Un canciller que volvió a quedar en el ojo de la tormenta. Por Martín Dinatale

Héctor Timerman quedó en el ojo de la tormenta. En las últimas horas y con el fallo judicial adverso al memorándum de la causa AMIA como telón de fondo, la oposición, la comunidad judía y algunos sectores internos de la Casa Rosada apuntaron contra la continuidad del canciller como principal responsable del controvertido acuerdo sellado con Irán.

Los mensajes cifrados a la Presidenta de parte de funcionarios de peso en la Casa Rosada, el pedido de la oposición de una sesión especial en el Congreso y los reclamos por lo bajo de algunos sectores de la comunidad judía apuntaron al mismo objetivo: exigir la renuncia inmediata de Timerman. La intención de todos estos sectores es cristalizar en un actor central los costos del fallo judicial y la falta de una respuesta de Teherán ante el memorándum firmado hace un año y medio.

Como una estrategia de reacción automática y defensiva, Timerman cuestionó ayer duramente a la Cámara Federal que falló contra el acuerdo. A la vez, apuntó a los jueces de la Cámara al sostener que actuaron «en cuestiones ajenas a su competencia constitucional» .

No hubo muchos más funcionarios de la Casa Rosada que acompañaran esa embestida de Timerman contra la Justicia. La decisión del Gobierno de apelar el fallo en la Corte Suprema más bien se dio como una respuesta obligada para no quedar en situación vulnerable. Pero en el Gobierno no creen que el máximo tribunal actúe en contra de la Cámara.

De cualquier manera, Timerman es ahora el actor central de esta batalla que quedó en la mira de propios y ajenos. ¿Cuáles son los principales cuestionamientos que opositores y algunos funcionarios del Gobierno le hacen a Timerman? En primer lugar, le cuestionan no haber consultado oportunamente a la comunidad judía los pasos que se iban a dar con Irán. El secretismo y oscurantismo en las negociaciones con Teherán juegan en contra del canciller.

También se objeta a Timerman por dialogar con el gobierno del ex presidente Mahmoud Ahmadinejad cuatro meses antes de que se retire del poder y sin saber quién iba a sucederlo. En la Cancillería creen que Timerman subestimó el poder y la eficiencia de la diplomacia persa. En este sentido suscriben la teoría de que la Argentina terminó siendo «el tonto útil» que eligió Irán para lavar su alicaída imagen internacional.

En el Gobierno varios referentes coincidieron en que fue «muy naíf e inocente» creer que Irán iba a entregar a sus cinco ciudadanos acusados de participar en el atentado contra la AMIA. Por último, diplomáticos y analistas internacionales evalúan que fue un «error de cálculo» pensar que Irán iba a darle prioridad al memorándum en momentos en que negocia con las grandes potencias mundiales el programa de control de su energía nuclear.

En el Gobierno no son muy contemplativos con Timerman porque no es un funcionario que coseche amistades. «Su continuidad en el cargo es una cuestión de tiempos. La Presidenta no va a pedirle la renuncia ahora porque sería darle la razón a la oposición», expresó ayer a LA NACION un destacado funcionario de la Casa Rosada.

Desde la Cancillería, un allegado a Timerman admitió por lo bajo que el canciller quedó en «una situación vulnerable» aunque aclaró que «por ahora todo seguirá igual». No piensan lo mismo en la oposición, que ayer embistió duramente contra el canciller y exigieron su renuncia.

La diputada de Pro Laura Alonso apoyó la decisión del Tribunal y solicitó reactivar los pedidos de juicio político al canciller Timerman y al ministro de Justicia y Derechos Humanos, Julio Alak, por mal desempeño en el ejercicio de sus funciones.

Desde Unión por Todos, la diputada Patricia Bullrich exigió la renuncia de Timerman y acompañó el pedido de la UCR de llamar a una sesión especial para exigir que el Gobierno abandone en lo inmediato las negociaciones con Irán.

Por otra parte, varios referentes de la AMIA y la DAIA deslizaron en reserva a LA NACION que «lo mejor que puede hacer Timerman para aquietar los ánimos de los familiares de las víctimas es dar un paso al costado». (La Nación)

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