«Héroes», por Pilar Rahola

Cuando escribí mi libro «Basta», tuve clara mi dedicatoria. Además de un sentido in memóriam a Oriana Fallaci, dediqué este libro, que intenta radiografiar los errores cometidos ante el totalitarismo islamista, a “las mujeres y hombres musulmanes que luchan por la libertad”. Y añadí: “Son los Nelson Mandela del siglo XXI”.

Entre muchos de esos héroes, expliqué el caso de Shireen Taher, una joven kurda, entusiasta seguidora del Barça, que soñaba con estudiar Filo­logía Inglesa en Damasco y que murió luchando contra el Daesh en los feroces combates de Kobane. Los yiha­distas usaron su móvil para llamar a su madre y preguntarle si quería la cabeza de su hija. Con el recuerdo de Shireen, intenté dar voz a estas extraordinarias mujeres, enroladas en las Unidades de Protección Popular (la valiente YPG kurda), que se han convertido en el enemigo más feroz que tiene el Daesh en el cuerpo a cuerpo, y que dan la vida por su tierra y por su gente.

Shireen era el símbolo de la va­lentía, la lucha por la libertad, la dig­nidad hecha juventud, belleza y vida, y, a la vez, la muerte devorándolo todo a su paso. También era la metáfora de la indiferencia de Occidente, la falsa moneda con la que les pagamos su sacrificio.

Y hoy, nuevamente, este artículo se viste de luto. Las noticias nos informan de la muerte de Asia Ramazan, una joven peshmerga, cuyo bello rostro conocimos gracias a un reportaje sobre las combatientes kurdas.
Observo su sonrisa, que aún conserva la frescura de sus 22 años, su trenza, anudada con un lacito rojo, su mirada limpia, su belleza radiante, y ¡zas!, ya no está, la devoró la negrura más perversa, el monstruo hecho fanatismo, maldad y muerte. Y aunque su nombre se sumará a la leyenda de estas extraordinarias jóvenes kurdas, a las que temen los propios yihadistas, lo cierto es que será otra joven vida brutalmente segada…, sus sueños quebrados, sus proyectos desvanecidos, sus sonrisas rotas, sus amores, ahora huérfanos… No puedo imaginar cuánto dolor, cuánta valentía, cuánta soledad acumulan estas jóvenes vidas, alzadas hasta el final ante sus asesinos.

Hablo de soledad, y de soledad hablamos, porque si alguien está solo en esta guerra feroz es el pueblo kurdo, masacrado por los yihadistas, hostigado por los turcos, abandonado por los sirios, y silenciado por todos, y a pesar de ello, en la primera trinchera de la resistencia. ¿Quién hablará de ellos cuando el monstruo yihadista haya sido vencido? Son un grito en la noche que, sin embargo, no llega a susurro en nuestra consciencia. Pero, aunque no veamos su lucha, ni lloremos su sufrimiento, ese pueblo valiente, esas jóvenes guerreras, esas gentes libres son nuestra única esperanza. “Quien salva una vida salva al mundo entero”, dice el Talmud en su proclama de fe hacia el ser humano. Y eso fue Asia, y también Shireen, sutiles rayos de luz que aún permiten creer en la humanidad.

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