​El desafío japonés. Por Ron Mednizi

La masacre en las oficinas de Charles Hebdo y el supermercado judío de París golpearon, con fuerza, a Japón. Tras los fluidos informes y la transmisión del horror, los canales de comunicación se orientaron hacia el debate de los límites de la libertad de expresión. El diálogo quedó enfocado en la legitimidad de publicaciones consideradas dañinas para ciertas poblaciones y la tendencia se caracterizó en la expresión de empatía hacia los sentimientos de los musulmanes, afectados con la circulación de caricaturas de su Profeta. “Los japoneses ven esto de otra manera”, me explicó un destacado editor de noticias. “No somos un estado especialmente religioso, pero contamos con un símbolo sagrado alrededor del cual todos nos unimos: el Emperador. Cuando vemos las caricaturas intentamos imaginar cómo nos sentiríamos frente a la publicación de parodias vergonzosas de nuestro Emperador”. Con el ejemplo no se persigue la intención de dar cuenta de la relación en Japón hacia el Islam, sino ejemplificar el tipo de pensamiento y el examen de conciencia de un estado pacifista.

Los traumas de la Segunda Guerra Mundial y la “constitución de la paz”, redactada por Estados Unidos y adoptada en Japón, con el ítem 9 que prohíbe al Estado participar de la guerra y limita sus poderes militares, provocaron una sensibilidad especial hacia los conflictos; situación que se preserva hasta hoy. En esa realidad, nos enfrentamos con un desafío de divulgación nada sencillo: ¿Cómo es posible exhibir el producto, llamado Israel, en un Estado pacifista?

La relación de Japón hacia Israel se caracteriza por la ambivalencia. Por un lado, existe una gran admiración hacia el joven Estado que, contrariando todas las probabilidades, llegó a logros maravillosos en todas las áreas. Por el otro, la impresión general que se obtiene de la observación de los canales de noticias, que presentan a Israel – casi y solo- a la luz del conflicto, no es siempre positivo y la imagen de un país repercute, en forma directa, en el turismo, los negocios, la cultura, la Academia, y la cooperación entre Estados, en todas sus formas.
Recuerdo, en especial, la visita a un gran periódico, poco después de “Pilar Defensivo”, posterior a una crítica sobre la película “Footnote (Notas a pie de pagina)”, en la sección cultural. A pesar de haber gozado de gran éxito en Japón, la mitad de la nota estaba dedicada a difundir acusaciones a Israel por la muerte de civiles en Gaza. Después de elevar nuestra protesta por la politización de la cultura, el editor de la sección se obstinó en que “la nota era equilibrada dado que era positiva hacia la película y crítica hacia la muerte de civiles”.

Como vocero de la Embajada en Tokio, mantengo contacto constante con formadores de opinión pública en Japón, y trabajo en dos aspectos: el primero, es elevar la conciencia hacia Israel en temas positivos, más allá del conflicto. Una forma eficaz de hacerlo es por medio de la canalización de la cultura pop local y su transformación en una plataforma para la exhibición de Israel como, por ejemplo, por medio del proyecto de películas animadas que, hace poco, presentamos. El segundo, es la tarea, permanente, de presentación de posturas israelíes en temas políticos y el enfrentamiento a críticas nada sencillas.

El desarrollo de contactos personales es un recurso central en la tarea cotidiana y estos se construyen adquiriendo confianza gradual. Cuando la pesada formalidad pasa al ámbito amistoso de una comida o un vaso de cerveza, las conversaciones se convierten en más sinceras y abiertas y permiten debates sobre otros temas mientras se brindan explicaciones sobre el pluralismo de la democracia israelí, las múltiples caras de la sociedad y el abanico de posturas y complejidad de la política.

Mientras los gobiernos van cambiando y, con ellos, las políticas, la tarea del diplomático se asemeja siempre: reforzar las relaciones bilaterales ante los países de servicio, apertura de horizontes y oportunidades nuevas al mercado israelí y servicio de intereses del público en forma confiable. Una manera eficaz de hacerlo consiste en una consideración de los características singulares del Estado en servicio y la adecuación de mensajes por medio de la cultura y el dialogo local.

Hace poco dimos término a una excelente visita del Primer Ministro de Japón Shinzo Abe a Israel, enfatizando las relaciones económicas entre los países y con una impresionante comitiva, de decenas de los más destacados dirigentes del mercado japonés, empresarios y jefes de empresa. “No hay motivos para que Israel, que produce tecnologías de innovación y Japón, que ven en la invención un principal motor de crecimiento, no cooperen”, advirtió el jefe de la potencia económica, tercera por su tamaño en el mundo. Esas palabras no son estériles. Anuncian una política y un nuevo camino incentivando las relaciones bilaterales con nuestro país y abriendo un mundo de posibilidades.

No se trata de un logro casual sino de una tarea adoptada, hace muchos años, por embajadores de Israel en Tokio y los hombres de la Cancillería que abonaron el terreno para la cooperación que atraviesa la política.

En un país, como Japón, a la que el investigador Samuel Hunttington, denominó una civilización por sí misma, se requiere un diálogo adaptado a su singular carácter. En determinados temas se trata, de antemano, de batallas frustradas y perdidas pero una reflexión creativa, la conversación con el amplio público en su lengua, la atención a las palabras de crítica y la generación de un debate abierto provocan, a veces, resultados sorprendentes.

Por Ron Mednizi, vocero de la Embajada de Israel en Tokio

Fuente: CIDIPAL / PorIsrael.org

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