El otro matrimonio K: los kirchneristas y ‘Komeini’. Por Marcelo Birmajer

Las relaciones entre el peronismo, en cuya esfera está incluida la presidenta Kirchner, y movimientos totalitarios o regímenes dictatoriales como los del mundo árabe, desde el del fallecido Gadafi hasta el de los ayatolás iraníes, han sido ambivalentes, oscilando entre el pragmatismo y la ideología, al menos desde los años 70. Los propios Kirchner asumieron una postura valiente y de denuncia contra la reticencia de Irán a colaborar con la Justicia argentina para acabar en un pacto de mutua conveniencia, el memorándum de 2013, que liberaba a Teherán de la responsabilidad de entregar a sus funcionarios sospechosos de la matanza contra la AMIA a los tribunales de la República Austral.

En marzo de 2011 el periodista Pepe Eliaschev publicó en el diario Perfil un artículo en el que denunciaba un acuerdo secreto entre Argentina e Irán cuyo fin último era neutralizar las investigaciones de la Justicia argentina sobre el atentado contra la AMIA, dejarlas en agua de borrajas y pasar a una nueva etapa en la relación entre los dos países. “El Gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner estaría dispuesto a suspender de hecho la investigación de los dos ataques terroristas que sufrió este país en 1992 y 1994, en los que fueron destruidas las sedes de la embajada de Israel y de la AMIA en Buenos Aires, según revela un documento hasta ahora secreto, recientemente entregado por el ministro de Relaciones Exteriores de la República Islámica de Irán, Alí Akbar Salehi, al presidente Majmud Ajmadineyad”, informaba Eliaschev. (La imperdible nota completa puede leerse aquí).

Al momento de su publicación, el canciller Héctor Timerman, precisamente a cargo de la negociación secreta, negó vehemente la especie. Efectivamente habían existido acuerdos secretos entre Argentina e Irán, llevados adelante por el propio canciller Timerman; efectivamente los resultados del acuerdo paralizaban o dejaban en stand by la investigación de la Justicia argentina. Lo que en vida de Néstor Kirchner había sido un apoyo incondicional al fiscal de la causa, Alberto Nisman, pasó a ser una equidistancia del Gobierno de Cristina Kirchner entre el fiscal y las autoridades iraníes: cualquiera podía tener la verdad. Las pruebas de la Justicia argentina, para la presidenta Kirchner, no eran más ni menos válidas que el descargo de las autoridades iraníes. En rigor, cuando el fiscal Nisman presentó un estremecedor alegato de 500 páginas revelando la infiltración terrorista de Irán en América Latina, el máximo comentario que emitió el canciller Timerman al respecto fue que era una “acusación muy grave”, sin aclarar si la avalaba o la cuestionaba, si lo grave era la infiltración iraní o que Nisman la revelara o sospechara. Más grave aún fue la descalificación de las autoridades iraníes en respuesta al alegato de Nisman; a modo de insulto, lo tacharon de “sionista”, en obvia referencia a su condición de judío. Ninguna autoridad argentina, mucho menos la presidenta ni el canciller, consideró la necesidad de responder a ese ataque oficial iraní tan antiargentino como antisemita.

En cualquier caso, el memorándum, que obligaba a los jueces argentinos a viajar a Teherán y relevaba a la República Islámica de entregar los sospechosos a la Justicia argentina, no sufrió la menor modificación. El Gobierno argentino, de seguir apoyando a su fiscal en un caso de terrorismo internacional en el que su país había sido víctima y seguía en situación de vulnerabilidad, y en el que la República Islámica de Irán era el principal sospechoso, no consideró la necesidad de replantear el memorándum que garantizaba la tranquilidad de los acusados.

