Presencia judía en los tiempos de la Revolución de Mayo

Era la tarde del domingo 19 de febrero de 1804. Una  pequeña procesión recorría las polvorientas calles de la ciudad de Corrientes. La componían el comisario de la Inquisición Don Juan Arce y sus asistentes, montados en sendos caballos y arrebozados en las capas del Santo Oficio, ornadas con sus insignias. Precediéndolos iba un grupo de ejecutantes compuesto por caja y pífanos  y, en el centro, el pregonero.

 

En la plaza de la ciudad y en otros sitios destinados al efecto, la procesión hacia un alto, permitiendo al pregonero hacer su anuncio: para el domingo siguiente y el de dos semanas mas tarde correspondientes a Cuaresma, se convocaba al pueblo a reunirse en la iglesia principal, a fin de asistir a la ceremonia de la “publicación de los Edictos generales y Anatemas de la Inquisición. Quien no se presentara sería excomulgado y excomunicado. Asimismo se despacharon emisarios especiales a las poblaciones en seis leguas a la redonda, invitando a los pobladores de diez años en adelante a concurrir a la iglesia del lugar y asistir al solemne acto.

Ese día, los miembros del Cabildo- en representación del gobierno civil, se presentaron en casa del delegado de la Inquisición a fin de acompañarlo con toda pompa y honores a la iglesia principal. Una enorme cruz forrada de negro era conducida a la cabeza de la pequeña procesión hasta llegar a las puertas del templo, y allí el comisario del Santo Oficio fue llevado a un fastuoso trono, desde el cual dirigió la ceremonia.

“Nos los inquisidores contra la herética parvedad… Os hacemos saber que para mayor acrecentamiento de la fe, conviene separar la mala semilla de la buena y evitar todo deservicio a Nuestro Señor, os mandamos a todos y a cada uno de vosotros que si supiereis, hubiereis visto u oído decir que alguna persona viva, ausente o difunta haya dicho o creído algunas palabras u opiniones heréticas, sospechosas, erróneas, temerarias, malsonantes, escandalosas o blasfemas, lo digáis y manifestéis ante Nos.

Os mandamos denunciar ante Nos, si sabéis u habéis oído que algunas personas hayan guardado los sábados en observancia de la ley de Moisés vistiéndose en ellos camisas limpias u otras ropas mejoradas, poniendo en la mesa manteles limpios, y echado en las camas sábanas limpias por honra de dicho sábado, no haciendo lumbre ni otra cosa en el, guardándolo desde el viernes en la tarde. O que hayan degollado reses o aves que han de comer, probando primero el cuchillo en la uña para ver si mella….O que hayan ayunado el ayuno mayor que los judíos llaman del perdón, andando aquel día descalzos. O si rezasen oraciones de judíos y, a la noche se demandasen perdón unos a otros, poniendo los padres a los hijos la mano sobre la cabeza, sin santiguarlos. O si ayunasen el ayuno de la reina Ester y otros ayunos hasta la noche, salida la primera estrella…..o si  rezasen los salmos de David sin Gloria Patri, o si esperasen el Mesías…”

Esas  y otras alusiones a tradiciones judías en la familia o costumbres fueron seguidas de una conminación a denunciar toda sospecha o apariencia en los actos de sus vecinos.

Dos semanas más tarde, el pueblo volvía a congregarse. La procesión de encapuchados portando velas y cruces y el lúgubre tañido de las campanas, creaban una atmósfera escalofriante contribuyendo a grabar en el corazón de los presentes la temible exhortación y el castigo para los que cometieran esos delitos, así como para sus encubridores.

No cabe duda de que esas ceremonias constituían un elemento excitante en la  vida monótona y chata de las pequeñas poblaciones de la provincia. Desde el punto de vista de la historia de los judíos de la Argentina y de América del Sur, empero, traen el eco tonante y estremecedor de la hostilidad extrema que rodeaba la existencia judía en la época del dominio español.

Ya en el edicto de los Reyes Católicos, ordenaba: ”No consentiréis ni daréis lugar que allá vayan moros ni judíos, ni herejes ni reconciliados, ni personas nuevamente convertidas a nuestra Santa Fe”…..

Conversos e hijos de conversos, descendientes de convictos de la Inquisición, vástagos de Criptojudíos separados por generaciones de la conversión forzosa, todo aquel, en suma, cuya ascendencia no pasara la prueba de la “pureza de sangre”, estaba proscrito de las colonias de la corona española., que con el tiempo habrían de constituir la República Argentina.

La actitud mucho más tolerante de Portugal para la emigración de conversos a sus nuevas colonias, allanó para los criptojudíos el camino hacia el Nuevo Mundo, y de allí introducirse en los territorios españoles del Río de la Plata.

De acuerdo a la norma legal española, no había lugar en el Nuevo Mundo para  los “cristianos nuevos” y sus descendientes, y menos aún para los judíos que ejercían su religión abiertamente. Quizás la Inquisición no lograra su propósito de erradicar de América Latina a los elementos reacios a las convicciones y normas de la Iglesia Católica. Pero gracias a su red de agentes y a su indiscutible autoridad e influencia,  el territorio íntegro bajo dominio español, incluyendo las regiones mas apartadas no podían constituir un refugio seguro para los sospechosos de esa religión. La descripción detallada y viva, en que las prácticas del diario vivir judío asumían dimensiones fantasmagóricas, creaba una “presencia judía” palpable, allí donde no existía en realidad y al mismo tiempo en el público, un sentimiento de hostilidad y rechazo hacia el judío. Y si había en la Argentina uno que otro descendiente de converso, su condición judía era tan borrosa y diluida que sólo servía  para corroborar que las provincias del Río de la Plata eran territorios vacíos de judíos.

Alrededor de 1810, según se desprende de la investigación, los portugueses que siguieron viviendo en Buenos Aires ya no presentaban rasgos de ascendencia hebrea ni estaban judaizados. Los judíos, si existían, era judíos nominales, no practicantes ni activos. A pesar de esto, vale la pena aclarar que las actividades del Santo Oficio continuaron hasta 1821 y que en este período final, al grupo de portugueses se lo seguía calificando de judaizante.

En 1810, cuando se produce la Revolución de Mayo, los participantes del acto son en su mayoría descendientes de portugueses judíos. Dijo Ramos Mejía:” Siempre se consideró a Buenos Aires, desde Lima, como una patria de herejes y judaizantes”. Agregó David Elnecave:”Los judíos portugueses se enrolaron en las filas de los ejércitos patrios para luchar por la libertad”.

Según el Dr. Mario Saban un gran número de las familias tradicionales argentinas tiene raíces hebreas y en el prólogo de su libro “Judíos Conversos”, dice que el objetivo de su libro es “demostrar que muchos de los hombres destacados que hicieron a la Argentina tienen antecedentes familiares judíos.”

Por Luisa Hazan [Tarbut Corrientes].

DEJAR UN COMENTARIO

Please enter your comment!
Please enter your name here