Diego Lagomarsino sobre la muerte de Nisman: «Ese sábado dejé de ser yo»

El sábado 17 de enero, minutos antes de las cuatro y media de la tarde, mientras estaba con sus dos hijos en la pileta del complejo donde vive en la zona norte del Gran Buenos Aires, Diego Lagomarsino recibió una llamada que no escuchó. El régimen laboral de Lagomarsino, que le facturaba a la Unidad Fiscal de Investigaciones AMIA pero en los hechos era un recurso personal de Alberto Nisman, era así: no iba nunca a la oficina, pero podía ser requerido en cualquier momento y por cualquier percance informático, cosas que la mayoría de las veces eran ridículamente sencillas de resolver. Cuando el teléfono volvió a sonar, vio que era una llamada «privada» y entonces supo que era su jefe. El hombre que, tal como enuncia Lagomarsino en los agradecimientos de su tesis de Licenciatura, le había transmitido una regla básica: «Ahora es ya».

La secuencia que se activó en ese minuto es el testimonio más relevante sobre las últimas horas de vida del fiscal que, cuatro días antes de morir, denunció a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner por orquestar un presunto pacto de encubrimiento en favor de los iraníes acusados de volar la AMIA en 1994. La muerte violenta de Nisman, precedida por esa acusación de características inéditas, desató un escándalo internacional y sacó a la superficie las guerras cotidianas de la política, el submundo de las operaciones de inteligencia y sus vínculos con la justicia, lo precario y lo sofisticado de un sistema que, a lo largo de 20 años, garantizó la impunidad del peor atentado terrorista ocurrido en suelo argentino.

Frente a semejante escenario, el testigo principal y, al cierre de esta edición (20 de febrero), único imputado en la causa por «haber prestado el arma» que mató a Nisman, se define como «un granito de arena en el desierto del Sahara». Un llamado de su jefe un sábado a la tarde, aun en esos días calientes que siguieron a la denuncia, podía responder a la necesidad de copiar fotos de una carpeta a otra, o transferir sus contactos a un teléfono nuevo. Nada lo había preparado, aparentemente, para reaccionar al pedido que le hizo el fiscal una vez que llegó a Puerto Madero, después de cruzar la ciudad en su Ford Ranger negra.

«Ese sábado dejé de ser yo», dice Lagomarsino.

Después de su anteúltima visita al departamento de Nisman, volvió a su casa por la Panamericana, manejando como un autómata. Su mujer, Josefina, lo vio pálido. Cuando el fiscal volvió a llamar un par de horas más tarde para preguntarle si había encontrado «eso», Lagomarsino esperó hasta quedar solo; no quería que nadie de su familia supiera del encargo. Entonces sí, agarró la caja que estaba sobre la biblioteca y envolvió las tres partes del arma (el cuerpo, el cargador y las balas) en un paño verde. Nisman le había dicho que la quería para llevar en el auto cuando saliera a pasear con sus hijas, para amedrentar a un eventual «fanatiquito» que quisiera atacarlo. A Lagomarsino se le ocurrió lo del paño para que la pistola no hiciera ruido en la guantera del fiscal. Tal vez sin proponérselo, Nisman le había enseñado a cuidar los detalles.

Desde ese día Lagomarsino empezó a ser una especie de paria. El Gobierno y los medios lo convirtieron en el sospechoso perfecto, y una opinión pública traumatizada y hambrienta de rumores multiplicó el efecto. Amigos que de pronto se esfumaron o dieron de baja su perfil de Facebook para evitar quedar relacionados, gente de su familia que dudó de la verdadera naturaleza del vínculo que mantenía con el fiscal. En su nueva vida, Lagomarsino ya no podía ir a la pileta de su edificio. «Si bajo, debería estar dando explicaciones extrañas a gente que se quejó porque estaba Gendarmería en la guardia», dice él una tarde de febrero en el estudio de su abogado, Maximiliano Rusconi, en su primera entrevista con un medio nacional.

Lagomarsino, un técnico de 38 años que hasta hace poco se la pasaba mandando tweets a los conductores de la Metro (la mañana del domingo 18 de enero reportó a la cuenta del programa Brunch: «diluvia en Pilar!»), o aportando datos de tránsito a Ernesto Arriaga, ahora es un hombre bajo custodia sobre el que pesan toda clase de hipótesis: espía, sicario, dealer, amante… «Claro», dice Lagomarsino, siguiendo la lógica de la sospecha popular. «El flaco labura con un fiscal que lleva la causa más grosa del país, no va a la fiscalía, trabaja a requerimiento, cobra 40 lucas Oaunque en realidad me quedaban menos de 30, restando los impuestosO, es experto en informática. Doña Rosa se debe imaginar que yo trabajaba con satélites de la NASA. Algo raro hay ahí, ¿no? O se lo garcha, o le hace la inteligencia, o no sé qué.»

Después de un par de horas de conversación cara a cara, es difícil conectar a este fan de Los Simpson y Fito Páez con el personaje enigmático modelado por los medios y las redes sociales en el último mes. Incluso físicamente. El estrés se le nota en las facciones y en los seis kilos que perdió en este tiempo. «La primera semana casi no comía. Y creo que dormí una sola noche porque me dieron una pastilla. Me acostaba, cerraba los ojos y simplemente esperaba que se hiciera de día.»

Aun cuando su rol en el caso todavía es materia de investigación, Lagomarsino intenta recuperar parte de su vida; sólo que no está seguro de que eso sea posible. «Sé que no voy a volver a la normalidad», comenta. «El otro día le decía a la psicóloga: ‘Siento que Diego sólo quedó físicamente, que me hicieron un agujero y me sacaron el contenido’. Alguien recién me dijo: ‘Bueno, son enseñanzas de la vida’. Sí, pero yo hice un doctorado en una semana. Todo esto me reventó el cerebro.»