Por los días de la firma del memorándum entre Argentina e Irán, en febrero de 2013, el Gobierno kirchnerista lo defendió argumentando que la causa estaba “congelada”, que nada de lo firmado retrotraía lo que se hubiera avanzado hasta el momento y que, contrariamente a lo que argumentaban sus críticos, el documento y sus disposiciones servirían para avanzar hacia el esclarecimiento de la matanza. Las evidencias en contrario siguen siendo abundantes. Por dar sólo un ejemplo: Interpol, a pedido de la Argentina, elevó cédulas rojas contra los iraníes sospechosos de haber cometido el atentado contra la AMIA. Estas cédulas rojas implican que cualquier Gobierno debe detener a los sospechosos en caso de que se encuentren en su territorio y entregarlos a Interpol, quien a su vez debe ponerlos a disposición de la Justicia argentina. Pero una vez firmado el memorándum entre Buenos Aires y Teherán, que especifica que los careos sólo podrán realizarse en la capital iraní, y sin valor jurídico para la Justicia argentina, ¿cuál es la funcionalidad de la cédula roja? Ambas medidas son incompatibles: o se mantiene la cédula roja o se mantiene el memorándum, pero no pueden coexistir.

También el silencio argentino en la ONU respecto al ataque contra la AMIA, en vez de la defensa de la soberanía nacional y la denuncia de la actitud hostil de Irán de otros discursos previos de los Kirchner, es una penosa consecuencia de este pacto. De ser ciertas las sospechas de la Justicia argentina, Irán sería el único país del planeta que atentó contra nuestra soberanía continental en el siglo XX. Frente a esta posibilidad, los discursos en la ONU no son vanos; no son mera palabrería. Estas oscilaciones peronistas, decíamos, han sido la regla, no la excepción, cuando se trata de lidiar con potencias dictatoriales. Pero nunca el peronismo en el poder se había visto en la disyuntiva de mantener su natural oscilación con una potencia teocrática sospechosa de haber asesinado a 85 argentinos en lo que fue a la vez un atentado terrorista y una invasión de nuestro territorio, como lo fue la masacre de la AMIA en 1994.

En el año 2002, en el periódico judeoargentino La Voz y La Opinión, el periodista Horacio Lutsky publicaba la nota “Atentados: todos unidos triunfaremos. Menem, Irán y Montoneros”, de la que tomo el siguiente pasaje:

(…) días después el peronismo de La Rioja publicaba un aviso a página entera en la revista [de la Juventud Peronista] Jotapé con publicidad de “Menem presidente”. Junto al mismo, la revista publicaba una página de loas a Kaddafi (sic, por Gadafi), y recibía auspicios de sectores islámicos. Libia fue uno de los países árabes que en 1988 pusieron varias decenas de millones de dólares para la campaña de Menem. Luego de difundidos recientemente los dichos del arrepentido “testigo C” en la causa por el atentado a la AMIA respecto de los contactos espurios de Menem con Irán, resulta interesante descubrir que la arremetida antisionista y antisemita de la revista menemista contaba con publicidad de El Mensaje del Islam, que anunciaba artículos tales como “la conexión nazisionista”. Para adquirir la misma, se informaba, había que concurrir a la librería islámica At Tahuid, con domicilio en San Nicolás 674 de Capital Federal. La mezquita At Tahuid de Floresta es la misma que estaba a cargo del agregado cultural de la embajada de Irán, Moshen Rabbani, señalado por diversas investigaciones como organizador de los atentados contra la Embajada de Israel y la AMIA. Su secretario político, colaboraba con la publicación menemista Jotapé.


El número de julio de 1988 de Jotapé tenía en su tapa un dibujo de un monstruo con galera del FMI, banderas inglesa y norteamericana, una hoz y un martillo, y en el centro una estrella de David con la leyenda “Sionismo S. A.”, mientras unos gorilas le entregan al engendro un cajón con monedas y billetes. En su interior, numerosos artículos criticaban “la propaganda sionista”, y una página era dedicada a una apología de un combatiente palestino, con el título “Hermano Abu Yihad: Hasta la Victoria”. En la biografía del líder guerrillero abatido decía Jotapé que “se eleva la figura del jefe revolucionario, del conductor militar, del combatiente antisionista”. Luego, dedicaban otra página a criticar la cobertura del hecho por parte de Página 12 y a advertir sobre la peligrosidad de la actuación del Mossad en nuestro país.


