Cada año, cuando llega junio y con él el Mes del Orgullo, vuelve una pregunta que muchas personas formulan con honestidad: ¿por qué “Orgullo”? ¿No es acaso una palabra que la tradición judía suele asociar con la arrogancia, la soberbia o el exceso del ego?
La pregunta nos convoca y nos invita a comprender que las palabras adquieren sentido según la historia que las sostiene.
Podemos definir el orgullo como un sentimiento de satisfacción por los logros, las capacidades o los méritos propios, y distinguirlos en dos sentidos: uno positivo, asociado a la autoestima y al reconocimiento del propio valor, y otro negativo, vinculado a la arrogancia y la soberbia. Cuando hablamos del Orgullo LGBTQ+, el término se utiliza en su sentido positivo: no como una expresión de superioridad, sino como la afirmación de la dignidad y el derecho a vivir la propia identidad sin vergüenza ni discriminación.
La palabra “ Orgullo” nace para dar respuesta y en contraposición a “la vergüenza”.
Durante décadas —y, en muchos lugares, todavía hoy— millones de personas aprendieron que debían esconder quiénes eran. Se les enseñó que su identidad era motivo de culpa, de silencio o de exclusión. El problema nunca fue la diversidad; el problema fue el estigma que la sociedad construyó sobre ella.
Por eso, cuando hablamos de Orgullo, hablamos de un proceso de desestigmatización. Transformar el “debería ocultarme” en “puedo vivir con autenticidad”. Y en dicho proceso, quizá, la palabra orgullo también necesite ser desestigmatizada. Porque aquí no nombra un exceso del ego, sino ayudar a sanar la vergüenza impuesta sobre tantas personas.
En la tradición judía, el desafío siempre ha sido distinguir entre el orgullo que nos aleja de los demás y la dignidad que nos permite caminar con la cabeza en alto. El primero construye barreras; la segunda nos recuerda que toda persona fue creada b’tzelem Elohim, a imagen de D’s.
Las comunidades reformistas hemos aprendido que la tradición no es un museo inmóvil, sino una conversación viva entre nuestros textos y los desafíos éticos de cada generación. Esa conversación nos invita a preguntarnos no solo qué dice la ley, sino también cómo construimos comunidades donde todas las personas puedan sentirse vistas, respetadas y plenamente parte.
Quizás, entonces, el verdadero desafío sea que el Orgullo pueda transformarse algún día en pertenencia. Que llegue el tiempo en que ya no haga falta reivindicar el derecho a existir porque hayan desaparecido la discriminación, el miedo y la vergüenza. Mientras ese día no llegue, el Orgullo seguirá siendo una palabra que no habla de superioridad, sino de dignidad recuperada.
En ese camino, JAG lleva más de 20 años de trabajo sostenido, acompañando procesos, abriendo puertas y construyendo espacios de encuentro, escucha y visibilidad. Ese recorrido ha contribuido a un logro fundamental: hoy, en muchas de nuestras comunidades, la pertenencia ya no es una aspiración lejana, sino una realidad cada vez más concreta. Y cuando una comunidad logra que cada persona pueda decir con convicción “este también es mi lugar”, JAG ya no necesita ser la voz activa que reclama desde afuera, sino el acompañamiento que sostiene desde adentro, celebrando lo conquistado y cuidando lo que aún falta construir.
Así, nuestra comunidad, Fundacion Judaica como cada uno de sus nodos, como Judaica Belgrano y nuestra escuela comunitaria Arlene Fern han logrado que cada persona pueda decir “este también es mi lugar”, el orgullo deja de ser una consigna y se convierte en pertenencia.
Y esa búsqueda de dignidad, de justicia y de inclusión no es ajena al judaísmo. Es, quizás, una de sus expresiones más fieles.
Que este Mes del Orgullo nos encuentre renovando nuestro compromiso con comunidades donde cada persona pueda decir, con tranquilidad y sin miedo: este también es mi hogar.
Por Romina Charur (Presidenta de JAG, Fundación Judaica).

