El boicot una tendencia preocupante

El movimiento de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) promovido por artistas, estudiantes y empresas, entre otros actores sociales relevantes en los países occidentales está destinado a perjudicar la economía y deslegitimar políticamente al Estado de Israel.

Esta clase de ostracismo que algunos pretenden practicar contra Israel en su conjunto sin distinciones territoriales ni ideológicas tiene algunos antecedentes que lo inspiran aunque ninguno que lo iguala. Sus creadores intentan asociarlo con aquel llevado a cabo en contra Sudáfrica en la época del Apartheid ya que uno de sus principales objetivos es hacer creerle al mundo que Israel es un país racista y por lo tanto merecedor de una condena pública.

Ha habido otras variantes y diferentes formas de sanción económica para países bajo regímenes totalitarios o en épocas de guerra civil, invasiones, etc. Los ejemplos son numerosos pero el caso de Israel sobresale notoriamente por varias razones que paso a enumerar:

1. Israel es desde su fundación hace más de seis décadas una democracia multipartidista y siempre tuvo elecciones libres.

2. Israel es desde la época del Mandato Británico hace casi un siglo el hogar nacional judío y el refugio a donde optaron vivir luego una proporción importante de sobrevivientes del genocidio nazi en la Segunda Guerra Mundial.

3. Israel fue el país que dio refugio a cientos de miles de refugiados judíos expulsados de los países de mayoría musulmana que surgieron en el siglo XX.

4. Israel se encuentra rodeado por muchos de estos países que no son gobernados democráticamente ni ofrecen garantías civiles igualitarias a las minorías y que además son sus enemigos declarados.

5. La población árabe que vive dentro de los llamados “territorios ocupados de Judea y Samaria” no es ciudadana de Israel como sí lo son sus hermanos árabes al otro lado de la línea verde (dentro de Israel incluyendo a toda Jerusalén) pero muchos de ellos conservan su ciudadanía jordana previa a 1967 y nunca aceptarían ser ciudadanos de Israel.

Estas simples razones nos alcanzan para diferenciar el caso israelí del sudafricano primero y de casi todos los demás ejemplos históricos que se nos puedan ocurrir.

Un solo caso guarda similitudes notorias con el BDS y su accionar contra el estado judío: el boicot racial decretado por las autoridades nazis de Alemania en la década de 1930 contra los comercios cuyos propietarios fueran judíos o estuviesen asociados con judíos.

Sólo otro ladrillo en la pared

Si hablamos de intolerancia autoritaria, me viene a la memoria una película que supo reflejar los sentimientos que esta clase de odio sabe generar; me refiero a Pink Floyd the Wall de Alan Parker. Recuerdo una escena en particular, la de Pink vestido con un uniforme que parecía nazi y hablaba desde un púlpito frente a un auditorio colmado de gente. De pronto, preguntaba a viva voz, señalando a un gay por aquí o a un judío por allá, quién había dejado entrar allí a toda esa gentuza.

Roger Waters, el líder de la banda Pink Floyd, era un ídolo total para los jóvenes y adolescentes que nos identificábamos con el mensaje y la crítica social de sus canciones y en especial con la icónica película “de culto” mencionada, que en Buenos Aires fue número fijo en la trasnoche de un cine del centro durante años.¿Qué fue lo que pasó?¿Por qué Roger Waters y otros artistas e intelectuales que admirábamos se convirtieron en enemigos de Israel? ¿Por qué militan tan vehementemente en contra del pequeño estado hebreo y casi ni se ocupan de la barbarie y el desastre humanitario que ocurre a escalas dantescas y con frecuencia diaria a sólo unos pocos kilómetros, en Siria?

Ningún oscuro sarcasmo en el aula

Para intentar comprender la mente de quien ha dejado de ver a los judíos como víctima y ahora percibe al moderno estado de Israel como victimario es necesario profundizar en un conjunto de símbolos compartidos de la cultura occidental contemporánea. Veamos el caso de la película The Wall nuevamente: la interpretación habitual nos habla de un hastío por la represión en una sociedad acartonada en donde la escuela y la fábrica se ocupan de hacer picadillo la libertad humana. Entre las décadas de 1960 y 1970, ese pensamiento era el cabal reflejo de una revolución cultural que anticipaba gran parte de lo que es la sociedad actual. Mucho cambió en las costumbres desde entonces pero también mucho siguió funcionando de manera muy similar: el capitalismo no dejó de enriquecer a unos pocos a costa de muchos y en la escuela, a pesar de las metodologías novedosas, siguen siendo los maestros quienes dan las clases y determinan qué es lo que se permite y lo que no.

