El deber ético que supone preservar la memoria de la Shoá – expresión del antijudaísmo llevado a su brutal y demencial extremo- adquiere particular relevancia en los neblinosos tiempos actuales.
Sostenemos que el recuerdo de la Shoá se hace absolutamente necesario, no sólo por el valor que supone el homenaje a las víctimas y héroes del pueblo judío, sino porque implica esencialmente un acto de transmisión, tendiente a consolidar las convicciones democráticas de las nuevas generaciones, y a evitar por ende la recurrencia de un fenómeno que trasciende las épocas, expresión de la insistencia repetitiva de un odio ancestral al pueblo del libro.
La reivindicación de la singularidad de la Shoá adquiere ahora la mayor relevancia, dado que cualquier conflicto político-bélico entre Israel y los enemigos que aspiran a su aniquilación, es homologado sin diferencia al exterminio sistemático por parte de los nazis, de una minoría de seres indefensos, sólo por su mera condición judía.
Por supuesto, los muertos son todos iguales, y el valor de toda vida es absoluto, pero el modo de matarlos difiere: durante la Shoá imperó el asesinato impiadoso de millones de inocentes, fríamente planificado por la maquinaria nazi; mientras que en las guerras mueren civiles producto de conflictos armados.
De modo que el antijudaísmo actual persigue debilitar ideológicamente al pueblo judío, a través de la disolución de la singularidad de la Shoá y su equiparación sin diferencia con cualquier conflicto político-bélico; y por otro lado busca justificar el odio ancestral a nuestro pueblo, apelando a enunciados verdaderos –por ejemplo, las inevitables y lamentables muertes de civiles inocentes inherente a toda guerra en ambos bandos- pero siempre dichos desde un lugar de enunciación prejuiciadamente antijudío.
Es decir, Israel está condenado inexorablemente de antemano, y siempre, a lo largo de toda la historia de la diáspora, aparecen situaciones conflictivas y tensiones político-sociales, que sirven a los fines de justificar y racionalizar el odio antijudío.
Existe pues un empecinamiento en denostar y culpabilizar al judío, expresión de un odio ancestral, anclado en profundos prejuicios irracionales y oscuras motivaciones inconscientes. No se observa por el contrario tal virulencia crítica contra otras situaciones bélicas, a las que se las cubre con un manto de silencio o bien se las cuestiona tibiamente; políticas que contrastan con el tendencioso cuestionamiento a cualquier acto del pueblo judío en la defensa de su integridad.
La fuerte ola de antijudaísmo actual desatada a raíz del conflicto en Medio Oriente –profanación de cementerios y de sinagogas, ataques virulentos a personas e instituciones comunitarias en gran cantidad de países, que llega al extremo del asesinato- nos confirma que el núcleo de odio que se desató sin límite en la Shoá, se encuentra pronto a despertarse frente a cualquier situación que permita su renovada expresión.