El mismo número incluía un mensaje del representante de la OLP en México, que recordaba que “hace 20 años, algunos compañeros de la Juventud Peronista (Galimberti, Osatinsky, Gonzáles Jansen, etc.) nos hicieron conocer el peronismo y establecieron una relación fraternal entre nuestro movimiento de liberación y los revolucionarios argentinos”. El editorial de la revista ponía como ejemplo a seguir la opción tomada por la Alemania de Weimar, humillada por la derrota de la Primera Guerra: “Eso determinó que el discurso de unidad nacional levantado por Adolfo Hitler planteara al pueblo alemán una causa por la cual superar los antagonismos que dividían a aquella sociedad”.


En su número siguiente, de agosto de 1988, la revista Jotapé redobló la apuesta, dedicando gran cantidad de páginas a la cuestión reafirmando su ideología, mientras la tapa mostraba el dibujo de un patilludo y sonriente Menem que montado en un caballo blanco desparramaba gorilas por el piso. Además de atacar a quienes definía como “pensadores trashumantes de la talla de León Rozitchner o el mismo Timerman” por las críticas que éstos hacían respecto de la figura del candidato Menem, calificándolos como “papagayos de pensamiento antinacional”, la revista dedicó varias páginas para contestar a Tenembaum, y aumentó la cantidad de material sobre Medio Oriente. Bajo el título de “Irán, un hueso duro de roer”, se publicaba un artículo firmado por Shamsuddin Elía (montonero convertido al islamismo), ilustrado con una foto que llevaba como epígrafe: “Estados Unidos e Israel: el imperio y su engendro sionista”.


La nota refería que “el Ayatollah Komeini (sic, por Jomeini), líder espiritual de la Revolución, ha emitido en estos días el siguiente mensaje: ‘El noble pueblo iraní debe ser consciente de que ahora es el momento de rechazar y de luchar contra esos demonios que violan los derechos de los oprimidos, de los pobres y descalzos. La nuestra es la lucha del Islam contra todas las desigualdades. La nuestra es la lucha de los pueblos descalzos contra el libertinaje y la prodigalidad de los desmesurados: la lucha de los valores ideológicos y revolucionarios contra el sucio mundo del poder, el dinero y la codicia’”.


El artículo de Shamsuddin Elía sobre Irán continuaba así: “Esta forma de expresarse y de sentir son muy familiares a los argentinos. Como aquellas palabras de nuestra Evita, la abanderada de los humildes: El fanatismo es la única fuerza que Dios le dejó al corazón para ganar sus batallas”.

Es interesante destacar que el Timerman al que se hace referencia en un párrafo de esta nota es Jacobo, el director de La Opinión, padre del canciller Héctor. Pero lo paradójico y señalable del caso es que mientras Jacobo Timerman se oponía a Menem en lo que éste tuvo en su momento de peligroso por sus conexiones con Libia e Irán, potencias antidemocráticas, hoy su hijo como canciller cierra un círculo clásicamente peronista de oscilación entre una declaración de principios pragmática cuando se busca el apoyo de Occidente y un silencio de radio hermético en beneficio de países dictatoriales cuando se quieren cerrar negocios de espaldas a la Justicia nacional e internacional. Los mismos militantes que asociaban a la izquierda montonera peronista con el fundamentalismo islámico pasaron a engrosar las huestes de los Kirchner y terminaron influyendo en el pacto con Irán.

Penosamente, estas fintas a los cánones de la Justicia internacional que persiguen el terrorismo suelen terminar mal, tanto para nuestros intereses como en lo que hace a nuestras relaciones con el resto de las democracias. Parece que, a este respecto, el de la ejecución del poder, el peronismo, y el kirchnerismo como única expresión verdadera que este movimiento conoce, recupera aquel aforismo de Groucho Marx: “Estos son mis principios: si no le gustan, tengo otros”.

Fuente: ElMed.io

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