ultraizquierda israelí se salva de los boicots en boga, mientras la ONU, por su composición y estructura, es permanentemente una usina de antiisraelismo y judeofobia.

El fenómeno no es exclusivamente europeo, ni de las universidades de América del Norte. Parte de la ola progresista que predomina en América Latina parece haber adoptado como elemento de su bagaje el odio contra Israel y su colofón antisemita. Se asiste así al extraño fenómeno de líderes de la región abrazándose con los regímenes más abyectos de la tierra en una alianza “non sancta” entre izquierdas revolucionarias y los regímenes más cerrados, reaccionarios y violadores de todos y cada uno de los derechos humanos.

Parecería que el hundimiento del socialismo real y del tercermundismo dejó huérfanos de causa a intelectuales y activistas siempre complacientes con gobiernos autoritarios autotitulados populares. Según algunos analistas, causas como la antiglobalización, el ambientalismo, el feminismo extremo y en particular los derechos humanos concebidos en clave de amplitud moral y jurídica, han venido a llenar el vacío. Lo más perverso es que el odio a Israel y al judío se haya sumado a estas causas sustitutas, en sí mismas plausibles en muchas de sus facetas. Estar contra Israel ha devenido políticamente correcto para cierto “progresismo” cerril e ignorante.

Sin embargo sería incorrecto sostener que en distintos períodos históricos el antisemitismo anida en uno u otro sector del espectro político-ideológico. Ha habido y hay antisemitismo de derecha, de centro y de izquierda. Y ha habido y hay posiciones antiprejuicio basadas en la decencia humana de sus portadores, que se encuentran también en todo el arco social.

Quizás lo que más irrita a los antisemitas de hoy es que el Estado de Israel sabe defenderse y no se rinde ante espurias presiones. Durante siglos la imagen del judío fue la de la víctima, la del suplicante de piedad y protección. Cuando las tropas nazis en abril de 1943 se enfrentaron al levantamiento del gueto de Varsovia, lo que más las asombró fue que los judíos ofrecieran lucha. En sus categorías mentales no cabía la idea de judíos defendiéndose con las armas en la mano. Parece que este hecho molesta lo suficiente en nuestro tiempo como para generar no pocos antisemitas “de honrada conciencia”. Pero frente a tan desgraciada realidad se alza el grito del gran jurista judeo-francés René Cassin pidiendo la declaración del “odio al odio”, única forma para mejorar de verdad al mundo.

Manuel Tenenbaum
Ex Director del Congreso Judío Mundial

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