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¿En qué momento se definió la suerte de Lagomarsino? Probablemente mucho antes de que Nisman le preguntara si tenía un arma y él dijera que sí.

En el año 2002, según la declaración testimonial que prestó frente a la fiscal Viviana Fein, Lagomarsino accedió a una caja que contenía algunas armas en desuso. La caja había quedado abandonada en un galpón rural, como una suerte de herencia de un familiar indirecto. Lagomarsino, un aficionado a la pesca y la cocina al que le «gusta hacer de todo», quería aprender a tirar («Siempre me atrajeron las armas»), así que pidió permiso para quedarse con una. Había un revólver Magnum, un rifle Winchester y otros ejemplares de valor. Por descarte, él se quedó con una vieja pistola semiautomática de fabricación nacional: una Bersa calibre 22 color marrón (no es una Thunder, como circuló en los medios, sino un modelo anterior, aunque desde la fiscalía prefirieron no dar especificaciones).

Lagomarsino entonces llamó a Carlos Rodríguez, alias «El Moro», un amigo que trabajaba en la Policía Aeronáutica (el hermano del Moro era cliente de él). Le contó que le habían regalado una pistola y le preguntó cómo registrarla. Rodríguez le dijo que anotara el modelo y el número de serie y que fuera al RENAR (Registro Nacional de Armas). Una vez que tuvo la credencial de usuario, fue con Rodríguez al Tiro Federal de San Fernando y aprendió lo básico. Pero, como dijo en esa famosa conferencia de prensa del 28 de enero en la que narró los hechos del sábado 17, el arma «realmente fallaba». «Andaba para el orto», dice ahora. (Según la declaración testimonial de Lagomarsino, la mayoría de las veces la Bersa disparaba dos tiros en lugar de uno. Si a Nisman lo hubieran encontrado con dos balas en la cabeza, la hipótesis del suicidio casi no habría tenido lugar.)

En ese 2002, Lagomarsino fue a practicar una segunda vez al Tiro Federal y desde entonces, asegura, no volvió a usar la pistola. La Bersa quedó archivada sobre la biblioteca, en una caja donde había «algunas boludeces de valor»: su cámara de fotos, la edición en vinilo de New Blood de Peter Gabriel que le había regalado su mujer, cables y otras cosas sueltas. «¡Había hasta un minidisc!», dice él, ilustrando lo anacrónico del contenido. Cuando le pregunto si alguna vez la consideró para proteger a su familia, Lagomarsino pone cara de «¿me estás cargando?» «Cómo te explico…. Si un chorro me agarraba con esa pistola, ¡me recontracagaba a tiros! Era como un medicamento vencido.»

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Diego Lagomarsino es el cuarto hijo («el menor, el que se mete en todos los quilombos») de un contador y un ama de casa. Se crió en Banfield, en el sur del conurbano, e hizo el secundario industrial en el IMPA de Quilmes. Empezó a trabajar a los 15 años, cuando estaba en tercer año del colegio. No por necesidad, sino porque quería tener su propio dinero. Uno de sus hermanos ya trabajaba en sistemas y tenía un contacto en la oficina de Hacienda de la Municipalidad de Lomas de Zamora. Lagomarsino empezó a ir los viernes, rateándose de la clase de Geografía, para limpiar teclados y monitores. Desde entonces trabajó siempre con computadoras. «Hoy todos quieren ser gerentes, pero yo aprendí tirando cables, limpiando gabinetes. Y sabés qué, todavía tengo todas las uñas», se jacta mostrando las manos.

Dice que dos historias le marcaron la infancia. Una es una leyenda familiar protagonizada por su abuelo materno, Juan Carlos Barros, que vino de España en la década del 10. En los años 40, mientras trabajaba en el antiguo frigorífico La Negra de Avellaneda como despostador, hubo una gran huelga. Para no recibir represalias de sus compañeros por no plegarse al paro y a la vez seguir cobrando la paga que se les suspendía a los huelguistas, Barros se hizo una herida tremenda en una mano con un cuchillo de carnicero. Así obtuvo una licencia con goce de sueldo. Según la leyenda, el viejo dijo: «Haría cualquier cosa para darles de comer a mis hijos».

El otro episodio es una escena televisiva típica de la hiperinflación argentina de fines de los 80. Diego tendría unos 12 años cuando vio en el noticiero a un hombre desesperado porque no tenía para comprarles la leche a sus hijos. Esa imagen le «quedó para siempre» e inspiró una rara conducta que Lagomarsino mantiene desde que es padre: en un rincón del placar almacena cajas de cartón con paquetes de azúcar, latas de leche en polvo y otros alimentos no perecederos, una especie de despensa nuclear. Lagomarsino aclara con una sonrisa que no está loco, y cita a su abuelo matarife: «Haría cualquier cosa para darles de comer a mis hijos».

Egresó del IMPA como técnico electrónico y después cursó varias carreras que dejó por la mitad: Ingeniería Electrónica, Ingeniería Industrial, Seguridad e Higiene. Nunca fue un gran estudiante, pero finalmente completó la Licenciatura de Informática en la sede porteña de la Universidad Católica de Salta. En su relación con las máquinas, Lagomarsino es más un mecánico que un nerd. «La programación nunca me interesó», asegura. «Lo mío es más el hardware. Yo digo que soy un intermedio entre un psicólogo y un técnico, porque estaba entre el usuario y la máquina. Mirá vos: ¡hablo de mi trabajo en pasado!»

