Una historia real sobre un fotógrafo en un campo de concentración en Netflix

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Francisco Boix huyó de España, durante la Guerra Civil, solo para encontrar un destino aún más duro: un campo de concentración nazi en el que terminó desempeñando un papel histórico de gran relevancia.

El fotógrafo de Mauthausen, dirigida por Mar Targarona, es una película española basada en hechos reales ocurridos durante la Segunda Guerra Mundial. Su protagonista, Mario Casas, con una destacada interpretación, personifica al catalán Francisco Boix, combatiente republicano y fotógrafo, quien huyendo de la Guerra Civil en España termina preso en el campo de Mauthausen, donde fue instruido como ayudante de Paul Ricken (Richard van Weyden), un oficial nazi encargado del laboratorio fotográfico y de las imágenes propagandísticas de dicho campo.

La cinta se centra en el día a día dentro del campo, en el que vemos las infrahumanas condiciones en las que los prisioneros se hallaban, y cómo a pesar de ellas, el joven Boix, como preso con ciertos privilegios, en su afán por dejar constancia de las atrocidades cometidas por las SS, decide arriesgar su vida al esconder todo el material fotográfico posible, con la ayuda de algunos de sus compañeros.

Gracias a su heroísmo y habilidad se lograron salvar más de mil fotografías; 200 de ellas disparadas por él mismo tras la liberación del campo y otras 800 hechas por los oficiales nazis durante el cautiverio.

Postreramente, este material fue de suma relevancia como prueba documental sobre la barbarie del nazismo, sobre todo en los juicios de Nuremberg, en los que Boix fungió como un testigo clave reconociendo a los oficiales, relatando hechos y mencionando además que tenía aún muchas otras fotografías resguardadas; sin embargo, Francisco murió a los 30 años de edad, en 1951, y la ubicación de las fotografías quedó desconocida.

Indudablemente Targarona hace una labor admirable al rescatar un relato realmente importante y digno de ser llevado a una plataforma como Netflix. Al final del filme podemos ver durante los créditos las fotografías verdaderas, reafirmando una vez más que la realidad durante el Holocausto fue mucho más cruel de lo que el cine es capaz de mostrar.

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