»Hay algo podrido en Dinamarca». Por Manuel Tenenbaum

En Europa y no solo en Europa resuena en las calles el viejo grito que consternó a Theodor Herzl en la época del Proceso Dreyfus: “MortauxJuifs”. Fue el motivo que lo llevó a fundar el sionismo político.

A lo largo de los siglos, desde la destrucción del Segundo Estado Judío por el imperialismo romano, las comunidades judías se vieron enfrentadas a la hostilidad y persecución de las poblaciones mayoritarias en cuyo seno se vieron obligadas a vivir. La causa fue su resiliencia: no abdicaban de su fe y de su tradición. Las consecuencias fueron terribles: quema de los libros sagrados hebreos y hoguera para sus fieles; calumnias rituales (“los judíos usan sangre de niños cristianos para sus ritos”, “envenenan deliberadamente los pozos de agua”, “profanan las hostias”), matanzas y expulsiones.

El odio al judío pasó a formar parte de la cultura europea y a través de la Inquisición ancló en América. El trasfondo era básicamente religioso: resultaba intolerable que el judío no abandonara su verdad y se empecinara en sostenerla incluso a costa de la propia vida. Durante siglos la historia del pueblo judío se tiñó de un largo martirologio.

En el último tercio del siglo XIX la judeofobia mutó de carácter. De su naturaleza confesional pasó a “justificarse” en argumentos pseudoracistas. Intelectuales delirantes y agitadores de calle empezaron a denunciar a los judíos como “envenenadores” de las sociedades contemporáneas. En Alemania y Austria hubo partidos políticos con programas explícitamente antisemitas. Hubo también congresos de antisemitas y comenzó a predicarse la “eliminación de los judíos”, al principio por expulsión y después, ya en el siglo XX, por el aniquilamiento físico.

El Hitler posterior a la Primera Guerra Mundial sostuvo que si se hubieran eliminado por el gas a unos quince mil judíos Alemania no habría perdido dicha guerra. Su libro “MeinKampf” no fue un ensayo literario, como tampoco los “Protocolos de los Sabios de Sion”, de amplia difusión, no desaparecida hasta el día de hoy. La Polonia del período interbélico se quejó a la Liga de las Naciones del “exceso” de judíos que vivían en su país y solicitó ayuda internacional para “solucionar” el problema. Hungría y Rumania dictaron leyes expresamente antisemitas antes de la última guerra. En pleno siglo XX les parecía a muchos que los judíos molestaban y sobraban en el mundo. Hoy sabemos que la Shoá fue el desarrollo de este proceso llevado al máximo y que los fantasmas de este pasado siguen agitándose desde las sombras y cuando surge un buen pretexto a la luz del día.

El Estado Judío pasó a ocupar el lugar que tuvo el pueblo judío durante casi dos mil años como objeto de una hostilidad que se resiste a desaparecer. Su enemigo mayor en esta hora, Hamas, con desprecio de la vida de su propia gente, se ha propuesto un fin similar al de los antisemitas de todos los tiempos: eliminar radicalmente al Estado del pueblo judío. No es una utopía, es el simple propósito de acabar con Israel sin ningún otro proyecto de por medio. Es el odio total e intransigente.

Podría pensarse que a esta altura de la evolución de la humanidad una organización terrorista como Hamas recibiría el repudio incondicional de la comunidad internacional y el esfuerzo de Israel por defenderse, el apoyo de los países democráticos, de sus políticos, periodistas y académicos. Craso error: nada pequeña ni silenciosa es la grita contra Israel y la condena por proteger a su población del implacable terrorismo que la agrede. Lamentablemente no son pocos los defensores profesionales de los derechos humanos que se rasgan las vestiduras porque Israel confronta a los terroristas y hace todo lo posible por salvaguardar a sus ciudadanos. Cuando Occidente apoya a Hamas en contra de Israel, es lícito pensar que hay “algo podrido en Dinamarca”.

Autor: Manuel Tenmbaum

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