«De pueblo a nación», por Sergio Pikholtz

A Yad Vashem, el museo de la Shoá (Holocausto) en Iersuhalaim, se ingresa por una rampa descendente, en cuyo extremo podemos ver proyectadas directamente sobre la pared, imágenes de la vida judía en un Shtetl (aldea) de Europa oriental en 1930.
El video en blanco y negro, entrecortado por el paso del tiempo, nos muestra un día común: el lechero, la gente yendo y viniendo, carretas y niños pequeños rumbo al colegio con sus padres.
Momentos más tarde, esos mismos niños, cientos, miles tal vez, prolijamente formados en un coro, cantan una canción, y la vida transcurre, tranquila, como en una letanía, aunque vigorosa.
Seguís bajando la rampa, dejando atrás las imágenes y penetrás en las tinieblas, en el museo propiamente dicho, donde se recrea la Shoá, y vas pasando de una sala a la otra, cada vez más abajo, cada vez más opresivo.
Uno a uno pasan los años de la muerte y la destrucción, y cada uno lo va procesando como puede, algunos lloran, otros sólo meditan, muchos se indignan, pero nadie transcurre por el lugar de modo indiferente.
El recorrido puede llevar horas, o minutos, lo que vos puedas y quieras vivenciar.
Cuando llegás al final del recorrido, o mejor dicho al final de la muestra, en lo más bajo del museo, y mientras aún quedan mas cosas para ver tan pronto comiences a transitar nuevamente la rampa, ahora para arriba, una instalación de televisores led, en forma de galería, nos devuelve la imágenes del inicio, el Shtetl, la vida bucólica y el coro de niños entonando una canción.
Cantan sin peocupación, cantan Hatikva, la canción de la esperanza, mientras una voz en off nos cuenta que seguramente ninguno de los pequeños de ese coro sobrevivió, que la vibrante vida judía, por ejemplo en ese pueblo húngaro, desapareció, mientras ellos cantaban indiferentes de lo que venía. Sin embargo, la canción está mas viva que nunca.
En 1930 tampoco podrían haber imaginado que tan sólo 18 años después Hatikva se convertiría en el himno de un pueblo que se convertía en nación, y muchos menos que nosotros, a 87 años de distancia, vibraríamos con cada una de sus palabras.
Es que quienes creyeron que podrían con nosotros y no pudieron, algunos todavía lo creen, no contaron con que la nueva nación judía, Medinath Israel (Israel país) y Am Israel (el pueblo de Israel), ha forjado su identidad actual en el sionismo, como fuerza motorizadora de la autodefensa y la energía creativa, innovadora y constructiva de los hijos de Sión en la tierra de Israel.
Empezás a transitar el final de Yad Vahem, algunos se quedan en la imágenes en blanco y negro ya entrecortadas, la tristeza los invade, intuyo que piensan en sus familias que quedaron en los campos o en pequeños que no llegaron a adultos en el video.
Otros son melancólicos de una vida en la que vivieron y debieron huír.
A 100 años de la declaración Balfour, a 50 de la reunificación de Ierushalaim, a 120 del primer congreso sionista y cerca de lo setenta de la redención de la nación judía, yo comienzo como cada día a subír la rampa, y voy cantando Hatikva, el sionismo majestuosamente expresado en canción, desde mi profundidad más profunda, hasta que llego a lo más alto, y allí, soñada y radiante, Eretz, Tsión V´Irushalaim.

Créditos del video: Stand With Us

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