Analizando la temática de la película retrospectivamente, el protagonista no se identifica a sí mismo con un gordo, ni con un negro, ni con un gay y por supuesto tampoco con un judío. Por momentos – es cierto – parece ser un pequeño anónimo que se transforma en carne picada al final de una cinta o el niño abrazado por los brazos murales de su madre sobreprotectora. Pero cuando despierta, cuando es él mismo, se convierte en un líder fascista que odia a todo el mundo. ¿Habrá descubierto Roger Waters al despertarse en la vejez, que él quizás no es tan diferente a su imaginario padre? ¿Se habrán reconciliado finalmente los europeos con esos abuelos dictatoriales que provocaron la Segunda Guerra Mundial?No necesitamos ninguna educación

Si Roger Waters se transformó en el protagonista de su propia pesadilla como líder de los artistas que odian a Israel, hay otros cantantes que no lo siguen pero sin embargo lo toleran e incluso se muestran sumisos y respetuosos hacia quienes promueven el BDS, ya sea porque no se animan a desafiar la opinión de la mayoría dentro de su entorno o porque no tiene una postura definida sobre el tema. Un ejemplo de ellos es Caetano Veloso quien junto a Gilberto Gil decidieron no acatar los mandatos del boicot y cantar en Tel Aviv. Sin embargo, condenaron “a priori” al gobierno democrático del Primer Ministro Netanyahu por las dudas, para no ofender a quienes se creen dueños del discurso progresista.

Un discurso que, por cierto, no tiene nada de progresista ni de izquierda sino que es cómplice del fanatismo religioso del Islam radical. La ONU, los países europeos y gran parte del nuevo establishment internacional pretenden darle cátedra de derechos humanos a Israel mientras el mundo se cae a pedazos y muchos de ellos miran cínicamente para otro lado. No importa si los judíos no tienen la culpa de que haya surgido un Estado Islámico o que los musulmanes chiitas y los musulmanes sunitas se estén masacrando mutuamente en varios frentes. Para que el mundo y los países árabes sobre todo, les lleven el apunte, necesitan involucrar de algún modo a Israel. Y lo hacen todo el tiempo, casi a diario. El BDS no es sino parte de toda esta gran propaganda destinada a cosechar fondos públicos refregando en las mentes desprevenidas los mismos prejuicios de todos los tiempos. Y así se vuelve a cerrar el círculo, parafraseando a otra banda de rock contemporánea a Pink Floyd, Led Zeppelin, con su tema: “la canción es siempre la misma” que supo ser otra película de culto en los 80´s.

Parece como si la repetición hasta el hartazgo de una misma lectura, de una misma interpretación distorsionada de los hechos y los protagonistas de la realidad en Medio Oriente volviera creíble o más aceptable lo que no es, en última instancia, más que un punto de vista, el de los árabes, que se vuelve a su vez, cada día un poco más, el punto de vista europeo y el de las Naciones Unidas. El mundo no parece estar dispuesto ya a mediar equitativamente entre árabes y judíos pues contra toda lógica y sentido común, han caratulado a quienes son muchos y cuentan con numerosos países soberanos como los débiles y a los pocos y amontonados en el estrecho estado de Israel como los fuertes.

Claro que visto con una lente mucho más miope, sólo distinguen en esta escena a dos actores: palestinos e israelíes. Desde 1967 Israel ha pasado desde los tres famosos “no” de la intransigencia árabe a Camp David y de allí al terrorismo y la intifada, para luego volver en 1994 a Camp David y de allí nuevamente al terrorismo y la intransigencia. De la consigna “paz por territorios” se pasó a la entrega de territorios esperando que las dolorosas concesiones trajeran paz y de allí a la nueva doctrina palestina de obtener la independencia por referéndum internacional, sin ofrecer a cambio ya ninguna garantía de paz.

Visto en este contexto, el BDS forma parte de una nueva narrativa que procura utilizar la propaganda de los medios para influenciar culturalmente al mundo occidental en una estrategia de lucha contra Israel que no es más que el nuevo despliegue del poderío y la influencia de las elites islámicas y la diversificación económica de sus petrodólares en Europa. Esto, sumado al hecho de que gran parte del nuevo proletariado europeo es de origen inmigrante y, mayoritariamente africano o asiático de religión musulmana. Así se combinan dos fuerzas muy influyentes: el dinero y la mano de obra. No es de extrañar que bajo circunstancias semejantes el apoyo político y el cultural vayan también en la misma dirección.

Por Daniel Liberman (Antropólogo)
Fuente: Aurora

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