La educación judía configura un dispositivo pedagógico-vivencial esencial para la transmisión de los valores y la cultura del pueblo judío.
Los niños y jóvenes que concurren a las escuelas de la red escolar judía reciben un legado invalorable para la conformación de su identidad, que deja así de ser una condición existencial «vacía» de contenido. Al nutrirse de una tradición y una cultura milenaria, el niño dota de sentido a su filiación étnico-cultural.
Al conocer el legado que le concierne por ser hijo del pueblo judío, se recupera la fuerza emocional que deriva de toda pertenencia asumida, y el educando se puede sustraer así a la pasividad de una condición existencial que resulta meramente padecida, cuando se desconoce la historia, la tradición, las costumbres y los ritos que la fundan y la sostienen en el tiempo.
El inevitable conflicto que deriva de carecer de todo sentido positivo del judaísmo, debilita en la lucha por la vida, dado que el sujeto debe soportar pasivamente una identidad sin contenido positivo, inevitable cuando se desconocen las propias raíces.
La resolución de este conflicto suele derivar o bien en la asimilación, o bien en la búsqueda tardía de alguna respuesta que de cuenta y explique el significado existencial de la condición judía en la diáspora.
Cuando el niño se forma en un clima educativo impregnado de la cosmovisión judía – más allá de los matices ideológicos que ésta adquiera – adquiere no sólo un conocimiento de gran trascendencia para su vida, sino que se fortalece su identidad subjetiva, dado que recupera la posibilidad no sólo de honrar la deuda simbólica que lo liga a sus ancestros, sino la comprensión de las vicisitudes de una historia que lo marca y lo conmina al «deber de memoria».
Existen empero algunas prevenciones en algunos padres, que suponen que formarse en un marco judaico, aísla al niño de su medio y lo encierra en cierta endogamia empobrecedora.
En rigor de verdad, la consolidación de una sólida singularidad subjetiva permite un mayor y más libre acceso creativo a lo universal, sin conflictos existenciales referidos a la condición judía, que suelen derivar del desconocimiento de la propia historia y las propias tradiciones del origen.
Seguramente aquellos que tienen el privilegio de formarse vivencial e intelectualmente en un marco educativo judío, pueden acceder con júbilo al saber que procura un potente pensamiento, y podrán compartir, con sólidos fundamentos conceptuales, esta afirmación de Sigmund Freud en su Discurso a los miembros de la Sociedad B’nai B’rith (1926): «Con todo, bastante quedaba aún para tornarse irresistible la atracción del judaísmo y de los judíos: cuantiosas potencias sentimentales oscuras, tanto más poderosas cuanto más difícilmente dejábanse expresar en palabras; la clara conciencia de una íntima identidad, la secreta familiaridad de poseer una misma arquitectura anímica».
Médico psiquiatra y psicoanalista.
Miembro titular en función didáctica y profesor del Instituto de Psicoanálisis de la Asociación Psicoanalítica Argentina.
Otras de sus obras publicadas son «La Función Paterna» y «Arte y Psicoanálisis»



