Investigación israelí revela que nuestros nombres definen la forma de nuestras caras

¿Nunca has dicho aquello de “no tiene cara de Cristina, tiene cara de Laura”? Esta impresión no es algo vago y emocional, sino que un reciente estudio publicado en el Journal of Personality and Social Psychology sostiene que hay argumentos que explican esta relación entre los nombres y los rostros de las personas.

“Nuestros hallazgos sugieren que nuestra apariencia facial representa las expectativas sociales de cómo debe ser [físicamente] una persona con un nombre concreto”, considera Ruth Mayo, coautora del estudio, publicado en el Journal of Personality and Social Psychology y liderado por Yonat Zwebner, de la Universidad Hebrea de Jerusalén.

“Existe un vínculo muy fuerte entre nuestro nombre y nosotros”, asegura Carme Giménez i Camins, psicóloga clínica y especialista en psicoestética. “No se trata de que a una persona le pongan el nombre que le corresponde, sino que cada uno de nosotros nos vamos adaptando a nuestro apelativo”, añade.

La premisa de la que partieron Yonat Zwebner y Ruth Mayo, líderes de la investigación, es simple: “Nos dice que no debemos juzgar un libro por su portada, pero todos lo hacemos. La apariencia facial importa cuando juzgamos a las personas: afecta a cómo las percibimos y cómo leemos características como la inteligencia, el atractivo, la confianza, etc.”.

Zwebner y Mayo decidieron darle la vuelta a esta idea, más que extendida en el mundo, y plantearse si era posible que fuese al revés. Si, quizás, el juicio que tienen las personas sobre nosotros puede definir nuestro aspecto físico. Y, de ahí, averiguar si la asociación entre las caras y la percepción social se pueden ver afectadas por nuestros nombres.

Para descubrir si su hipótesis era cierta, el equipo, formado por expertas de distintas instituciones -la Universidad Hebrea de Jerusalén, el HEC de París y la Universidad de Columbia- uso de base varios conceptos:

1. El efecto Dorian Gray

llevaron a cabo una serie de experimentos en los que contaron con cientos de participantes tanto de Francia como de Israel. En cada una de las pruebas debían seleccionar en una lista de nombres el que se adecuaba a la foto que les enseñaban.

En una de las pruebas pidieron a los voluntarios que asignaran un nombre (de una lista de cuatro-cinco) a los rostros que les mostraron. Hicieron lo mismo con correlaciones aleatorias, y el resultado mostró que las personas obtuvieron un mayor rango de aciertos (entre un 25% y un 40%) que el azar (entre un 20% y un 25%).

En otro experimento, mostraron a los voluntarios franceses e israelíes una combinación de nombres y rostros franceses e israelíes. ¿Resultado? Los franceses fueron mejores que el azar al vincular nombres franceses con caras francesas, y lo mismo los israelíes con sus conciudadanos.

“De forma subconsciente alteramos nuestra apariencia para ajustarnos a las pautas sociales y a las características de nuestro nombre”, consideran las autoras del trabajo. “Cada nombre tiene una imagen”, asegura Giménez i Camins.

Las responsables del estudio realizaron otra prueba con un ordenador, al que entrenaron mediante algoritmos para que reconociera nombres y rostros. Le mostraron 94.000 imágenes de caras y su capacidad de acierto también superó a la puntería del azar: entre un 54% y un 64% de coincidencias respecto al 50% de la casualidad.

Para las autoras estos experimentos demuestran que no es casual que imaginemos a alguien llamado Bob con una cara más redonda que a alguien llamado Tim. Existen unos estereotipos sociales que, de forma subconsciente, nos llevan a relacionar un nombre y un rostro.

“En el inconsciente colectivo todos los nombres tienen unas connotaciones, históricas, literarias, artísticas, culturales, que recibimos de forma inconsciente y que nos hacen vincular un nombre a una cara”, indica Carme Giménez i Camins. E incluso podemos ir cambiando nuestra apariencia para adaptarnos a nuestro nombre.

Hasta una persona que se cambia de nombre o que responde a un mote distinto al que le dieron sus padres está relacionado, físicamente, con su nuevo apelativo.

De una forma u otra, nuestras características faciales pueden cambiar a lo largo de los años para representar eventualmente las expectativas de cómo debemos parecer.

 

DEJAR UN COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí