
Las instituciones no crean la realidad. Crean el marco desde el cual el mundo la interpreta —un sistema de percepción que define qué se ve, qué se cree y qué se acepta como verdadero. En última instancia, controlar ese marco es controlar la legitimidad.
En cierto sentido, ese marco funciona como en The Truman Show o Matrix: no se trata de una mentira evidente, sino de un sistema de interpretación que organiza lo real sin que el observador perciba sus límites.
Durante décadas, la autoridad moral de organismos internacionales, ONG y grandes medios se sostuvo en un activo central: la confianza. Para millones de personas, sus informes y resoluciones funcionan como referencia para interpretar conflictos complejos. Cuando esa confianza se erosiona, el problema no es un hecho aislado, sino el modo en que se organiza la percepción de la realidad.
Existe la idea de que las instituciones son neutrales por definición. Sin embargo, no deciden por sí mismas. Son personas quienes redactan informes, seleccionan hechos y jerarquizan información. Esas personas tienen convicciones, intereses y sesgos. La autoridad institucional no elimina esa condición humana: la amplifica.
Ese fenómeno se vuelve visible en la cobertura del conflicto entre Israel y Hamás (el actual gobierno terrorista de Gaza), donde buena parte de la opinión pública accede a través de organismos multilaterales, ONG y grandes medios que operan como referencia principal dentro de ese sistema de interpretación.
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El punto central no es solo qué dicen estas instituciones, sino desde dónde lo dicen. Organismos internacionales, ONG y grandes medios no funcionan únicamente como fuentes de información: funcionan como instancias de validación. Su palabra no circula como opinión, sino como referencia de autoridad.
En ese sentido, lo que producen no es solo información, sino marcos de legitimidad que influyen en cómo la sociedad interpreta los conflictos, jerarquiza responsabilidades y define qué se considera violencia, justicia o abuso.
Cuando determinadas narrativas se consolidan desde espacios percibidos como moral o técnicamente superiores, dejan de ser discutidas en igualdad de condiciones. Se transforman en “lo establecido”.
Es en ese punto donde el problema trasciende lo institucional y se desplaza al plano social: la manera en que esos marcos son absorbidos, replicados y amplificados.
Diversos analistas han señalado que, en el contexto del conflicto entre Israel y Hamás, la consolidación de ciertos marcos interpretativos puede contribuir a que discursos de deslegitimación del Estado de Israel circulen con mayor facilidad en el debate público, y que en algunos casos ese proceso derive en expresiones contemporáneas de antisemitismo. Esto no implica una relación automática ni directa, sino un fenómeno de validación social de marcos previos.
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El caso de UNRWA ilustra parte de esa complejidad. En enero de 2024, Israel acusó a doce empleados de la agencia de haber participado en los ataques del 7 de octubre. La organización los desvinculó mientras se abrían investigaciones internas. Posteriormente, la Oficina de Servicios de Supervisión Interna de la ONU concluyó que existía evidencia suficiente para justificar algunos despidos. En paralelo, continuaron denuncias sobre posibles vínculos entre integrantes de la agencia y Hamás.
Durante la guerra también se evidenció la existencia de túneles de Hamás bajo infraestructura civil en Gaza. UNRWA reconoció haber detectado algunos bajo sus instalaciones y afirmó haberlos denunciado y sellado. Este hecho abrió interrogantes sobre el nivel de conocimiento institucional de una realidad que operó durante años dentro de su propio entorno.
La discusión se extiende a otros organismos. Resoluciones de UNESCO han sido cuestionadas por omitir o relativizar el vínculo histórico del pueblo judío con Jerusalén. La Corte Internacional de Justicia, al admitir la demanda de Sudáfrica contra Israel bajo la Convención para la Prevención del Genocidio, fue interpretada por sectores de la opinión pública como una validación anticipada de culpabilidad, aunque el tribunal aún no se ha pronunciado sobre el fondo del caso.
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En el caso de Amnesty International, su informe “You Feel Like You Are Subhuman: Israel’s Genocide Against Palestinians in Gaza” (2024) desarrolla una acusación estructurada contra Israel en torno a la hipótesis de genocidio. Hamás es mencionado en relación con el 7 de octubre, pero sin un análisis equivalente sobre su estructura militar o su rol en Gaza. Ese desequilibrio en el énfasis también contribuye a construir un marco narrativo.
Los grandes medios cumplen un rol similar. En la velocidad informativa, la primera versión de un hecho circula globalmente antes de que existan verificaciones completas. Las correcciones posteriores rara vez alcanzan el mismo impacto.
En octubre de 2023, la cobertura inicial del ataque al hospital Al-Ahli en Gaza fue difundida como un bombardeo israelí con cientos de víctimas. Días después, investigaciones posteriores cuestionaron esa atribución y señalaron la posibilidad de un lanzamiento fallido desde dentro de Gaza. Sin embargo, la narrativa inicial ya había quedado instalada.
El problema no es solo el error, sino la asimetría entre la difusión de la primera versión y la corrección posterior. En la práctica, la interpretación inicial tiende a consolidarse como referencia pública.
Las instituciones no solo describen la realidad: también estructuran su interpretación. Y cuando categorías como genocidio, apartheid o limpieza étnica ingresan al debate desde fuentes de alta autoridad, dejan de ser conceptos técnicos para convertirse en parte del sentido común.
El efecto más sensible de este proceso no es únicamente político o diplomático. Diversos analistas han señalado que, cuando ciertos marcos se consolidan socialmente a través de instituciones percibidas como legítimas, pueden facilitar la expansión de discursos que deslegitiman al Estado de Israel y, en algunos casos, contribuir a formas contemporáneas de antisemitismo. No como consecuencia directa, sino como resultado de la validación social de esos marcos interpretativos.
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Las democracias necesitan organismos internacionales fuertes, ONG rigurosas y medios independientes. Pero también requieren algo menos visible: que esas instituciones sean sometidas al mismo nivel de escrutinio que exigen hacia otros actores. La credibilidad no depende del prestigio, sino de la consistencia.
Las instituciones no crean la realidad. Crean el marco desde el cual el mundo la interpreta. Y quien controla ese marco, controla también la legitimidad.
La pregunta, entonces, no es solo quién produce la información, sino cómo se construyen los marcos a través de los cuales esa información se vuelve “realidad”.
Y qué ocurre cuando esos marcos se consolidan más rápido que la verificación.
Quizás la pregunta final no sea tan distinta a The Truman Show o Matrix: hasta qué punto somos conscientes de los sistemas de interpretación en los que vivimos, y si todavía somos capaces de verlos antes de que se vuelvan invisibles.
Autor: Galit Gurovich Periodista-Analista internacional