Su gran debilidad, según él, es el constante «deseo de agradar». «Todo el tiempo busco el reconocimiento del otro, es algo que estoy viendo con la psicóloga. El que digan: ‘Che, qué genio Diego que me resolvió el problema que tenía en el iPhone’.»

A mediados de la década del 2000, el mismo hombre que le había enseñado a usar la pistola, Carlos Rodríguez, fue quien lo contactó con el juez Jorge Brugo, que necesitaba asistencia técnica. Lagomarsino ya no recuerda si fue Rodríguez o Brugo la persona que lo recomendó ante un fiscal general joven, un abogado exitoso que había saltado de los juzgados de Morón a liderar, por decisión del presidente Néstor Kirchner, la investigación criminal más pesada del país: el atentado a la AMIA, una masacre con 85 muertos que llevaba una década de pistas falsas e impunidad.

El día que lo llamó por primera vez, según cuenta Lagomarsino, Alberto Nisman no necesitaba un hacker que le trajera información clasificada: se le había roto la tecla de encendido de una computadora Compaq que tenía en su casa de Recoleta. Lagomarsino, que todavía no había cumplido los 30 y vivía recién casado con Josefina (contadora) en un departamento de Avenida Independencia, dice que arregló el desperfecto con La Gotita y le recomendó al fiscal que no apretara tan fuerte la tecla. Nisman, un fanático de la eficiencia y la inmediatez más allá de la escala del problema, un detallista capaz de «hacer complejo hasta lo más simple», quedó satisfecho, y a partir de ahí empezó a llamarlo cada vez que le pasaba algo a su computadora.

Después de un par de años de pequeños encargos y soluciones rápidas, en 2007 Nisman le propuso sumarse a la UFI AMIA. La idea era que fuera uno de los jefes del área de Sistemas, con un sueldo inicial de 6 mil pesos. Lagomarsino planteó que su régimen tributario difería del de sus pares «de adentro», y sus descuentos impositivos iban a ser mayores, así que Nisman logró que le subieran el sueldo bruto a 8.000, el número inicial que reportan fuentes de la fiscalía. Los ajustes anuales del sector judicial inflaron la cifra hasta los 41.280 pesos que facturó Lagomarsino hasta el pasado enero, antes de que la Procuración General lo echara y lo definiera como un empleado fantasma. Según Lagomarsino, Nisman no peleaba personalmente sus aumentos, y la diferencia de ingresos con un par «de planta» se disolvía una vez que se aplicaban los impuestos. «De todas formas Odice élO, es como dijo mi abogado: ¿Cuánto debería ganar para no estar bajo sospecha?»

Más allá de la cuestión del dinero Omatiz decisivo para atraer suspicaciasO, había algo al menos peculiar en la dinámica laboral de Lagomarsino para la Unidad AMIA. «Muchas cosas las pude ver después, en estas semanas», reflexiona. «Yo siempre creía que Alberto no confiaba en la gente de Sistemas de la fiscalía. Hoy a la distancia me doy cuenta que no es que no confiara técnicamente: no podía contar con ellos. Contar en el formato Nisman, en el formato ‘ahora es ya’. Mi hermano me decía: ‘Yo nunca hubiera bancado a un cliente así’. Era un tipo que te llamaba a cualquier hora. Por ejemplo, me llamaba un domingo a las seis de la tarde, yo estaba en el supermercado y me decía que tenía un problema. Le decía: ‘Estoy en el súper’, y él saltaba rápido: ‘Uy, ¡pero al final nunca estás cuando te necesito!’ ‘Quedate tranquilo, Alberto, en media hora llego y me conecto’. El cortaba, ofuscado. Cuando habían pasado 29 minutos con 30 segundos, me llamaba de vuelta: ‘¿¡Qué pasa que todavía no te pudiste conectar?!’ Era de esos tipos que no aceptan que hay variables que uno no maneja: la cola del supermercado, el tránsito, las inundaciones.»

Lagomarsino dice una y otra vez que él no hacía tareas de investigación. Y que el problema más complejo que tuvo que resolver para la fiscalía fue cuando «se cayeron los discos del Excalibur», el programa más usado en Argentina para intervenciones telefónicas, y debió reinstalarlo. «Alberto me llamaba por problemas súper simples», describe. «Te doy un ejemplo básico: quería saber por qué a determinada página podía meterse con el Explorer y no con el Google Chrome. Le explicaba que algunas páginas corrían mejor con un explorador que con otro. El decía: ‘Tienen que andar las dos igual’. Otras veces eran tareas de cortar y pegar. Sinceramente, por momentos me sentía más un psicólogo. O sea, yo no soy Bill Gates. En este trabajo uno tiene que lidiar con las limitaciones del otro y con las propias.»

También se ocupaba de las computadoras de la familia. «Las hijas tenían un problema y yo iba a solucionarlo. Por eso las conozco a ellas, y a Sandra (la jueza Arroyo Salgado, ex mujer de Nisman). Con el tiempo entendí que Alberto no quería mezclar a la gente de Sistemas de la fiscalía con su vida fuera de la oficina. El laburaba mucho en su casa también. Me chocaba verlo con ropa de gimnasia. De hecho, cuando fui ese sábado al departamento, me acuerdo que no me chocó. Estaba con jean y camisa, ponele. Era un tipo muy clásico para vestirse.»

¿Pero estabas al tanto de sus investigaciones?

