Dejar la vida en la cancha. Por Roberto López Belloso

La leyenda dice que terminó el partido, los sacaron del estadio, y ejecutaron a todo el cuadro. Ahora se sabe que no ocurrió así. El “partido de la muerte”, que enfrentó a la escuadra de fútbol de la artillería nazi con un improvisado equipo local, en Kiev, el 9 de agosto de 1942, ha tenido casi tantas versiones como pliegues tuvo la trama política del siglo XX.

Lo ocultó la propaganda de los años de Stalin, tan alejada del minimalismo. Lo rescató Jrushov, tal vez porque lo había ocultado Stalin. Se reescribió en la era Brezhnev, para ajustarlo a esos tiempos de contrarreforma. Hubo nuevas revelaciones en 1985, durante la perestroika, incorporando matices. Hollywood lo dibujó a su modo vistiéndose con ropas ajenas en Escape a la victoria. La Ucrania de hoy mira para otro lado y la Rusia de Vladimir Putin lo aprovecha para pasarle factura a Kiev por sus coqueteos históricos y presentes con la extrema derecha. Tanto la Guerra Fría como la deriva interna del Kremlin reescribieron una y otra vez el guión de esa tragedia.

Lo único cierto es que esos 11 titulares y cinco suplentes –ex jugadores del Dínamo de Kiev, del Lokomotiv y algunos amateurs– todos ellos mal alimentados y con el destino, en la intención del ocupante alemán, de ser víctimas deportivas de la superioridad aria, decidieron ganar cuando debieron haber perdido. Y lo pagaron caro.

No fueron llevados en pantalón corto al paredón de fusilamiento. Pudieron regresar a sus casas e incluso festejar. Pero cuando dejaron el campo de juego ya se había empezado a tejer su destino. La maquinaria de la Gestapo ya estaba preparando los expedientes para encerrarlos en los campos de concentración bajo el cargo de ser agentes de la policía política soviética. Ya tenían en la mira quiénes serían los fusilados. Ya sabían en quiénes se cebaría el escarmiento.

Todo comenzó… bueno, tampoco se sabe muy bien cómo fue que todo comenzó. Una de las varias maneras en que lo han contado los soviéticos dice que un oficial nazi aficionado al fútbol liberó a cuatro prisioneros que habían sido futbolistas para que formaran un cuadro. Su intención era mostrar en el césped la misma supremacía que Alemania estaba teniendo en el campo de batalla. Lo primero que pensaron los cuatro fue en escaparse, y uno de ellos, aparentemente el único integrante del Partido Comunista, fue a ver a su enlace para organizar su salida de la ciudad.

Aquí el relato soviético se apega al manual. El heroísmo no puede ser heroísmo de uno solo, o de unos pocos, sino que es parte de una épica colectiva. De preferencia orientada políticamente. El partido lo convence de que lo mejor es formar el equipo y jugar el encuentro. No piensan que van a ganar, pero sí que sacarán de los campos a algunos dirigentes de la resistencia haciéndolos pasar por futbolistas para completar el banco de suplentes, y que al menos reunirán en un estadio a unos cientos de aficionados para corear consignas contra el ocupante.

Esto parece distar de lo real en un aspecto clave: los jugadores no fueron liberados, ya que no estaban presos. Un periodista deportivo que trabajaba como encargado en una panadería había empezado a dar trabajo a varios ex futbolistas para ayudarlos a sobrellevar las penurias de la guerra. Verlos ahí, todos juntos, y pensar en ponerlos en la cancha, fue natural. Sólo faltaba completar dos o tres puestos.

La versión soviética pre-perestroika pone el foco sobre un único partido, cuando en verdad fue una serie. Los ex futbolistas, ahora improvisados panaderos, empezaron a entrenar de nuevo y a jugar algunos encuentros. Los ganaron todos. Muchos de sus rivales eran clubes de colaboracionistas donde revistaban militares ucranianos pro nazis, y en otros casos eran cuadros húngaros aliados de Hitler. Fue generándose una cierta sensación de que ese equipo de la panadería, el Start, era una especie de revancha contra los ocupantes.

Entonces los alemanes quisieron poner fin a ese estado de ánimo. Para detener la racha de victorias de los panaderos les pusieron enfrente a un combinado de la artillería antiaérea, el poderoso Flakelf. Era agosto de 1942. Las tropas alemanas volvían a avanzar como una aplanadora y dejaban la sensación de que la respuesta militar del Ejército Rojo a las puertas de Moscú había sido apenas un tropiezo. Hitler se sentía de nuevo a la ofensiva. Estaba a un paso de conquistar el Cáucaso y sus fuerzas se situaban a unos pocos quilómetros de Stalingrado, listas para sitiarla por completo. Un buen momento para darles un revolcón a los soviéticos también en el estadio de Kiev.

Curiosamente el calendario de aquel año coincide con este de 2015. El 6 de agosto, día elegido para el juego, fue jueves, igual que ayer. Contra el pronóstico de los organizadores, el Start humilló a los artilleros alemanes por cinco tantos contra uno.

Aquí las versiones vuelven a desplegarse como un delta de varios brazos. El tronco común es que el equipo alemán se reforzó y programó una revancha inmediata para poner un dique al entusiasmo popular que había seguido a la victoria del Start. Es la única coincidencia. Unos afirman que las autoridades telegrafiaron a Berlín y convocaron de urgencia a media docena de futbolistas profesionales de la selección alemana. Otros indican que simplemente amenazaron a los rivales con la muerte si volvían a ganar.

El domingo 9 había 2 mil espectadores en el estadio Zenit. Al contrario que en el encuentro del jueves, no se presentó el listado de la alineación del Flakelf. Esto da credibilidad a los que dicen que fue por la presencia de jugadores de la selección nacional de Alemania. Aunque otros aseguran que fue para ocultar que estaban alineando al menos a tres futbolistas profesionales ucranianos que revistaban en la policía colaboracionista.

El primer tiempo terminó 3 a 1 a favor de los soviéticos. Se dice que en el intervalo la amenaza se reforzó con la visita de oficiales de las SS al vestuario de los locales. Innecesario. Al escuchar la vibración de las gradas, los jugadores del Start ya debían saber que ganar ese partido les costaría demasiado caro. Pero igual ganaron. 5 a 3.

La historiografía soviética suele ocultar que luego del pitazo final los jugadores de ambos bandos se tomaron una foto juntos a un costado de la cancha. Tampoco se cuenta que nada les ocurrió esa semana a los ganadores, quienes incluso tuvieron tiempo de jugar un nuevo partido el domingo siguiente, contra otro rival, y ganarlo por ocho tantos contra cero.

Pero no importan esos detalles. Lo central de la leyenda fue terriblemente cierto. El martes 18 la Gestapo arrestó a seis jugadores del Start mientras trabajaban en la panadería, y luego a otros dos. Tres fueron fusilados. Otros tantos internados en campos de concentración. En esto no hay discrepancias.

Por una vez al menos, dejar la vida en la cancha fue mucho más que una metáfora.

Por Roberto López Belloso.
Fuente: Brecha

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