Las luces de Janucá que desde hace 30 años se encienden en Libertador y Tagle invitan a un tiempo de paz y bondad, como el de la Navidad que hoy se celebra.
Durante los últimos siete días, los vecinos de la ciudad han podido ver un gran candelabro levantado en un parque público, en Avenida del Libertador y Tagle, cerca del monumento a Artigas. Desde el miércoles 17 y hasta ayer, al anochecer de cada día se fue encendiendo una vela más por la fiesta judía de Janucá, llamada también de las luminarias. La primera vela fue encendida en un concurrido acto, con una orquesta sinfónica, proyecciones de videos, cánticos, alocuciones y fuegos artificiales.
Esta fiesta evoca un episodio ocurrido en el siglo II antes de la era cristiana. El rey Antíoco IV Epífanes, usurpador del trono de la dinastía griega de los seléucidas en Siria, comenzó una dura persecución religiosa contra los hebreos, actitud que no habían tenido sus antecesores. En su odio a la religión judía despojó al Templo de Jerusalén de sus tesoros, saqueó la ciudad, obligó a seguir las costumbres griegas, prohibió a los hebreos observar la Ley de Dios (la Torá) y mandó echar al fuego los libros de la Ley. Muchos se dejaron arrastrar por la ola, se helenizaron, pero una pequeña familia, los Macabeos, se rebeló, y a pesar de ser pocos y débiles, con valor y con la fuerza de su fe, lograron la libertad, expulsando al invasor.
Al entrar Judas Macabeo -inmortalizado en la magna obra musical que le dedicó Händel en Jerusalén, fue su primera inquietud purificar el Templo profanado y restaurar el culto. En el desorden del recinto, sólo se encontró, escondida bajo el piso, una pequeña vasija de aceite de oliva puro, sellada con la insignia del Sumo Sacerdote, con aceite suficiente para encender la Menorá (candelabro) durante apenas una noche. Pero ese aceite ardió durante ocho días y eso fue interpretado como un milagro de Dios, que la comunidad israelita rememora cada año al celebrar la fiesta de Janucá.
Esa costumbre milenaria no estaba tan presente en esta comunidad en el país, o no era muy visible, fuera del ámbito del hogar familiar o de las sinagogas. Hace ahora treinta años que el movimiento jasídico tradicional Jabad Lubavich la llevó a la calle en 1984, venciendo posibles prejuicios y temores, intuyendo que Buenos Aires y sus ciudadanos serían capaces de apreciar esa celebración pública judía en un paseo tan transitado.
La libertad religiosa implica que la fe no quede limitada al interior recoleto de los templos o al ámbito impenetrable y respetable de la propia conciencia, sino que pueda manifestarse en la esfera pública, en un marco de respeto y convivencia pacífica, sin padecer ataques, burlas o faltas de consideración. Y expresiones como la que ahora cumple 30 años en el mismo lugar deben apreciarse como un aporte que un sector, a partir de su identidad, realiza hacia todos, con un mensaje de enriquecimiento espiritual, sin desmedro alguno de otras tradiciones o visiones religiosas o seculares. Ni la comunidad judía, ni la católica, ni la musulmana, ni nadie deben verse forzados a esconder sus creencias por temor, por incomprensión, en un país que afortunadamente se distingue en el mundo por una sana convivencia, bien distante hoy de las destrucciones de símbolos religiosos, de la quema de templos, de los asesinatos masivos que, lamentablemente, se dan en otros puntos del planeta. En Río Cuarto, por ejemplo, el obispo católico local asistió anteayer al encendido público de las velas de Janucá en un acto en el que también se cantaron villancicos folklóricos.
La fiesta de Janucá es una exaltación del espíritu, de la fe, de la libertad, de principios y valores que dignifican a una sociedad, elevan la consideración por el prójimo y el respeto por las personas. Su significado se expresa en la luz, encendida para iluminar un mundo signado muchas veces por la oscuridad, cruzado por el delito, la falta de compasión, carencias morales y materiales. «Argentina ilumina-yo ilumino» fue el leitmotiv de esta celebración, que logró una gran multiplicación en las redes sociales, con cientos de miles de entradas. Es como si los que se sumaron -en su mayoría, jóvenes hubieran dicho: elijo iluminar, mejorar, superarme, compartir. En una sociedad donde la gente empieza a cansarse de la superficialidad, la banalidad y la falta de ejemplos, hay también una tendencia a elevar la mirada a ideales más altos.
En ese sentido, cabe desear que esta otra fiesta de unión que hoy celebramos, la Navidad, sea también vivida como un espacio abierto a todas las incitaciones del espíritu y del pensamiento universal. Que la luz penetre en las inteligencias, combata la oscuridad donde medran la impunidad, el ocultamiento de la verdad, las conductas inconfesables. Y que todos valoremos el sentido de la luz para vivir a cara descubierta en un mundo con más bondad, ética, justicia y paz.
La fecha que hoy se celebra en el mundo y en nuestro país marca un punto de encuentro, ese que tanto necesitamos los argentinos para empezar a definir nuestro rumbo como miembros de una sociedad que debe reflexionar sobre sus grandes responsabilidades con el porvenir, en particular el de nuestros jóvenes. Es el momento para pedir y buscar el diálogo: en el seno de la familia, con los amigos, con la pequeña comunidad, unidos por un espíritu de concordia, para superar diferencias y encontrarnos en el bien común.



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