Sí, obviamente que de algunas cosas sí, me las comentaba. Pero él tenía una particularidad: te contaba lo que quería él, y no iba más allá. Si él te decía Oy pongo un ejemplo totalmente fuera de la realidadO: «Voy a pedir la detención de Cristina», y vos le decías, «Ah, mirá vos, ¿y cómo creés que pegaría esto..?», él enseguida te interrumpía: «No, pará, pará, ¡no me empieces a hacer preguntas como me hacen todos!» Se enojaba rápido. [Mira hacia arriba, como si le hablara directamente a Nisman] No te estoy criticando… Fijate la capacidad de trabajo que tenía: tuvieron que poner un equipo de cuatro fiscales en la investigación AMIA para reemplazarlo.

¿Por qué creés que Nisman confió en vos?

Tal vez por mi personalidad: me autoflagelo cuando no encuentro una respuesta, por ese deseo de agradar. Cualquier otro lo hubiera mandado a la mierda si lo llamaba a las 12.30 de la noche para decirle algo del Explorer. El llamaba a mi casa, por ejemplo, yo me estaba bañando, y no terminaba de sonar el celular que ya empezaba a sonar el teléfono fijo. Cuando aparecía «privado» mi mujer y yo ya sabíamos que era Nisman, sobre todo por la insistencia. ¿Cuántas veces podés llamar a alguien, por más que sea tu subordinado? Y la verdad es que yo estaba siempre disponible. No me iba de vacaciones a un lugar que no tuviera señal de celular, por ejemplo. No sólo por Alberto, sino también por otros clientes. Seguramente soy más boludo que la mayoría. Pero sabés qué: soy un terco, y no me quedo tranquilo hasta que no resuelvo el problema. Insisto: no soy un genio, y no se necesitaba un genio en esa posición. Se necesitaba un tipo que estuviera ahí cada vez que hacía falta.

Ese sábado, de acuerdo con su historia y mal que le pese, Lagomarsino estuvo ahí cuando hizo falta. Sólo que esta vez el pedido de Nisman se corrió de la norma.

«No te ofendas», me dice Lagomarsino en medio de la entrevista. «¿Vos tenés consoladores en tu casa?»

Después de un segundo de sorpresa le digo que no.

«¿Te chocó la pregunta? Bien. A mí me chocó de la misma forma que Nisman me pregunte por un arma. Mi pensamiento fue: ‘¿Qué está diciendo este pibe?’ Si Nisman me hubiera dicho ‘¿me conseguís merca?’, ponele, como están diciendo ahora que yo le llevaba droga, me hubiera sonado igual de delirante.»

Según declaraste, también te dijo algo así como: «Una vez que te pido un favor.». ¿En qué tono fue eso? ¿Un reclamo real o una especie de chiste?

No, no fue en chiste. De hecho fue la primera vez que lo vi quebrado. Me dijo eso de «¿sabés lo que es que tus hijas no quieran estar con vos por miedo a que les pase algo?»

Lo más difícil es entender por qué te pidió el arma a vos.

Entiendo que antes intentó otros caminos [N. de la R.: El custodio Rubén Benítez declaró que esa tarde, antes del horario del primer llamado a Lagomarsino, Nisman le pidió un arma a él].Y no sé si antes de probar conmigo llamó a otros diez. ¿Vos lo sabés?

No. Llama la atención la urgencia del pedido. Hacerte ir especialmente, que tuvieras que volver a tu casa y llevársela esa misma tarde.

Es raro. La verdad. Yo creo que cayó a mí por descarte, y porque sabía que si yo tenía se la iba a dar. Porque, si no, me tendría que haber llamado a las 9 de la mañana del sábado. El buscó por medios más normales, digamos. Ahora bien, si él ya lo hubiera tenido todo pensado, ¿por qué la semana anterior no se compró un arma? ¿Cuánto le cuesta a un fiscal groso conseguir un arma para protección personal? ¿Cuánto puede tardar? ¿Dos días?

También declaraste que te dijo que la quería para salir al día siguiente con las chicas.

Sí, eso me dijo.

¿Vos no sabías que ellas estaban en Europa con la madre?

No.

Y te dijo que ya no confiaba ni en sus custodios.

Sí, fue cuando le dije: «Pero vos tenés custodia, no te tenés que preocupar». Yo estaba tratando de zafar de algún modo de su pedido. Creo que él me estaba. no quiero usar una palabra inconveniente. Creo que me convenció de la situación, digamos. Y yo estaba nervioso; se me mezclaban muchas sensaciones. «¿Qué carajo estoy haciendo acá?», pensaba.

Lagomarsino dice que le advirtió que la pistola era demasiado vieja, que fallaba, que no asustaba a nadie. Se cita a sí mismo con un énfasis que remite a los nervios de la escena, o al menos al recuerdo filtrado por sus consecuencias espantosas. Nisman presuntamente le dijo: «Yo no quiero matar a nadie. Yo lo que quiero es que si viene un fanatiquito diciéndome ‘traidor hijo de puta’, mostrarle el chumbo y a lo sumo tirar un tiro al aire». Según este relato, entonces, el temor que le transmitió el fiscal no respondía a la posibilidad de una vendetta sofisticada, sino a un eventual incidente callejero, un ataque espontáneo surgido al calor de un clima político espeso, con la figura de Nisman como nuevo eje del país polarizado.

Por supuesto, nada de todo esto fue materia de reflexión para Lagomarsino en el living de Nisman. En lo único que pensaba era en cumplir con el favor y salir de ahí con su cliente/jefe satisfecho. «Le dije que se quedara con la credencial de portación. Me dice: ‘No, a mí no me para nadie. Quedátela para comprar balas’. Yo no sabía ni qué había que hacer para comprar balas. No podía creer la conversación que estaba teniendo. Quería escaparme del mundo.»

