Robin Food en Israel: ofrecen comida antes de tirarla a la basura y el precio lo pone el cliente

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El que va desde la heladera hasta el tacho de basura, ¿es un camino que transitamos con frecuencia? Si nos pasa, ¿hacemos lo posible por evitarlo? «La comida no se tira» es una frase escuchada cientos de veces en la vida de muchos, desde chicos. Trascendiendo y dando sentido a esas palabras están las acciones que tienen como meta el rescate de alimentos al borde del desperdicio. Son actividades impulsadas por las ideas de consumir de manera responsable y ver oportunidades para ayudar a otros.

En la ciudad de Haifa, en Israel, el emprendedor Shai Rilov inauguró un restaurante vegano particular. Su nombre es Robin Food y hasta allí llegamos días atrás unos 30 latinoamericanos que viajamos a esas tierras en una Misión de Economía de Impacto (un viaje de emprendedores, educadores, integrantes de entidades civiles y comunicadores, organizado por las ONG Sistema B y Mujeres del Pacífico, para ver e intercambiar ideas y experiencias de actividades con efectos sociales y ambientales).

La frase con la cual, desde un cartel, se recibe a los comensales de Robin Food ofrece una definición del espíritu del lugar: «Salvá alimentos. Comé bien. Pagá según cómo te sientas». La comida ofrecida está elaborada con verduras y frutas que, de no estar allí, se habrían desechado: fueron rescatadas de granjas, empresas y mercados.

¿Por qué ocurre el desperdicio de comida que, según la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, alcanza globalmente a un tercio de lo producido? El organismo menciona, entre las causas, la existencia de plagas y otras varias razones, como fallas en la recolección, el transporte, la manipulación, el empaquetado y las regulaciones.

En el caso de Robin Food, las razones por las cuales frutas y verduras llegan allí responden a cuestiones estéticas o logísticas, dice Rilov a LA NACION. O sea: no hay problema para el consumo humano.

El lugar recibe a cualquier comensal que se acerque: personas en situación de calle, trabajadores, familias, turistas. Cada uno paga según sus posibilidades y también según cuánto disfrutó de la comida, su identificación con la iniciativa y sus ganas de ayudarla.

El proyecto, agrega su fundador, es sostenible porque, además de los servicios en el comedor, se ofrecen otros, como catering y organización de competencias de elaboración de comidas. La realización de tareas depende del trabajo de voluntarios que llegan desde distintos lugares del mundo.

Rilov dice que la iniciativa está basada en dos propósitos: salvar comida y provocar un cambio de comportamiento en las personas, algo que se logra de manera más efectiva y rápida con la experiencia que con la sola palabra.

En la Argentina hay también acciones que tienden a evitar el desperdicio. Solo vaya una muestra, con tres casos: el Banco de Alimentos, que trabaja con donaciones empresarias de productos no perecederos y con rescates de frutas y verduras de mercados; la app Winim, que permite comprar a precio reducido comidas consideradas sobrantes del día a comercios adheridos, y Heladera Social, una iniciativa que implica instalar estos artefactos en lugares de acceso público, para dejar alimentos y permitir que los tome quien los necesite. En la ciudad de Buenos Aires hay una heladera, por ejemplo, en Moldes entre Virrey Loreto y Zabala. Son acciones que promueven un cambio, que bien puede empezar por la heladera de casa.

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