La poética de las huellas. Por Diego Erlan

La ausencia es algo universal, piensa Gustavo Nielsen, y el dolor que esa ausencia produce también. Arquitecto además de escritor, con esa idea Nielsen y su socio Sebastián Marsiglia ganaron hace seis años el concurso para construir el Monumento a las Víctimas del Holocausto Judío. No son todavía las once de la mañana de un martes y Nielsen ya transpira bajo el casco blanco mientras observa a la grúa ubicar una de las últimas piezas de las ciento catorce que conforman este monumento que recuerda a las víctimas de los atentados a la Embajada de Israel y a la AMIA y que al fin se inaugurará a mediados de diciembre en la Plaza de la Shoá, en el Paseo de la Infanta. 
Todavía faltan algunos detalles: las placas correspondientes, las flores, el relleno de tierra para que crezca el césped por los costados. Detrás de la tela verde que delimita el perímetro, pueden espiarse esos bloques de hormigón y las huellas de la ausencia. Esas huellas hundidas en cada una de las piezas están reflejadas en objetos comunes que los mismos arquitectos o algunos conocidos donaron. 
Hay una guitarra y un bastón y un vestido bordado y unos patines y un ejemplar de Ficciones y otro de Macbeth , y unos VHS y unos autitos de colección y una botella de gaseosa y un teclado de computadora y unas lámparas de escritorio y una muñeca y el primer traje que alguna vez usó Nielsen. “La falta de todos estos objetos es lo que representa la falta de una civilización”, explica entre planos y maquetas. “La ausencia de un vestidito es la ausencia del Todo. La ausencia de esa infinidad de elementos que nos conforman como seres culturales es la ausencia de toda una cultura.” 
Los arquitectos no quisieron incluir ningún elemento determinante de un pueblo. Ningún símbolo político ni religioso (no hay una kipá ni un candelabro). Querían dar un mensaje de la comunidad judía a todas las comunidades. A toda la humanidad. Mientras el cineasta Fernando Díaz registra cada movimiento de la grúa para el documental Monumento , que está terminando de filmar, Nielsen cuenta que hace unos días estuvieron junto a Marsiglia en el Museo del Holocausto presentándoles la obra a sobrevivientes. “Fue duro”, confiesa. “Algunos tuvieron sus reparos: el monumento es demasiado poco directo para ellos. Hubo dos que pugnaron por que fuera algo testimonial, que nos saliéramos del registro que ahora tiene e hiciéramos otra cosa. Me imagino que contentar artísticamente a un sobreviviente que las ha pasado negras es una tarea titánica, tal vez imposible. 
Nada de lo que hagamos podrá representar su verdadero dolor”. Es cierto. Por eso Nielsen, mientras transpira, mientras observa trabajar a la grúa y da indicaciones aclara que el registro del monumento no es testimonial sino poético. Estos son objetos que cualquier persona, de cualquier cultura, podría usar. Lo dice en su blog: “Todas las matanzas orquestadas por el Estado estuvieron montadas sobre una idea negativa de la diferencia. Todas las personas somos diferentes y todas las culturas lo son entre sí. Pero cada vez que hubo una masacre, se necesitó ‘construir’ a un diferente amenazante para después poder culparlo de todos los males y eliminarlo como símbolo.”
Fuente: Revista Ñ

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