La muerte de Nisman destapó el submundo de la política, el espionaje y la justicia; mientras intenta salir del laberinto en que se convirtió su vida, Diego Lagomarsino, dueño del arma que mató al fiscal, habla en profundidad de su parte en esta historia que define una época
El lunes 19 de enero, a eso de las 7 de la mañana, el Samsung Galaxy de Lagomarsino empezó a zumbar sobre la mesita de luz. Era habitual que la familia entera, incluyendo el gato, amaneciera en la cama matrimonial. Ese día su mujer dormía en la pieza de Elena, de 4 años, y Diego y Gregorio, a punto de cumplir 8, compartían la cama grande. Josefina entró en la habitación y le dijo a su marido: «Che, ¿escuchaste que sonó el fijo?». Con sus padres ya grandes, una llamada a deshora al teléfono de línea lo ponía a Lagomarsino en guardia (por alguna razón no se le ocurrió que tal vez era Nisman). Le pidió a su mujer que le pasara el celular, que seguía vibrando. El primer WhatsApp era de uno de sus hermanos: «Che se murió Nisman?» El segundo era de una amiga: «Diego, lo siento mucho, este mundo de mierda en el que vivimos.». Lagomarsino encendió el televisor y quedó en shock: las noticias hablaban de un suicidio. «Nisman se mató con mi pistola», le dijo a su mujer.

Josefina «no entendía nada»; él no le había contado sobre el episodio del sábado, y difícilmente ella recordara la existencia del arma. A las 7.30 de la mañana, Lagomarsino se preguntó: ¿Qué carajo hago? «Uno está preparado para ciertas emergencias: un corte de luz, un accidente doméstico, pero un fiscal que teóricamente se mata con un arma tuya… Hasta ahí yo todo lo que sabía es que le había dado un arma y que dos días después había aparecido muerto. Llamo al esposo de una amiga, abogado, y no me contesta. Llamo a un amigo que es juez de Lomas y le digo: ‘Pasó esto, ¿qué hago?’ Me dice: ‘Averiguate cuál es el juzgado y andate a Tribunales’.»

Lagomarsino se comunicó con un compañero de la UFI AMIA, que escuchó su historia y le dijo que se presentara en el juzgado del Dr. Manuel de Campos, a cargo del caso en esas primeras horas. «No sé qué me puse, ni sé cómo hice, pero no más de 8.10 estaba en Tribunales.»

Mientras iba manejando bajo la lluvia por Panamericana camino al Centro, encendió la radio para escuchar detalles del caso. En Mitre, Marcelo Longobardi estaba entrevistando a Nisman. Era una grabación, por supuesto, pero el efecto que tuvo sobre Lagomarsino fue dramático, y ya no entendía si era real o parte de una alucinación. «Se me puso negra la visión, literalmente. Me bloqueé.» Tal vez fueron un par de segundos, o apenas una décima, pero volvió en sí cuando se le cruzó un auto (en realidad el que se estaba cruzando era él) y estuvo a punto de chocar. «Me desvanecí», dice Lagomarsino y se queda un momento asintiendo con una sonrisita entre irónica y amarga. La definición que sigue resume el estado de un país en el que ya es difícil marcar un límite entre operación y accidente, paranoia y precaución: «Mirá las cosas que se hubieran dicho si el único testigo se mataba en la Panamericana. ¿Ves que las casualidades existen?»

Llegó a Tribunales en plena crisis de nervios. El secretario del juzgado le puso música, le llevó agua y le dio charla. «Todos ahí fueron muy contenedores», dice él. «Yo estaba desesperado. Y quería simplemente decir lo que había pasado. Tengo una obsesión por que se sepa siempre la verdad, por que todo funcione bien. Me peleo con la gente cuando bloquea la rampa de discapacitados. Soy medio… ¿idealista sería? Llegar hasta mí, en definitiva, era cuestión de horas: averiguaban de quién era el arma y ya está. Pero quería evitar todo ese proceso: necesitaba contar lo que había pasado.»

Un comisario de homicidios lo acompañó a la fiscalía de Fein y ahí le tomaron una larga y detallada declaración testimonial. Su versión de los hechos fue la que resumió en la conferencia de prensa: la llamada de Nisman, el pedido del arma, la vuelta a Le Parc, la subida con uno de los custodios, el comentario sobre el chango del supermercado en el lugar incorrecto, la opinión sobre el 4G, el escritorio con los papeles de la denuncia y los resaltadores luminosos, el café en cápsula preparado por él mismo, las instrucciones de Lagomarsino para operar el arma y la despedida OexcepcionalO por el ascensor principal en lugar del de servicio, con esas cinco personas «muy bien vestidas» que lo habrían visto dejar el departamento y saludar a Nisman a la distancia. Procesalmente no es un detalle, porque serían testigos de que Lagomarsino dejó el lugar con el fiscal todavía vivo (¿Nisman calculó eso?). Y para él, en un nivel muy personal, la escena tiene una relevancia triste. «Sabés lo que me quedó pendiente, lo que me da bronca: que no lo saludé», dice ahora. «Cuando me fui no lo saludé. Le hice un gesto desde el ascensor, pero había gente esperando. Me quería ir rápido.»

Podría ser el último eslabón en la secuencia de incidentes que determinó la participación de Lagomarsino en esta historia, y que empezó el día en que se quedó con esa Bersa .22, un cacharro que tenía todos los boletos para oxidarse en un galpón en el medio del campo, y no para terminar en la sien de un fiscal, en el centro de una tragedia que define toda una era política.

