Hasday ibn Shaprut: mecenas de la Edad Dorada de Sefarad. Por Jorge Rozemblum

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Cuando se habla de la Edad Dorada de Sefarad, nos referimos a un breve período (en términos históricos) en que los judíos de la Península Ibérica lograron una estabilidad social y económica que les permitió no sólo acercarse a la corte califal de Al-Andalus, sino desarrollar a partir de esta posición un nuevo centro cultural que terminó desbancando al establecido por el judaísmo diaspórico en Oriente tras la destrucción del segundo Templo de Jerusalén.

Algunos nombres de las figuras apadrinadas por él han logrado sobrevivir al tiempo y ser reconocidos no sólo por los judíos. También por los gentiles del país siglos después.

Sin embargo, unos y otros no han encumbrado al sitio merecido al mecenas de esta transformación. Hasday Abu Yusuf ben Yitzhak ben Ezra ibn Shaprut, más conocido como Hasday ibn Shaprut.

Fue un médico y diplomático nacido en 915 que vivió unos 60 años. Cuyo lugar de nacimiento conocemos por el gentilicio que solía añadirse a su nombre; Al-Yayaní o Al-Jianí, es decir, natural de Yayyán, nombre árabe de la actual ciudad andaluza de Jaén en la provincia homónima. Aunque su vida transcurra principalmente en Córdoba, ciudad que se constituye en capital de un Emirato independiente del 756 al 929, y en Califato de Occidente bajo la dinastía omeya hasta el 1031.

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Ibn Shaprut era hijo del rico y poderoso Ishaq. Fue éste quien se anticipó a su sucesor apadrinando artistas judíos de su comunidad local y fundando una sinagoga en el barrio hebreo de Jaén. Es el lugar donde Hasday cursó estudios primarios, aunque siendo aún joven se asentó en Córdoba, para ampliar la red de actividades económicas de la familia.

Allí aprendió hebreo, árabe e incluso latín, una lengua que por entonces sólo era conocida por la alta jerarquía eclesiástica cristiana, además del incipiente castellano romance.

También estudió medicina y logró cierta fama por el descubrimiento de un antídoto contra un veneno.

Fue por dicho oficio que entró en la corte de Abderramán III, quien establecería el Califato.

Con el tiempo, llegó a ser uno de sus principales consejeros, cargo que continuó con su hijo el califa Alhakén II.

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Aunque nunca llegó a recibir el título oficial de visir (equivalente a jefe de gobierno o primer ministro). Sí ejerció funciones similares a las de un ministro de asuntos exteriores actual y supervisaba las aduanas en el puerto de Córdoba.

Paralelamente se convirtió en “nasí”, máximo representante de las comunidades judías de al-Ándalus.

En su cargo estableció alianzas entre el califato de Córdoba y otras potencias. Se encargó de recibir embajadas como la que en 949 envió a Córdoba el emperador bizantino Constantino VII, que trajo como regalo al califa un magnífico códice de la obra botánica de Dioscórides, muy valorado por los médicos y naturalistas árabes. Hasday lo tradujo al árabe con la ayuda de un monje bizantino.

También recibió una importante embajada del emperador germánico Otón I que portaba una carta ofensiva para el Islam que Hasday se encargó de “retocar” con sutileza para evitar cualquier conflicto.

Otra actuación destacada fue como mediador entre dos reinos cristianos, los de León y Navarra, incluido un “tratamiento” contra la obesidad del aspirante al trono leonés Sancho I al que, según cuenta la leyenda, Hasday le hizo recorrer el camino de Pamplona a Córdoba a pie.

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La leyenda de Hasday no sólo se engrandeció con sus gestiones a favor de los califas.

Por ejemplo, intervino ante la emperatriz Elena Lecapena, hija del emperador bizantino Romano I Lecapeno, en defensa de una comunidad judía del sur de Italia que el emperador quería obligar a convertirse al cristianismo.

Y una de sus iniciativas más sonadas es la carta que escribe en hebreo al rey de los jázaros, un pueblo que habitaba al norte del mar Negro y que había abrazado el judaísmo como religión oficial. Pidiendo información sobre este hecho e informando sobre la situación de los judíos en Occidente. Aunque algunos autores dudan que dicha carta, que fue publicada en el siglo XVI, sea realmente obra de Shaprut.

Además, mantuvo relación epistolar con varias escuelas rabínicas de Oriente, como las de Kairuán y Constantina (en el norte de África) y Babilonia (en el actual Irak).

Fomentó los estudios rabínicos. Nombrando a Moses ben Hanoch director de una escuela en Córdoba, y consiguiendo que el pensamiento judío de Occidente se independizase de la influencia babilónica y llegara a convertirse en el epicentro del saber judío a nivel internacional.

Estimuló el estudio de la literatura hebrea. Apoyó a intelectuales como Menahem ben Saruq de Tortosa, que había sido protegido de su padre. También a Dunash ben Labrat (autor, entre otros, del poema Dror Yikrá), iniciador de un movimiento de renacimiento del hebreo como lengua poética.

Hoy día, la ciudad de Jaén lo sigue recordando como uno de sus hijos más ilustres. Le ha dedicado un monolito y el nombre de una calle, así como Jerusalén y Tel Aviv.

Jorge Rozemblum

Director de Radio Sefarad

www.radiosefarad.com

 

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