La causa AMIA, en puntos suspensivos. Por Mathew Levitt

Como una variación moderna de Alicia en el país de las Maravillas, la investigación del atentado terrorista contra el centro de la comunidad judía AMIA se ha aventurado hacia lo desconocido; una metáfora sobre el ingreso a una dimensión desconocida y confusa donde la lógica se suspende y la fantasía se convierte en realidad.

En menos de dos meses se recordará el vigésimo primer aniversario del atentado a la AMIA, el asesinato de 85 personas y muchas más heridas. La investigación original estuvo enturbiada por la negligencia judicial, que incluyó soborno a testigos. Una investigación posterior descartó todas las pistas y dejó en claro, con sumo detalle, que Irán y Hezbolá perpetraron el atentado de 1994 contra AMIA.

Las restantes teorías -la conexión siria, un complot extremista judío, contrabandistas de armas de la extrema derecha argentina- fueron investigadas cuidadosamente, desprestigiadas, y cerradas por falta de pruebas.

Entretanto, se reforzaban las pruebas que revelaban los roles precisos desempeñados por efectivos de Hezbolá como Salman al-Reda, y agentes iraníes como Mohsen Rabbani. Personalmente documenté gran parte de las pruebas que revelaban los roles de Irán y Hezbolá en el atentado en mi reciente libro «Hezbolá: las huellas en el mundo del partido de Dios».

Ahora, sin embargo, intereses creados en Argentina parecen ansiosos por encubrir esta prueba, pero no planteando objeciones a la abrumadora y detallada evidencia sino manchando la reputación del fiscal federal Alberto Nisman incluso después de su aparente asesinato.

Estos sectores poderosos están intimidando a las víctimas del atentado a la AMIA, a miembros de la comunidad judía argentina, y amenazando con acusaciones falsas que incluyen lavado de dinero, obstrucción de la justicia, e incluso traición.

Entretanto, algunos de los iraníes imputados por las autoridades argentinas por sus roles en el atentado a la AMIA se sienten cómodos en este nuevo ámbito de Alicia en el país de las Maravillas -en gran medida resultado del Memorándum de entendimiento firmado con Teherán que pretendía poner en marcha una “Comisión de la verdad”- y aparecen en la televisión local insistiendo que las acusaciones contra ellos son sólo mentiras.

Ali Akbar Velayati, ministro de Relaciones Exteriores de Irán en 1994 y actualmente asesor del Líder Supremo de Irán, rehusó presentarse ante un tribunal argentino pero dijo al canal de televisión C5N que las acusaciones en su contra representan una “acusación infundada”, y agregó que Argentina está “bajo la influencia del sionismo y de Estados Unidos”.

Peor aún, el hombre descripto en su momento por las autoridades argentinas como impulsor del atentado a la AMIA, Mohsen Rabbani, declaró ante la televisión argentina que la investigación de Nisman se basaba solamente en “los inventos de los diarios sin prueba alguna contra Irán”. De hecho, la prueba más poderosa contra Irán fue la evidencia del propio rol de Rabbani en el complot, desde gestionar una red de agentes de inteligencia en Buenos Aires hasta comprar el vehículo usado como autobomba en el atentado.

Y permanece activo: según llamadas telefónicas interceptadas, incluidas en las investigaciones más recientes de Nisman, agentes iraníes en Argentina actuando por orden de Rabbani y reportándose directamente a él estaban conspirando para fraguar “nuevas pruebas” para suplantar la evidencia real recogida en la causa.

Y aquí estamos, en esta aventura hacia lo desconocido, mientras un fugitivo de la justicia iraní coordina una conspiración para socavar la investigación de las autoridades policiales argentinas del asesinato de 85 civiles en el centro de Buenos Aires. No debe sorprendernos que mucha gente se refiera a Nisman como la víctima número 86 del atentado a la AMIA.

Fuente:Clarín

Autor: Mathew Levitt

Director del Programa Contra el Terrorismo e Inteligencia del Instituto Washington

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