Más allá de su rol en la muerte de Nisman, la experiencia reciente de Lagomarsino resume de una manera casi grotesca los mecanismos del poder para arrinconar a un ciudadano y dibujarle un perfil criminal en base a una serie de datos cuanto menos dudosos. Por cadena nacional y a través de su Facebook, la Presidenta lo envolvió de sospechas, además de vincularlo erróneamente con el Grupo Clarín y de calificarlo como un «feroz opositor» (en realidad, más allá del tweet en el que insultaba a «Kretina» por una serie de robos a sus padres, Lagomarsino rescata unas cuantas medidas del Gobierno). Después de eso, el diputado kirchnerista Marcelo Saín, ex interventor de la Policía de Seguridad Aeroportuaria, declaró que Lagomarsino, diez años atrás, le había ido a ofrecer servicios de espionaje («nos parece», dijo). En 2008, al frente de la PSA, Saín había denunciado al juez Brugo en una causa por espionaje que también involucró al Moro Rodríguez, el agente aeronáutico que llevó a que Lagomarsino conociera a Nisman. Lagomarsino dice que eso es «casualidad», y que ni siquiera sabe quién es Marcelo Saín.

Esta línea argumental, abonada también por Aníbal Fernández, indica que Lagomarsino sería un operario a las órdenes de los servicios de inteligencia desbandados, encarnados en la figura mitificada de Antonio «Jaime» Stiuso, el espía de la Secretaría de Inteligencia que fue jubilado el pasado diciembre después de tres décadas de influencia política. Según esta versión de los hechos, el plan de desestabilización había empezado con la acusación «infundada» de Nisman (basada en los informes de Stiuso, la fuente principal de la investigación AMIA, que a la vez era coordinada con la Embajada de Estados Unidos, según se infiere de los cables filtrados por WikiLeaks) y concluía con la muerte del propio fiscal, un cadáver político que debilitaría al Gobierno en su recta final. La aparición espontánea de Lagomarsino, que repite que nunca vio a Stiuso ni escuchó jamás su nombre en boca de Nisman (Stiuso dijo lo mismo en su declaración testimonial), fue el toque dramático que llevó la narración conspirativa a otro nivel.

La hipótesis del técnico informático como agente encubierto fue alimentada también por el abogado José Iglesias, papá de Pedro (fallecido en Cromañón), que dijo que Lagomarsino, en el verano de 2005, espió durante dos semanas a familiares de víctimas de la tragedia, haciéndose pasar por fotógrafo documental. Según declaró Iglesias (que, consultado para esta nota, lo ratifica), Lagomarsino presenció reuniones e incluso estuvo en su casa, sacando fotos en la pieza de su hijo. A través de sus abogados, Lagomarsino negó la acusación y aseguró que nunca había estado en la casa de Iglesias.

En medio de estas versiones, a comienzos de febrero se filtró en la web un video de un supuesto Lagomarsino en una manifestación en Tribunales durante la primera sentencia del juicio por Cromañón, en 2009. El video fue publicado en algunos portales oficialistas como un elemento que venía a reforzar el testimonio de Iglesias. Sin embargo, el que aparecía en las imágenes era yo, que casualmente tengo un cierto parecido físico con Lagomarsino. Publiqué de inmediato una aclaración en Twitter y «la prueba» fue bajada de los portales, mudándose a los medios opositores en calidad de «operación desactivada» por un periodista de Rolling Stone. Aun cuando mi aclaración no dejaba sin efecto la acusación de Iglesias, la versión de Lagomarsino como agente encubierto perdía peso. Un par de días después, mientras encarábamos la cobertura del caso Nisman para RS y yo trataba de salir de ese círculo bizarro en el que me veía metido, llamé a Rusconi pidiendo una entrevista con su defendido. Habían acordado no dar ningún reportaje a un medio local, pero Lagomarsino creía que me «debía la nota por decir la verdad y haber dado la cara».

La entrevista, entonces, se desplegó en dos encuentros, en los que Lagomarsino habló sin la supervisión de sus abogados. Respondió ampliamente sobre su trabajo, la relación con Nisman y sobre el episodio que le cambió la vida. «Todo esto es muy loco», repetía, medio pálido, frente a la cámara de Ignacio Arnedo. «¿Qué hago yo posando para la Rolling Stone?»

Una mañana de feriado de carnaval, en un bar de San Isidro, Lagomarsino toma un cortado mientras comenta las noticias de una causa que todos los días presenta nuevos personajes e hipótesis. Hoy apareció Natalia Fernández, la mesera de corte stone que, en la madrugada del 19 de enero, fue llevada como testigo al departamento 2 del piso 13 de la torre Boulevard de Le Parc. Su descripción del operativo, con los policías preparando café en la Nespresso de Nisman, era digna de una película de los hermanos Coen (sólo que después no ratificaría todas sus declaraciones mediáticas frente a la fiscal).

Lagomarsino llega al bar con lentes oscuros, y al principio se lo ve un poco inquieto. «Estoy re paranoico», comenta, pero después se relaja. Un par de noticias favorables para su situación procesal (los registros de autopista que verifican sus movimientos, la confirmación de Oscar Parrilli de que nunca fue contratado por la Secretaría de Inteligencia) le dan un poco de aire. De hecho, es la primera vez que se muestra en un espacio público desde su explosión mediática involuntaria. «Si me gustara la fama, estaría 24 horas al día en televisión. Podría tener mi camita en el estudio de Rial. Por loco que suene, hay gente que envidia este nivel de exposición. Yo no tengo nada que ocultar, pero tampoco tengo nada que exponer. No es que inventé un algoritmo para encriptar información satelital. ¡Me hice famoso porque le presté un arma a un tipo! A veces por querer hacer un favor te mandás una cagada.»

