La prueba irrefutable de la versión criolla de CSI. Por Pablo Mendelevich

La comparecencia ante el comité senatorial que investigaba el caso Watergate de Alexander Butterfield, un asistente de bajo rango de la Casa Blanca, no tuvo mayor repercusión en Buenos Aires aquel 13 de julio de 1973, entre otras cosas porque ese mismo día la noticia de la renuncia del presidente Cámpora tenía shockeados a los argentinos. Butterfield pasó a la historia por haberle revelado al mundo -casi sin querer- que la megalomanía de Richard Nixon había llegado al extremo de hacer instalar en varios salones de la Casa Blanca equipos de grabación que se activaban con la voz, por entonces una tecnología revolucionaria.

Ese fue el origen de las famosas cintas de Watergate, que sirvieron para demostrar cómo el propio Nixon estaba involucrado en el encubrimiento del caso. El registro magnetofónico o fílmico de sucesos reservados que un buen día son contrastados con las versiones públicas de esos sucesos es algo extraordinario, tanto por lo infrecuente como por su contundencia probatoria.

Y de algún modo es lo que ahora sucede con la filmación de todo lo actuado por los investigadores en el departamento de Alberto Nisman, una película que la Policía Federal realizó por orden judicial, no por la decisión de un megalómano, pero que, igual que las cintas de Watergate, ventila verdades crudas cuyo registro nunca había sido pensado para terminar en manos distintas de las de sus realizadores.

La filmación que difundió Jorge Lanata en PPT hace una semana probó que las cosas no habían sido como dijeron el Gobierno y la fiscalía, sino que estaban más cerca de la versión de la testigo Natalia Fernández, alguien que pasaba por la calle y fue obligada por la ley a mirar y contar lo que veía. En línea con el ambiente desprolijo que ella había descripto, y por lo cual fue demonizada, las imágenes dejaron al descubierto el poco celo empleado para preservar la escena de la muerte del fiscal, investigadores que pisan y expanden la sangre de la víctima, peritos de un solo guante (o ninguno) y a la fiscal Fein arengada por el secretario Berni para que se dirigiera de una vez al baño a averiguar si Nisman seguía vivo.

Fein al parecer no tuvo ocasión de editar la película de la Policía Federal antes de que saliera a la luz. No pudo imitar entonces a Nixon, quien directamente borró los peores 18 minutos antes de cederles las cintas a los senadores. Si hubiera podido borrar algo tal vez nos habría privado de la escena en la que un miembro de la policía científica limpia la sangre del arma que mató a Nisman utilizando papel higiénico del baño del muerto, lo cual a su vez le habría ahorrado a la fiscal el ridículo de negar lo que todo el mundo había visto por televisión. O quizás el momento en que el cargador de la pistola estaba sin sangre hasta que se la adosa el perito con sus guantes ensangrentados.

La versión criolla de CSI no es «brillante», como dice Fein, sino, en el mejor de los casos, tosca, desorganizada, embrollada, confusa. Desde luego, eso no prueba encubrimiento. El problema es que lo que se vio por televisión merced a la filtración del registro oficial es apenas una pata de un trípode que completan la Presidenta diciendo por cadena que Nisman se suicidó y a las 48 horas que ella no tiene dudas de que lo mataron, y su gobierno entregado sin pudor a destruir la reputación de la víctima.

Fuente: Lanacion.com.ar

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