Algunos lo observan, pero el único que se le acerca es su entrenador de running, que de casualidad pasaba por ahí. Lo saluda con afecto y le dice que debería volver a correr. Lagomarsino venía practicando crossfit desde hacía varios meses. En las fotos de las redes sociales se lo ve atlético, pero hoy es un alfeñique. «La verdad que tendría que volver al gimnasio», dice después. «Pero además de que físicamente no me siento preparado, ¿cómo vuelvo? ¿Entro sonriendo y digo: ‘Hola, hola, qué tal…’, como si no hubiera pasado nada?»

La proyección pública impactó en sus relaciones. «Aparece gente que no te cuestiona, que no te pregunta, que te abre la puerta y te invita al asado, y sos uno más de la mesa. Y aparece gente que no, que te mide. Pero otra cosa que aprendí de todo esto es que no hay que juzgar a nadie, ni estoy en situación de evaluar nada. La gente que desapareció, tal vez le agarró pánico de que le pasara algo. No lo sé. Yo sabré perdonar. De hecho lo perdoné a Nisman. Entendí que el flaco. Todos me dicen: ‘Eh, se cagó en vos’. No, se cagó en sus hijas. Un tipo que se caga en sus hijos, con el amor que él les tenía Oy me recontra constaO, no está pensando en nadie.»

¿O sea que vos creés que se suicidó?

No, no tengo ninguna idea de lo que pasó, porque se me contradice todo. Pienso «se suicidó» y no me parece razonable, considerando su personalidad y la situación en la que estaba. Entonces pienso «ah, se mató porque lo estaban apretando». No, pará, también sería muy extraño. ¿Y si había un tipo adentro? Todo se me mezcla, y gracias a Dios no soy el que tiene que investigarlo.

Afuera del bar lo espera un Renault con dos custodios que le asignó el Ministerio de Seguridad por orden directa de la Presidenta. Cristina había posteado en su Facebook: «Resulta imposible no observar que en cualquier lugar del mundo, si alguien aparece muerto por un arma que está registrada a nombre de otra persona y esa misma persona resulta ser la última que estuvo con él en vida, le entregó el arma en el mismo lugar del hecho, su casa, y es un íntimo colaborador suyo especialista en informática que trabaja también en la causa AMIA desde el año 2007, resulta cuanto menos raro. Muy raro. Por eso es más que conveniente que se le otorgue mucha protección al Sr. Diego Angel Lagomarsino».

«Cristina primero me pelea pero después me cuida», dice él como si no captara del todo la situación.

Además de las empresas que lo contratan como técnico freelance, Lagomarsino es profesor en primer año de Informática en la Universidad Nacional del Oeste, donde da Tecnologías Aplicadas y Arquitectura del Ordenador. A la mañana siguiente de nuestro encuentro en San Isidro, a un mes de la muerte de Nisman, debería ir a tomar examen recuperatorio, un momento extraño pero necesario: enfrentar a los alumnos a los que les había dado clases el año pasado. Pero finalmente recibe un llamado del Dr. Gabriel Palmeiro, abogado del estudio de Rusconi, que le dice que la jueza Fabiana Palmaghini dispuso para ese horario la toma de su muestra de ADN, a fin de cotejarlo con el que encontraron en el departamento del fiscal. Horas más tarde, mientras miles de personas Oincluyendo a la jueza Arroyo Salgado y la hija mayor de Nisman, IaraO marchen bajo la lluvia, Lagomarsino volverá a escribir en su cuenta de Twitter después de un mes de silencio: «Mi respeto y homenaje a un gran fiscal argentino. Que Dios ilumine a su familia».

También ese día, batiendo récords del disparate político, el senador nacional Salvador Cabral, del Frente para la Victoria, dirá por radio que lo de Nisman fue un crimen pasional a cargo de su «marido» (Lagomarsino), que «amorosamente» lo mató de un tiro.

«Sé que ya no voy a tener normalidad», dice Lagomarsino. «Pero sabés qué: hoy le doy más valor a los días.» Su definición sugiere que se considera una especie de sobreviviente. «Es una buena forma de verlo», reflexiona. «Todavía no sobreviví.»

Después de un par de semanas de consumo intenso de noticias, Lagomarsino se exilió en Cartoon Network y en series como Grey’s Anatomy. Pero todo lo ve como parte de su vida. «Siento que estoy viviendo una película y de repente me doy cuenta de que soy el protagonista», dice él. Compara su situación con un capítulo clásico de Los Simpson: ése en el que Homero queda envuelto en una denuncia mediática de abuso por despegar un caramelo (la Venus de jalea) del culo de una niñera. «Lo termina salvando Willy el jardinero», recuerda Lagomarsino. «Y al final aparece Kent Brockman diciendo: ‘A veces los periodistas nos equivocamos, estos son nuestros errores’, y sigue una lista interminable. ‘Y a continuación, un conserje que espía parejas en la noche…’ Y es Willy, que había salvado a Homero. Y Homero mira a Marge y dice: ‘Qué cara de depravado’. Quiero decir, la televisión genera ideas sobre las personas y muchas veces no tienen nada que ver con la realidad. Todo esto me enseñó a confiar menos.»

El gran problema, dice él, es tener que dar explicaciones todo el tiempo. «No soy ningún estafador, no maté a nadie, no hice ninguna cosa rara, pero a veces parece que tenés que convencer a los demás. El otro fin de semana estuve muy mal. Pésimo. Te juro que si no tuviera hijos. Es como que me caen las fichas. Al principio estaba con mucha adrenalina y no entendía nada.» Se quiebra y hace catarsis: «Soy un pelotudo. Sabés qué pasa. Que me cague la vida yo es una cosa, pero que se la cague al resto. No tiene nada que ver, ¿entendés? Se la cago a mi mujer, se la cago a mis amigos, se la cago a mis hijos. Se la cago a todo el mundo».

Cuenta que estuvo dos semanas sin poner música, y que eso para él es un comportamiento extremo. Un día, en la casa de un amigo, se le ocurrió romper el ayuno con Ciudad de pobres corazones. «Obviamente si no me cuetié con eso no me cueteo con nada. En un momento Fito dice: ‘Ya no existen lazos, al menos para mí, ya tomé pastillas y sigo sin dormir.’. Ese ‘track track’ lo tengo acá (se señala la sien), todo el tiempo.»

Lagomarsino busca respuestas en las cosas que tiene a mano. Al borde del misticismo, se ve reflejado en el guerrero apache de la canción de Peter Gabriel «San Jacinto» (1982). «Gabriel cuenta que se inspiró en un chico que quería ser guerrero y lo agarró el brujo de la tribu. El tipo agarra una bolsa llena de serpientes y se lleva al pibe a la montaña. Le hace meter la mano en la bolsa. Una serpiente lo pica y, en medio de convulsiones y mucha fiebre, el viejo le dice: ‘Tenés dos caminos, morir o convertirte en guerrero’. Lo que yo pienso es: cuántas veces la vida te mete la mano adentro de la bolsa, ¿no? Yo todavía estoy con fiebre, y no sé en qué va a terminar.»

No era amigo de Nisman. Y si bien la relación era de mucha confianza profesional y cierto cariño, sólo dos veces almorzaron juntos: una vez el fiscal lo invitó a Osaka, en Palermo, y otra vez él le devolvió «la gentileza» llevándolo a comer sushi a Comedor Nikkai, sobre Independencia (Nisman amaba la comida japonesa). En esos casos Lagomarsino, un conversador nato, se dio cuenta de que cuando estaba con el fiscal le costaba encontrar tema. «Yo puedo hablar de cualquier cosa», dice. «Podemos hablar todo el día de Banfield. Pero él hablaba sólo de lo que él quería. Insisto [vuelve a mirar para arriba]: No te estoy criticando. Son rasgos personales. Era muy obsesivo. Te doy un ejemplo: él tenía arriba de la mesa ratona una de esas revistas grandes de autos. Yo me sentaba, miraba la revista y la volvía a apoyar; entonces él venía y corregía la posición de la revista. Era muy maniático del orden, y podía llegar a ser un poco grosero en ese aspecto. Alguien me dijo: ‘Era un divo’.»

En los días que pasaron entre nuestros dos encuentros, pensó mucho en una pregunta que le hizo un periodista norteamericano del Wall Street Journal: qué había sacado de bueno de su vínculo laboral con Nisman, más allá de lo económico. En el momento él había dicho «chapa», aunque la verdad es que evitaba ponerlo en su currículum por cuestiones de seguridad. Después de darle vueltas al asunto, se dio cuenta de que con Nisman había aprendido a prestar atención a los detalles. De hecho, su aporte testimonial a la causa incluye precisiones Oel destino final de esas cinco personas con las que bajó en ascensor, por ejemploO que parecen propias de alguien acostumbrado a observar y tener los sentidos afilados. Alguien, sí, más cerca de un investigador que de un técnico.

Tal vez era sólo la energía que contagiaba Nisman, que esa tarde de sábado era tan potente como la de cualquier otro día. Más allá del «shock» producido por el trámite que le había encomendado, Lagomarsino no vio indicios de alguien dubitativo, ni mucho menos deprimido: era el hombre ambicioso y audaz que lo había contratado siete años antes, con una sombra de temor pero siempre dispuesto a comerse el mundo.

Sobre lo que pasó después de que él dejó el departamento, en el anochecer del 17, hay aun menos certezas. Si al fiscal lo mataron los espías, el Gobierno, los iraníes, la CIA o los aliens, o si se suicidó, es un enigma que, al cierre de esta edición, parecía lejos de ser resuelto. Y mientras la denuncia de encubrimiento contra la Presidenta y otros funcionarios está en manos del juez Daniel Rafecas, Lagomarsino espera que se defina su imputación en esta causa.

¿Le preocupa su situación procesal? «Mis abogados me dicen que eso está en sus manos», dice Lagomarsino. «Ya lo sé, pero mi culo está en mi cuerpo. Ellos duermen pensando que tienen un cliente en un quilombo. Y yo duermo sabiendo que soy el quilombo. Muchas veces me dicen: ‘¿Pero cómo hiciste eso?’ Hagamos una cosa: te doy mis 41 lucas y media, esos 41 y medio gastados, andá ese sábado a lo de Nisman y fijate vos qué hacés. Hay que ponerse en los zapatos del otro. Casi todos hubieran hecho lo mismo que yo.»

Lagomarsino se detiene un momento y sigue: «Alberto me dijo que el arma era para cuidar a sus hijas. Mi error fue decir que sí pero, sabés qué, hoy dudo que haya sido un error. Estoy diciendo una estupidez, pero ¿qué pasaba si con esa pistola evitaba que le pegaran un palazo, o que les hicieran pasar un mal momento a sus hijas? Es algo que me planteé 20 mil veces por noche».

Un rato después vuelve sobre una de las lecciones aprendidas, esta vez para ponerla en duda: «Te dije que todo esto me había enseñado a confiar menos, pero no sé… Fijate: sea lo que sea que haya pasado, Alberto confió en mí hasta último momento».

Fuente: Rolling Stone- Entrevista de Pablo Plotkin

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